FERNANDO MIRES | Hay que salvar a Atenas

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Ha llegado la hora de identificar a los enemigos de la democracia 

El fascismo de hoy como el de ayer es una rebelión antipolítica

Todos hablan de populismo para referirse a movimientos políticos que han signado a la política de América Latina durante los dos últimos decenios y a la de Europa en los tiempos actuales. Pero no hay populismo sin apellidos, así lo aprendimos de Ernesto Laclau, teórico del populismo por excelencia.

Laclau vio incluso en el fascismo una forma de populismo.

Hay populismos democráticos y antidemocráticos, formuló hace un par de años Chantal Mouffe, apuntando en la misma dirección que Ernesto.

Esa fue la razón por la cual algunos hemos propuesto renunciar al uso exagerado del concepto populismo.

Son tan diferentes las realidades a las que alude, que denominar como populista a un régimen fascista y a uno democrático oscurece y no aclara.

Lo dicho vale para la Europa de 2017 donde estamos viviendo fenómenos de masas que portan consigo una gran cantidad de características propias a los movimientos fascistas que hicieron su puesta en escena durante las décadas de los veinte y de los treinta. Populistas, los llaman.

Neo-fascistas, los he nombrado sin vacilar en diferentes artículos.

Y lo he hecho no para insultarlos sino porque contienen los tres elementos del fascismo originario: 1. Masa y líder 2. Identificación de un enemigo común (en este caso, los extranjeros pobres) 3. Revuelta en contra de la democracia liberal y sus instituciones.

Hoy quisiera referirme solo al tercer punto pues es el que aparece como el más visible o inmediato.

Tanto Putin, Erdogan, Trump, Orban, Wilders, Le Pen y Petry, desde distintas naciones, gobiernos y partidos coinciden en su enemistad con la democracia liberal, los valores que representa y las instituciones que la sostienen. La política es concebida por ellos como una relación directa entre masa y líder. Todos se declaran enemigos de la división de los poderes del Estado, según ellos, un impedimento para el decisionismo del poder supremo.

Por eso Putin, Orban, Erdogan, Trump, y en América latina, Maduro y Ortega, gobiernan mediante decretos.

La lucha en contra de los extranjeros pobres, fundamentalmente islámicos, es solo un motivo que permite a los partidos neo-fascistas consolidar la unidad interna.

El objetivo común, al igual que los defensores del totalitarismo de ayer (comunista y/o fascista) es la destrucción del Estado democrático y su sustitución por un Estado autocrático. Quien mejor lo dijo fue Steve Bennon, el ideólogo de Trump: “Hay que destruir al Estado”.

La democracia de nuestro tiempo surgió de un pacto no firmado entre tres tendencias políticas: la democracia social, el liberalismo y el cristianismo conservador. Sus representantes, en la política, en la prensa, en la intelectualidad y en las artes, son atacados y ridiculizados por los neofascistas.

En cambio los líderes neo-fascistas, en su mayoría personajes incultos y brutales, son elevados como modelos frente a los políticos del establishment, caracterizados como complacientes y ­ expresión de modabuenistas.

El fascismo de hoy como el de ayer es una rebelión antipolítica en nombre de la política pero en contra de la razón política.

Hace ya muchos siglos la barbarie espartana logró destruir a la democracia y a la cultura de los atenienses. Según Hannah Arendt, estos últimos no conocían la noción de antagonismo y el ideal de la armonía que cultivaban terminó por volverse en su contra. Hoy los demócratas tenemos una segunda chance.

Ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, identificar a los enemigos de la democracia y combatirlos donde estén. Con ellos no se puede ser buenistas.

Esta vez hay que salvar a Atenas.