FERNANDO MIRES | El centro en la política

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La libertad llega siempre por el centro

(el lugar de la de-liberación)

jamás por los extremos  

La centralidad política, en consecuencia, no es un lugar situado en algún punto intermedio

Tanto en la politología como en la política prima la creencia relativa a que ocupar posiciones de centro es algo parecido a asumir una actitud intermedia, acomodaticia y conciliante con los extremos.

Puede ser que en naciones en las cuales todavía predomina la clásica dicotomía izquierda ­ derecha, el centro sea de verdad un centro geométrico.

Mas, con el histórico declive de esa dicotomía, el concepto de centro ha ido perdiendo su significación originaria.

Efectivamente, el centro en la política no siempre está en el medio.

Incluso allí donde rigen los esquemas políticos heredados de la distribución de asientos en la Asamblea Nacional durante la gran Revolución Francesa de 1789, el centro tiene que ver más bien con la centralidad de la política. ¿Será necesario explicar lo dicho? Veamos: Lo contrario de centralidad es descentralidad. Por ejemplo, en la vida cotidiana cuando nos referimos a personas descentradas aludimos a las que no poseen o han perdido la capacidad de discernir (entre lo bueno o lo malo, o lo justo y lo injusto). Y bien: en la historia moderna también hay ocasiones en las cuales gran parte de sus actores no tienen o han perdido su capacidad de discernimiento. En estos casos la política es sustituida por un campo de proyección de pasiones incontroladas, de emociones inconfesas, de odios y amores que escapan desde la intimidad de los dormitorios hacia el espacio de lo público. En estas situaciones podemos hablar perfectamente de sociedades o naciones descentradas. La tarea que allí se impone es devolver a la nación la centralidad perdida.

La centralidad política, en consecuencia, no es un lugar situado en algún punto intermedio de un determinado contexto nacional. Por el contrario, es el espacio en donde precisamente se construye la comunicación política como medio de confrontación entre dos o más partes (partidos).

La centralidad supone restaurar la palabra polémica como medio de confrontación en un marco signado por múltiples antagonismos.

En ese sentido, y aunque parezca paradójico, la centralidad puede ser muy radical.

Para volver al ejemplo anterior, si hablamos de una persona descentrada, es porque la instancia del Yo ha sido sobrepasada por fuerzas que vienen del mundo de las pasiones lo que obliga a esa persona a mantener a raya el acoso pasional. Es por eso que Freud se refería al Sobre-Yo no como a “otro Yo”, sino como a un Yo rígido, represivo y en algunos casos dictatorial.

Las analogías que hacía Freud entre el por él llamado “aparato psíquico” y la práctica política son más que evidentes. En el espacio de la política, no el Yo, sino un Nosotros deliberativo suele sucumbir bajo la dictadura implacable de un Sobre- Nosotros organizado en la instancia máxima del poder: el Estado.

Cada dictadura o régimen autoritario puede ser concebido como representación de una “sobre-nosotridad”, es decir, como un proyecto destinado a clausurar el espacio de la reflexión colectiva. Y ese no es otro sino el de la política socialmente articulada.

Digamos ahora lo mismo pero de un modo taxativo. Sin centralidad no hay política. La centralidad en la política es la política.

Recuperar la centralidad es, por lo mismo, recuperar el sentido deliberativo de la política. Así entendemos por que Hannah Arendt afirmó que el sentido de la política es la lucha por la libertad. Si seguimos esa premisa, podremos entender por qué la relación semántica entre los conceptos liberación y de-liberación no es puramente casual.

La libertad llega siempre por el centro (el lugar de la de-liberación), jamás por los extremos.