FERNANDO MIRES | Amor y política

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La racionalidad marxista y la económica liberal han fracasado cada vez que intentan entender al populismo

El 6-D los venezolanos no se divorciaron de Chávez pues nadie se divorcia de un cadáver. A Maduro nunca lo amaron

El populismo no es una cosa en sí. El populismo es antes que nada una relación; o si se prefiere, una forma de articulación entre una determinada masa representada como pueblo y un determinado líder.

No hay populismo sin líder populista. El estudio del populismo supone el estudio de la relación masa-líder. En esa relación intervienen proyecciones que van más allá de los intereses de clases o grupos sociales, razón por la cual tanto la racionalidad marxista como la racionalidad económica liberal han fracasado cada vez que intentan entender al populismo como simple expresión de intereses materiales.

La razón populista, hay que deducir, no obedece a las pautas kantianas de la razón pura. Por el contrario, es el producto de una razón extremadamente impura. Digo impura, porque en la relación masa-líder intervienen múltiples variantes; entre otras, las emocionales y, por supuesto, las libidinosas.

No hay populismo sin amor. Por esa misma razón no hay líder populista que no haya sido amado.

Todo populismo implica una relación de intenso amor entre dos sujetos: la masa que el líder convierte en pueblo y el líder que el pueblo convierte en símbolo del amor colectivo.

En términos freudianos el populismo implicaría trasladar energías libidinosas hacia determinados objetos sustitutivos del amor. De acuerdo al primer Freud, el populismo sería entonces una perversión: amor depositado en objetos situados al margen de la relación genital, perversión comparada al amor necrológico o al amor fetichista.

De acuerdo al Freud viejo, en cambio, el amor del pueblo al líder sería más bien expresión de la polimorfía sexual. Por supuesto, la polimorfía según Freud alude a diferentes objetos corporales extragenitales en los cuales se invierte la energía libidinosa (boca, vista, oídos). En el caso del amor populista se trataría de una polimorfía no solo extra-genital sino, además, extra-corporal. En cierto modo un sentimiento comparado con el amor religioso o amor a Dios. En el lenguaje de Freud: una sublimación.

Hay en ese sentido una polémica indirecta entre el joven Freud y el teólogo Joseph Ratzinger (alias Benedicto XVl). Mientras para el primero el origen de la líbido es sexual, y por lo mismo el amor no sexual sería una desviación respecto al sexual, para Ratzinger, el amor originario es el amor a (y de) Dios y el amor a un ser humano un derivado del primero.

Sin embargo, en un punto los dos grandes pensadores están de acuerdo. En el amor interviene el deseo de la eternidad. Nadie, efectivamente, cuando ama, decide amar por una semana o un par de años. El amor, lo testimonian boleros y poemas, es el deseo de “amar para siempre”.

El problema es que ese “para siempre” no tiene nada que ver con nuestra condición humana, tan radicalmente mortal. Es por eso que el amor al líder populista ­para retornar al tema inicial- está condenado al fracaso.

Tarde o temprano llegará el momento de la desilusión. Ningún líder es inmortal. Los populismos terminan siempre, en algún momento, con el divorcio.

En eso pensaba el 21-F cuando Evo Morales perdió el amor del pueblo boliviano. Antes de él, el 22-N, los argentinos intentaron divorciarse del peronismo una vez más, a través de Macri. El 6-D los venezolanos no se divorciaron de Chávez pues nadie se divorcia de un cadáver. Tampoco de Maduro a quien nunca amaron. Pero una parte del chavismo viudo ha decidido, después del duelo, y pese a los acosos de Maduro, reiniciar una vida diferente.

Se quiera o no, tarde o temprano, el amor populista cede el paso al tiempo de los divorcios populares. Y después del divorcio, ¿un nuevo amor? Suele suceder. ¿O la desintegración? También suele suceder.