FERNANDO MIRES | La vía electoral hacia la dictadura

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La forma democrática de gobierno mantiene hoy su hegemonía formal

Los generales ya no son bien vistos
La madre de todas las neodictaduras electorales, de las actuales y de las que ya asoman, es Rusia

Hasta hace poco existían tres vías en el proceso que lleva a la implantación de una dictadura: la golpista, la revolucionaria y la combinación de ambas.

Los latinoamericanos que vivimos la política del siglo XX estábamos acostumbrados a la primera. Ocurría de pronto en una mañana, muy temprano: una junta de generales anunciaba que el presidente había sido depuesto.

Retumbaba el himno nacional. Después venía la masacre.

La otra vía era la de las revoluciones.

El cuadro también es familiar: tropas rebeldes entran en la capital y el líder máximo pronuncia un discurso histórico.

Al cabo de un tiempo, al calor de juicios sumarios y ejecuciones, comenzaba a nacer una nueva clase de Estado más cruel y brutal que la anterior.

La combinación de ambas vías ha sido también usual.

Ocurrió por ejemplo en el Octubre ruso y en el Enero cubano. En el primer caso Lenin definió a la revolución como de obreros, campesinos y soldados.

En el segundo, Castro mantenía contactos con oficiales del ejército de Batista, entre ellos el general Barkin, cuya tarea sería rendirse en el momento asignado.

La forma democrática de gobierno mantiene hoy su hegemonía formal. Los generales ya no son bien vistos en el poder. Difícil será que Trujillo, Somoza, Videla, Pinochet, resuciten. El general Raúl Castro es solo el representante de una rancia estirpe.

Hitler, Mussolini y Franco son un pasado ya lejano. Sin embargo, eso no significa que las alternativas dictatoriales han desaparecido.

Las dictaduras actuales son más sutiles. Sus orígenes no son cuarteleros sino electorales. Ya en el gobierno, utilizan el fervor originario para demoler progresivamente las instituciones. El Ejército y la Policía son convertidos mediante sobornos en estamentos del gobierno. Los poderes del Estado, en apéndices del ejecutivo.

Las asociaciones empresariales y obreras, corporavitizadas.

El respeto al orden político deviene en culto a la personalidad del líder máximo.

La vía electoral hacia la dictadura no es sin embargo un invento latinoamericano. La patente la tiene Adolf Hitler quien, gracias a notables éxitos electorales logrados desde 1928, pudo hacerse del poder en 1933.

De la misma manera, el peligro de la destrucción de la democracia por medio de autoritarismos electorales es hoy más fuerte en Europa que en América Latina.

Tanto en la Hungría de Orban, en la Polonia de Kaczinski o en la Turquía de Erdogan, los libretos parecen ser tomados del “socialismo del siglo XXl” latinoamericano, aunque sus ideologías nacionalistas y xenofóbicas aparezcan como antagónicas (tan antagónicas como parecían ser en el pasado el estalinismo y el fascismo) Sin embargo, la madre de todas las neodictaduras electorales, de las actuales y de las que ya asoman, es, para no variar, Rusia. Putin ha continuado por vías ideológicas diferentes el camino trazado por Lenin y Stalin: el mismo que conduce a la conversión de Rusia en centro de la reacción antidemocrática mundial.

El nacionalismo y la xenofobia parecen incluso ser más fuertes que el ideal comunista de ayer. La revolución nacionalista y antidemocrática ya no es solo un fenómeno periférico en Europa.

El “Frente Nacional” lepenista e “Iniciativa para Alemania” acosan no a dos gobiernos sino a dos estados.

¿Ha llegado la hora en la cual todos los demócratas de Europa deberán unir fuerzas para impedir que las neo-dictaduras alcancen el poder mediante la utilización de la vía electoral? Quizás lo ya sucedido en América Latina podrá servir de ejemplo a Europa. Pues así como llegaron, así tendrán que irse. No queda otra alternativa.