FERNANDO MIRES | Las palabras y la política

Screen Shot 2015-10-18 at 12.05.09 PMViernes 16 de Octubre de 2015

De lo que se trata en política es de derrotar al adversario imponiendo una hegemonía gramatical

Si las palabras son las armas de la política, tenemos que escoger las armas para enfrentar al adversario

Mucho se ha insistido acerca de la relación entre política y guerra.

Efectivamente, la política como la guerra requiere del enfrentamiento entre adversarios y por lo mismo de armas. Pero las armas de la política son las palabras. Cuando la política prescinde de palabras, estamos cerca de la guerra.

Si las palabras son las armas de la política, tenemos que escoger las armas para enfrentar al adversario. En cierto sentido, el adversario determina el tipo de armas a usar. Así como en la guerra no podemos enfrentar a un tanque con una bayoneta, en la política no podemos enfrentar a un dictador con un lenguaje versallesco.

En política la hegemonía solo puede ser lograda mediante el uso de las palabras adecuadas. Derrotar políticamente al adversario es lograr que nuestras palabras y no las del adversario sean las que dominen en el espacio ciudadano.

Al llegar a ese punto no debemos olvidar la primera regla de la semiótica. Dice así: la realidad es una construcción gramatical.

De lo que se trata en política es de derrotar al adversario imponiendo una hegemonía gramatical.

Por cierto, ningún significante da cuenta total del significado que pretendemos revelar. Hay que usar por consiguiente los significantes más aproximados. Quizás deba explicar este último punto con un ejemplo.

Siguiendo las discusiones de la lucha electoral que tuvo lugar en Cataluña, me fue posible observar como diversos grupos se referían al nacionalismo catalán con diversos términos.

Los dos partidos catalanistas hablaban de “independencia”.

Sus adversarios en cambio los llamaban “separatistas” e incluso “escisionistas”. Y bien, si las diferencias semánticas entre esos tres términos no parecen ser muy grandes, en el marco de la discusión política son gravitantes.

Independencia significa liberarse de un Estado opresor.

Separatismo significa restar una parte de la nación a otra nación.

Escisionismo alude a una ruptura sin reconciliación. Ahora, ¿cuál de estos términos terminará imponiendo su hegemonía? Gran incógnita. Lo único que sabemos es que de esa hegemonía depende el destino de toda la nación española.

En la Venezuela de Maduro, a pocos días de las elecciones parlamentarias del 6-D, también observamos una disputa gramatical.

Para Maduro toda la oposición está formada por la “derecha fascista”, absurdo término dedicado a designar a un conjunto político pluralista en el cual los partidos socialdemocráticos tienen preeminencia.

Según una parte de la oposición, en cambio, el gobierno de Maduro es fascista, según otra, comunista, e incluso, según otra, las dos cosas a la vez.

¿Ocurre lo mismo en Venezuela que en España? Evidentemente, no.

Mientras que en España la caracterización del catalanismo es determinante, en Venezuela las caracterizaciones tienen una importancia más académica que política. Lo explico con un ejemplo: a la señora que hace colas para conseguir alimentos, al marido cuyo sueldo ha sido devorado por la inflación, en fin, a la gran mayoría de los ciudadanos, les importa muy poco si el gobierno es autoritario-populista, fascista-estalinista, bonapartista o cesarista.

Para ellos ese gobierno es antes que nada un gobierno incapaz (otros dicen gobierno de mierda).

Por cierto, “gobierno incapaz” no es una categoría sociológica ni politológica. No obstante, según todas las informaciones de las cuales dispongo, esa categoría ha establecido su hegemonía en el discurso político venezolano. Harían bien los candidatos si atendieran a ese detalle.