FERNANDO MIRES La política a través del muro
Sábado 8 de Noviembre de 2014|TalCual

Screen Shot 2014-11-08 at 1.49.58 PMEl muro de Berlín era expresión de la división de Europa

Más aún: era el símbolo de la época bipolar. No sólo dividía a Europa, parecía dividir al mundo. Su dura construcción permanece todavía en mentes no aptas para producir categorías equivalentes a una realidad multipolar. El muro era la lógica bipolar en acción.

Si los disidentes polacos habían llegado a la conclusión de que no es posible una revolución democrática en un solo país, los opositores alemanes sabían que no podía ser realizado en menos de medio país (la RDA). Porque pese a los esfuerzos de la clase comunista dominante para construir desde el Estado una nación, todo el mundo percibía que Alemania era una nación con dos Estados.

Hacia 1987-1988 había en la RDA una oposición casi formal constituida por 160 organizaciones que reunían más de 2.500 militantes, sin contar la oposición pasiva que provenía de centros eclesiásticos. Pero esa oposición no era frontal como en Checoeslovaquia; ni pactante como en Polonia; ni tolerante, como en Hungría. Era en parte, colaboradora. Ese adjetivo puede sonar terrible, pero correspondía al orden de cosas establecido y no tiene por qué ser necesariamente peyorativo. Por una parte, la economía y el poder político alemán del Este habían alcanzado un grado de estabilidad superior al de la URSS y regían como “modelo” en el mundo socialista.

Por otra, la división alemana era un hecho de post-guerra que hipotecaba al país no sólo como iniciador de una guerra mundial sino, además, como consecuencia del más grande holocausto de la historia universal. La culpa alemana era (y es) parte de la identidad nacional.

Pero no solamente la cuestión nacional paralizaba a la disidencia de la RDA. Muy ligado a ella estaba el pasado nazi. Los jerarcas comunistas habían sabido vender muy bien la teoría de que el origen de la RDA había sido la lucha en contra del fascismo. Así, en la RDA se había producido una afinidad entre antifascismo y estalinismo. Poner en duda a ese socialismo era casi igual a poner en duda el origen antifascista del Estado.

El hecho de ser un medio país era, además, un obstáculo para la disidencia de la RDA en el sentido de que estar contra el régimen significaba casi automáticamente estar con la RFA, aunque fuera, como rezan tantas acusaciones, “objetivamente”. De la misma manera que en la RFA ser comunista era casi similar a ser espía, disentir del Partido era juzgado en la RDA como un delito en contra de la seguridad nacional.

En sentido inverso, quienes se sentían asfixiados por el régimen, tenían una alternativa: la fuga, a riesgo por cierto de ser alcanzados por una bala (y muchos lo fueron). Esto vale tanto para la disidencia como para los ciudadanos comunes. La fuga era una institución. Naturalmente, para la Nomenklatura quienes se fugaban eran traidores. Es por eso que a los disidentes políticos más renombrados, o les ofrecían el destierro, o los desterraban a la fuerza hacia Alemania Occidental como ocurrió entre otros a Wolfgang Bierman y Rudolph Bahro.

Por último, hay otro detalle que no siempre es señalado en la caracterización de la oposición alemana del Este. No pocos de sus representantes eran marxistas; diferencia fundamental con la oposición de otros países socialistas. La razón es obvia: el marxismo forma parte de la tradición cultural, política y teórica alemana.

En ningún otro país socialista habría sido posible que una demostración disidente fuera realizada en nombre y con las consignas de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, como ocurrió en enero de 1988 en Berlín.

Pues los disidentes no sólo eran marxistas; además, eran mejores marxistas que los de la Nomenclatura, quienes, como Honecker, habían reducido su teoría a un puñado de consignas fáciles y tontas.

Ese doble carácter, disidencia y marxismo, no era compartido por la población. Como la mayoría no era disidente, no tenía tampoco ninguna necesidad de colaborar. Y como la mayoría no era marxista, no poseían parentesco con la Nomenklatura. Por eso mismo, cuando llegó el momento de la definitiva ruptura, la población pudo ser mucho más radical que la disidencia.

El colapso del régimen fue anunciado desde el momento en que durante la celebración de los cuarenta años de socialismo la multitud en las calles -no la disidencia- saludó a Gorbachov como a un libertador. Enseguida, con la apertura de las fronteras en Hungría, Checoeslovaquia y Polonia, tuvo lugar un éxodo en masa sin precedentes.

La Nomenklatura contribuía a su desligitimación sin saber cómo reaccionar.

En mayo de 1989 falsificó los resultados de las elecciones comunales ante la protesta general de la población. La poco genial identificación pública del Comité Central con los asesinatos de la Plaza de la Paz Celestial de Pekín, provocó un sentimiento de repulsión general.

Recién en esos momentos la oposición dejó de ser elitista. Como una reacción en cadena, se multiplicaba en las calles. Parecía que los alemanes del Este querían recuperar en un par de días todos los años perdidos. Por todas partes surgían iniciativas civiles, grupos, nuevos partidos. En esa sociedad amurallada triunfaba la política en su verdadera expresión.

El 9 de octubre surgió el grito soberano: “Nosotros somos EL pueblo”. El 9 de noviembre, al abrirse el muro, terminaba la era del comunismo. Terminaba también el momento del pueblo. Había llegado la hora del Ejecutivo. Este no había surgido de la revolución, como en Varsovia. Fue el Canciller Kohl, el menos apropiado para realizar un acto revolucionario, quien hubo de consumar la revolución mediante la reunificación. El grito soberano fue entonces: “Nosotros somos UN pueblo”.

Sin ninguna patología, casi administrativamente, Alemania volvió a la normalidad y comenzó a ser una nación con un solo Estado. Como debe ser toda nación. Como dijo el gran Willy Brandt: “Lo que pertenece a sí mismo, debe crecer unido”.