FERNANDO MIRES | Angela Merkel, ni “buenista” ni “malista”

Screen Shot 2015-10-24 at 9.28.27 AMViernes 23 de Octubre de 2015

Según Merkel ha llegado la hora de levantar los valores de la política, de los derechos humanos y de la inteligencia

El buenismo sería la ideología de los blandos de corazón, de los que no piensan en las consecuencias 

Desde que Angela Merkel ordenó abrir las fronteras a las multitudes árabes, predominantemente sirias, ha sido objeto de múltiples críticas. La mayoría provienen de sectores ultraderechistas y del nacional-populismo que ha hecho de la xenofobia su bandera de lucha. A esas críticas se han sumado los conservadores de su propio partido y, naturalmente, los de la CSU de Baviera.

Los representantes intelectuales de la derecha (no solo europea) han acuñado un término para caracterizar a la política de Merkel: buenismo. Así intentan ridiculizar a todos los que no participan de la histeria colectiva desatada en contra de los refugiados.

El “buenismo” sería la ideología de los blandos de corazón, de los que no piensan en las consecuencias, de los que se dejan llevar por sentimientos humanistas. Frente a ellos, los publicistas de la ultraderecha se entienden a sí mismos como personajes realistas, duros pero visionarios.

No han faltado tampoco las críticas de los izquierdistas arcaicos. Para estos, Merkel actúa al servicio del gran capital y no persigue otro objetivo sino incrementar el ejército proletario de reserva y así reducir los sueldos y salarios de los trabajadores “nativos”. Otros, más moderados, aducen que Merkel intenta llenar el hueco laboral producido por la disminución de los trabajadores activos en la industria tradicional. Según esa versión Merkel no sería “buenista” sino malista: una nueva Margaret Thatcher puesta al servicio del Euro.

Pero entender la política de Angela Merkel frente a los refugiados no es difícil. La propia canciller ha mostrado sus objetivos. De todas sus declaraciones podemos deducir que sus decisiones obedecen a tres razones. Y las tres son muy políticas.

La primera es que Alemania es parte de la gran coalición en contra de los ejércitos del ISIS y si bien no participa directamente en acciones militares como Francia, debe asumir responsabilidades en otros planos. A esos planos pertenece la recepción de fugitivos.

Si los demás países no cumplen con ese compromiso, no es culpa de Merkel.

La segunda razón es que al recibir a los perseguidos, Merkel ha trazado una línea demarcatoria. Si se lee su notable discurso del 6-10-2015 en el Parlamento Europeo, no cabe duda que ella está decidida a declarar una guerra política en contra del nacional-populismo, versión post-moderna del fascismo del siglo XX.

A diferencias de lo que ocurrió con el antiguo fascismo frente al cual ingenuos políticos europeos imaginaron que podían neutralizar con concesiones, Merkel reconoció de inmediato el peligro.

Al nuevo fascismo no hay que hacer ninguna concesión. ¿Y si buscan el enfrentamiento? Pues, lo tendrán.

La tercera razón es que el peligro del nacionalpopulismo no solo se expresa en movimientos sociales plebeyos sino, además, en gobiernos, sobre todo en países que ayer fueron parte de la Europa Comunista. No escapa así a Merkel que el gobierno de la Rusia de Putin, con su culto a la patria, a la virilidad, a las religiones e incluso a la raza, busca erigirse en vanguardia de los movimientos y gobiernos nacional-populistas europeos.

Según Merkel ha llegado la hora de levantar los valores de la política, de los derechos humanos y de la inteligencia. Su actitud frente a los refugiados de guerra es solo una parte de su proyecto. Ese proyecto no es “buenista” ni es “malista”.

Es simplemente la consecuencia de lo que ella es y representa en la política: la democracia sin apellidos.