FERNANDO MIRES @FernandoMiresOl | POLIS (9.2 2018) DEDICADA A JULIO JARAMILLO A LOS 40 AÑOS DE SU MUERTE

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Fernando Mires – A PROPÓSITO DE NUESTRO JURAMENTO DE JULIO JARAMILLO

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Frente a la contemplación de la tristeza de la mujer amada, Julio Jaramillo recuerda el juramento que una vez ambos hicieron con el propósito de mantener en vida el amor que los unía. Se trata del antiguo hasta que la muerte nos separe, agregándose en este caso un juramento adicional al que regla el sacramento. El juramento adicional dice así: si los muertos aman, después de muertos, amarnos más. El más allá en este bolero no está asegurado entonces ni por una creencia, ni por una ideología, ni por una filosofía. Se trata simplemente de una posibilidad condicionada a la hipótesis –en este caso no es más que una hipótesis- de una vida después de la muerte.

Después de muertos, amarnos más podría llevar a admitir que el amor entre dos ha crecido tanto, que para vivirlo en su totalidad no basta la residencia en la tierra. Pero también pudiera significar que el amor vivido en la tierra está sujeto a tantos avatares, o es tan difícil mantenerlo vivo que, para que el amor no muera, mejor sería traspasarlo a otro espacio donde más que cuerpos seamos almas.

El amor de mundo por ser del mundo es excesivamente material y precisamente es este exceso de materialidad el que, en algunas ocasiones, impulsa a los amantes a desear tocar con sus manos el alma del prójimo, lo que físicamente es imposible. Probablemente fue ese uno de los propósitos inscritos en aquella frase que escribió Hannah Arendt al despedirse para siempre de Martin Heidegger: Si existe un Dios, prefiero amarte después de la muerte (1998, p.66).

Por cierto, no es mi intención comparar aquí la profundidad filosófica del pensamiento de Arendt con la trivialidad de un bolero cantado por el Jota Jota. No obstante, tenga el lector presente que en estos comentarios sigo la proposición socrática relativa a que la grandeza del espíritu se encuentra escondida dentro de las cosas más banales. El amor es amor, y como amor, puede hacer estragos en el corazón sublime del más grande de los filósofos, como también posesionarse del alma analfabeta de un simple buhonero. Para amar basta tener un cuerpo y un alma; y esos dispositivos los tenemos casi todos.

La idea central de este comentario sigue entonces una tesis de Schelling (1992) quien afirmaba que el amor está sujeto a una suerte de expansión cuasi física. En el proceso de su expansión, llega un momento en que el amor toca su límite final, pero como es expansivo anhela seguir de largo para realizarse definitivamente como amor en otra parte. Esta es, por cierto, una tesis filosófica. La tesis teológica opina lo mismo, pero al revés: que el amor viene de “otra parte” y que, al llegar a tierra, atrae como un imán a los objetos de su elección para que, mediante su atracción, alcancen alguna vez el amor en su punto de origen, punto que no está en este mundo.

No deja de ser interesante constatar que fue un (psico) analista filosófico, como era Lacan, quien ha dado más consistencia a la tesis teológica, a saber: que lo que atrae a los amantes y amados no está aquí sino en otra parte; y eso es lo que Lacan llama el Otro. De tal modo que para evitar la psicosis amorosa que lleva inevitablemente al suicidio por amor, Lacan proponía encerrar al amor dentro de sus límites fálicos (terrenales). Mirando a Lacan desde esa perspectiva, se descubre que Lacan era mucho más conservador de lo que se piensa

Ahora, sea la dirección del amor desde aquí hacia allá, o desde allá hacia acá, lo cierto es que el tráfico en ambas direcciones supone que el sujeto del amor debe pasar en algún momento por ese límite aduanero situado entre las dos regiones del ser: la región del ser aquí y la región del ser allá. Dicho de modo breve: el amor nunca escapará a la muerte. La muerte, en este caso, es el impuesto que pagamos para transferir nuestro amor de una región a la otra. Probablemente ese impuesto ya comenzamos a pagarlo en esta tierra, antes de atravesar el límite, pues así como estamos viviendo, también nos estamos muriendo.

Puede ser que el amor no escape a su propia muerte. Porque, como ocurre en este bolero, el canto de Julio Jaramillo surge al contemplar la tristeza de su amada. Él no puede ver triste el rostro de su amada porque me mata. Y en su abismante vulgaridad, tiene Jaramillo razón.

Hay que convenir sí, en que la promesa de Julio Jaramillo es muy mundana. Las tareas que deberán cumplir los amantes cuando el otro muera -llorar o escribir- son tareas a realizar en este mundo y no en otro lugar. Con mucho realismo Jaramillo se niega a imponer un sello escatológico al amor e intenta asegurar la sobre-vivencia de ese amor en el mundo donde vivimos. En fin, él acepta las reglas del juego que nos impone el vivir en un mundo secular. Mas, a primera vista asoma una contradicción. Jurar es considerado un acto religioso. Pero a la vez, un juramento puede ser entendido como un acto de autonomía respecto de cualquier determinación, incluyendo la divina.

La verdad es que cuando amamos hacemos un compromiso con el futuro afirmando que pase lo que pase hay una parte del destino que será determinada –si no con el deseo, por lo menos con la voluntad- por uno mismo. Hay incluso otro bolero (comentarlo sería redundancia) que alude igualmente a la noción de juramento. Es el conocido bolero Júrame, escrito por  María Gómez, y que comienza así: Júrame/ que aunque pase mucho tiempo/ recordarás el momento/ en que yo te conocí.

Mediante un juramento uno se obliga a doblegar el tiempo futuro. El juramento es, de este modo, un gesto de rebelión frente al destino. Implica poner el libre arbitrio por encima de cualquier otra determinación.

Ahora bien, la noción del libre arbitrio asumida por el cristianismo con mayor fuerza que otras religiones, proviene como tantas cosas cristianas, del mundo griego.

Sócrates y Platón habían dado a la voluntad que viene de la razón un carácter hegemónico sobre aquella que viene sólo de los deseos. Aristóteles intentaba escapar a la noción de absoluta causalidad introduciendo el principio de la accidencia. Epicúreo concebía el curso de la vida como consecuencia de desviaciones atomales que alteran la secuencia y la constancia de los acontecimientos. Los estoicos aceptaban que tenemos, los humanos, un espacio de juego del cual somos absolutamente responsables. En todas esas ideas se encuentra el trasfondo de la noción (política) de la libertad, la que practicaban los griegos de un modo radicalmente discursivo (polémico) y que eran, a su vez, los fundamentos sobre los cuales San Agustín creó su famosa teoría del libre arbitrio.

La libertad es el tema de los temas de la filosofía. Y en verdad, si fuésemos perfectos como los animales que no tienen nada que elegir porque todo lo que son lo tienen dado, el pensamiento estaría de más, y con ello, la filosofía. Fue esa la razón por la cual Jean Paul Sartre hizo de su frase: El hombre está condenado a la libertad, la clave de su siempre actual El Ser y la Nada. La réplica teológica es conocida. Joseph Ratzinger ha repetido muchas veces: La libertad no es una condena sino un regalo que nos ha dado a Dios.[1]

¿Es la libertad una condena o un regalo? En principio la contradicción no es tan grande. Si yo regalo algo a alguien, lo condeno a recibir mi regalo. En cualquier caso la condena de recibir un regalo llamado libertad es mucho menos determinante en Ratzinger que en Sartre. La libertad teológica, que es la de Ratzinger, nos ha sido dada para acercarnos a Dios, de modo que somos libres para aceptar la libertad o no. Para Sartre, en cambio, no hay escapatoria. La libertad del ser es para él, absoluta. Empleando términos jurídicos, para Sartre la libertad es una condena de por vida. Para Ratzinger, en cambio, se trata de una libertad condicional. Luego la libertad, según Sartre, es una determinación. Según Ratzinger, es sólo una opción.

Sin embargo, de todos los filósofos clásicos, quien más me ha ayudado a entender la relación existente entre libertad y determinación, ha sido mi amiga Diotima de Cuba. Ello lo supe aquel día en que le hice la pregunta del millón de dólares

– Si existe Dios, Diotima ¿uno no decide nada en su vida?

– No Fer, tú no entiendes nada. Mira tú, la cosa es así: Dios eligió que nosotros en muchas cosas eligiéramos.

– ¿Y cómo lo sabes?

– Yo te lo voy a contar, negrito: hoy tengo dos invitaciones para esta noche. Una es para bailar rumba. La otra es  para bailar salsa.

-¿Y cuál decisión has tomado?

– Coño, tengo que pensarlo. Porque Dios nos dio el pensamiento para que lo usáramos, no como adorno. Entonces, escucha bien lo que yo te voy a explicar, tú: Dios nos dio la rumba y la salsa. Pero la que baila soy yo. ¿Entiendes?

Dios nos dio la rumba y la salsa. Pero la que baila soy yo. Contra esa tesis no hay metafísica que valga. Ni siquiera Agustín podría haber explicado mejor la idea del libre albedrío. Dios nos dio la rumba y la salsa. Pero la que baila soy yo.

Hernán Ibarra – JULIO JARAMILLO Y LA MUSICA COMO IDENTIDAD

Julio Jaramillo es la confirmación de una amplia tendencia en América Latina: el surgimiento de personalidades que simbolizan lo nacional a partir de historias personales transcurridas en el mundo del espectáculo. Es así que la farándula termina proveyendo iconos identitarios. Como siempre, todo depende de la memoria que se elabore sobre el personaje.

Julio Jaramillo Laurido nació en Guayaquil el 1º. de Octubre de 1935 en un hogar de padre y madre trabajadores. Desempeñó oficios manuales y se encaminó al canto junto con su hermano José, dentro del ambiente de los músicos populares llamados despectivamente “lagarteros”. El pudo pasar de ese círculo a otro de las radios y presentaciones públicas. Sus primeras grabaciones fueron en dúo con Fresia Saavedra, una reconocida cantante de música nacional.

A mediados del siglo XX se afianza una cultura de masas moderna en el Ecuador con un fuerte núcleo en la música popular. Esta se hallaba estructurada por la industria fonográfica, la radio, las rocolas y un sistema de espectáculos públicos. Las emisoras radiales tenían auditorios para la presentación de espectáculos musicales y los cines ofrecían música en vivo combinada con la proyección de películas.

 La introducción y propagación de las rocolas en la década de 1950, masificaron – junto al disco de 45 revoluciones- la música, no solo nacional, ya que correspondió también a una internacionalización de la música popular latinoamericana. Hacia los años sesenta, las rocolas eran artefactos diseminados en restaurantes, prostíbulos, heladerías y cantinas. Su repertorio incluía música local e internacional. Pero no existía lo que años más tarde se denominó  música rocolera.

 Todo esto tenía un marcado carácter local y urbano. Los músicos y cantantes eran reconocidos en sus localidades. El bolero antillano y mexicano, más una antigua recepción del vals peruano influían en los repertorios y estilos de los músicos nacionales. De modo que la música ecuatoriana, representada principalmente por el pasillo, se alimentó  de una interacción con otras vertientes musicales nacionales. En este clima se incubó Julio Jaramillo, quien tuvo la capacidad de moverse en un repertorio que incluía pasillos, yaravíes y pasacalles, junto a valses y boleros. La difusión de su música ocurría fundamentalmente con las rocolas y la radio. Las canciones más escuchadas de JJ, son de contenido amoroso y otras que aluden a la identidad guayaquileña.

 Su trayectoria exitosa fue la de su internacionalización. Largos años de permanencia en Venezuela y México le permitieron crear un público más amplio y una inserción en los mercados fonográficos de esos países, interpretando preferentemente boleros. Además tuvo una gran aceptación en América Central y el Caribe e incluso en el cono Sur. Ese fue su mayor logro que lo convirtió en ídolo de vastos sectores populares en América Latina.  Realizó grabaciones en dúo con Olimpo Cárdenas,  Alci Acosta y Daniel Santos. Con éste último le unió una especial amistad, y  con el grabó en  1974 “En la cantina”, un LP que recrea una jornada cantinera.

 Su vigencia  en el Ecuador se mantuvo con sus periódicos retornos, y su temprana  muerte cuando tenía 42 años (Guayaquil, 9 de febrero 1978), lo convirtió en una referencia de la identidad nacional. Cuando falleció, se identificaron 27 hijos y probablemente más de 300 LPs. grabados. Había vuelto al Ecuador en 1976, pero su presencia no era tan requerida en los espectáculos como en el pasado. En la década de 1970 había un ambiente nacionalista que se encontraba carente de raíces populares, en tanto que los héroes criollos y las conmemoraciones cívicas perdían capacidad de convocatoria. En esta decadencia de símbolos patrióticos, el nacionalismo ecuatoriano encontró en JJ un icono de origen popular que  permitía cristalizar un sentido de pertenencia. Se le adjudicó la representación del cantante nacional que opacó a otras figuras de la época. En 1981 se exhibía la película “Nuestro Juramento”, una coproducción mexicano-ecuatoriana que es una versión de la vida del cantante. Una traslación de este film en formato DVD  se titula  “El señor de las cantinas”. Ya en los años noventa, una teleserie ecuatoriana está dedicada a contar su vida. Son puestas en escena que proponen una idea borrosa de la trayectoria del ídolo, centradas en acontecimientos que lucen triviales. Sobre todo, la ambientación y los actores que interpretan al cantante no son convincentes.

 Se debe aclarar que la música rocolera, surgida a fines de los años setenta, después del fallecimiento de JJ, es un conjunto  de ritmos musicales (pasillos, valses y boleros) que a través de los espacios públicos y utilizando la comunicación radial, confluyeron en una manera de privilegiar la relación de pareja como un eje central de la vida popular. Los cantantes rocoleros, interpretaban canciones diferentes a las del tiempo de Julio Jaramillo, además de que  utilizaban un lenguaje predominantemente coloquial. Lo específico de la canción rocolera, que se diseminaba cuando más bien estaban desapareciendo las rocolas, es que ha tenido una amplia acogida en los sectores populares urbanos y los migrantes indígenas forjando un nuevo ciclo de desarrollo de la música popular.

 Cuando literatos y músicos de las clases medias ilustradas reivindicaron a JJ,  a su manera, interpretaron un acercamiento a lo popular. De este modo, resolvieron  imaginariamente una identidad social con la vinculación a un símbolo. Entonces, un cantante de rasgos populares se convirtió en una fuerte imagen alimentadora de la nación mestiza. En 1993, el gobierno ecuatoriano instauró la conmemoración del “Día del Pasillo” el 1º de Octubre eligiendo el día del nacimiento de JJ como fecha simbólica. Después de 1990 y en el nuevo siglo ocurre un deterioro creciente de los símbolos identitarios nacionales con la irrupción de las demandas  étnicas y regionales. Como remate, el cierre del problema territorial con el Perú en 1998,  elimina uno de los factores dominantes del nacionalismo ecuatoriano.

 Es difícil afirmar que JJ siga teniendo una imagen predominante de representación del espíritu de la música nacional. Nuevos cantantes populares y de clase media configuran espacios y sentidos de la música. Ya la música nacional dejó de ser lo que era. La globalización aleja a amplios públicos de las vertientes vernáculas de la canción. Es un momento de públicos diferenciados y de múltiples identificaciones. Sin embargo, los grupos populares se identifican con la música rocolera y la tecnocumbia.

 Esto no quiere decir que JJ se ausente de los imaginarios. Las crónicas biográficas hasta ahora disponibles están centradas en su agitada vida amorosa, su afición a la bebida, su generosidad derrochadora y anécdotas del medio artístico. Son relatos en los que hay escasas fechas y una ausencia de contextos sociales y culturales.[†] Se conoce poco sobre el ambiente social y cultural de su tiempo y sus largas estadías en el extranjero.

 Por lo menos dos estatuas, una en el suburbio oeste de Guayaquil y otra en Santo Domingo de los Colorados  perpetúan su memoria. Sin embargo, más importantes que los monumentos, son las recordaciones anuales del día de su muerte y los programas radiales que difunden su música cotidianamente. Claro que Julio Jaramillo continuará  alimentando recuerdos, nostalgias y orgullos nacionales. De haber sido un cantante ecuatoriano que se internacionalizó, logrando una presencia que no han alcanzado otras expresiones de la cultura ecuatoriana.

 

NOTAS

[*]Publicado en Revista del Archivo Histórico del Guayas, No. 2, Segunda Época, 2006, pp. 99-103.

[†] Algunas biografías y crónicas sobre Julio Jaramillo, son las de Carlos Díaz, Siempre Julio. La otra cara de un ídolo, Dino Producciones, Quito, 1998; Fernando Artieda, Julio Jaramillo. Romance de su destino, Editores Nacionales, Guayaquil, 2004, 2ª. ed. La colección de cinco fascículos publicados por el diario El Universo en 1998 y titulados Julio Jaramillo el ídolo del siglo, proporciona un acercamiento que cuida más el contexto social de la época. Ver también la entrada “Julio Jaramillo Laurido”, en Rodolfo Pérez Pimentel, Diccionario Biográfico del Ecuador, T. 11, U. de Guayaquil, 1995, pp. 185-192.

https://lalineadefuego.info/2013/02/14/julio-jaramillo-y-la-musica-como-identidad-por-hernan-ibarra/