FERNANDO MIRES | El mito de la revolución cubana
Viernes 28 de Agosto de 2015

Al fin y al cabo nunca ha habido grandes cambios históricos sin que estos no hayan sido precedidos por luchas internar de poder

Puede haber, claro está, una historia sin un mito. Pero un mito sin historia no puede haber

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TalCual

Screen Shot 2015-08-29 at 11.44.17 AMSi hablamos de un mito político suponemos su vigencia, de otro modo el mito no es político.   Sin vigencia un mito no es más que una leyenda.   Por lo mismo, el mito político no solo está situado en el comienzo, no solo representa un momento fundacional.   Además, otorga un sentido a una determinada historia. Debido a esa razón resulta imposible separar un mito de su historia.

Puede haber, claro está, una historia sin un mito. Pero un mito sin historia no puede haber. Un mito fija el destino de una historia.   De este modo, si ha desaparecido (o ha sido derrumbado) un mito, cambia el destino de la historia situada sobre ese mito.

Y al cambiar su destino, la historia cambia de sentido. Eso es precisamente lo que ha sucedido en Cuba al haber sido reanudadas las relaciones diplomáticas con los EE UU.   Raúl Castro, a diferencias de su hermano, pasará a la historia no como el fundador de un mito, sino como quien puso punto final a la vigencia del mito fundacional.

A partir de Raúl la revolución que derribó a Batista ha sido convertida en un simple hecho histórico, todo lo importante que se quiera, pero no más que eso.   Paradoja de un mito histórico es su irrealización. Si un mito es realizado deja de ser un mito. Por eso Fidel y los suyos nunca dejaron de hablar de la revolución en tiempo presente. Más de medio siglo después del acto revolucionario, la revolución aún no estaba terminada. Sin seguir a Trotsky, Fidel había abrazado a la doctrina de la revolución permanente.   A partir de su incumplimiento el mito mantenía vigencia y con ello el poder obtenía su legitimación. Ahí reside la lógica de la paradoja: mientras más lejos aparece en el horizonte el cumplimento de un mito, más grande será su legitimación.

Astucia, instinto o locura, Fidel, al abrazar el mito de la revolución antiimperialista había proyectado hacia un futuro indeterminado la legitimidad de su poder. Raúl, en cambio, al aceptar el restablecimiento de relaciones diplomáticas con EE UU, ha consagrado la imposibilidad de realización del mito y con ello ha disuelto con una simple firma el carisma de la revolución.   El destino, y por lo mismo, el sentido de la revolución, ya no aparecerá en el horizonte.   Al haber sido declarada la reconciliación con el enemigo, Raúl Castro ha puesto fin a la vigencia del mito de la revolución cubana, es decir, la ha relegado al lugar que pertenece y de donde no debió nunca haber salido: al pasado.

Ese trozo de tela que bate cerca del malecón (Yoani Sánchez) es el símbolo que representa el fin de una mitología y el comienzo de “otra” historia.   El poder que todavía ostenta Raúl, al estar sustentado en un mito fundacional sin vigencia política, lo obligará a buscar otra forma de legitimación para mantener ese poder.   En el sentido acordado por Max Weber, el poder de Raúl ya no puede ser el de la dominación carismática.

La segunda forma, según Weber la tradicional, basada en la filiación sanguínea, ya había sido asumida en parte por Raúl.   La tercera forma es la democrática (legalracional) y esa pasa por el reconocimiento de la legalidad de la oposición. ¿Cuál de esas tres formas se impondrá en Cuba?

La respuesta no solo depende de Raúl. Mucho menos de Obama. Depende en gran parte de la oposición democrática (hay otra que no lo es).   Y quien sabe si también depende de miembros del partido-estado. Quizás no todos son autómatas.   Al fin y al cabo nunca ha habido grandes cambios históricos sin que estos no hayan sido precedidos por luchas internas de poder.

Otra historia ha comenzado en Cuba.

Pasarán muchas cosas.