FERNANDO MIRES | Los enemigos de Europa

Screen Shot 2016-01-25 at 08.42.43En ninguna parte se ven aparecer juventudes idealistas o rebeldes. Las nuevas generaciones se hunden en la apatía digital

Europa está en guerra. Hay que decirlo aunque sus temblorosos gobiernos no lo quieran aceptar. Es la guerra declarada por el ISIS

Lejos están los tiempos de la Europa del Tratado de Maastrich (1992), de esa Europa que parecía avanzar hacia la integración económica a través de un sistema monetario único, punto de partida para lo que se pensaba iba a ser una integración política y cultural de histórica trascendencia. Hoy esa bella utopía se ha convertido en aterradora distopía, visión negativa surgida de un presente sombrío que se extiende a lo largo y a lo ancho de todo el continente.

Europa está en guerra. Hay que decirlo aunque sus temblorosos gobiernos no lo quieran aceptar. Es la guerra declarada por el ISIS del mismo modo que ayer lo fue por Al Quaeda. En esa guerra se combinan todas las formas de lucha, incluyendo a las políticas.

ISIS y sus organizaciones afines se ramifican al interior de distintos gobiernos islámicos, sobre todos los sauditas que afirman combatirlas. No se trata entonces del terrorismo internacional que sirvió a Bush para legitimar invasiones.

Se trata de una guerra pluridimensional, dentro y fuera de Europa.

El plano preferido de la nueva guerra se encuentra al interior de los propios países europeos.

Barrios pobres poblados de musulmanes de segunda y tercera generación amenazan con convertirse en enclaves de la guerra islamista en contra de un Occidente real o imaginario.

Ejércitos de jóvenes sin trabajo han pasado a ser masa disponible en el renacer del terrorismo islámico. Con una Kalaschnikov cualquier desamparado cree acceder a una vida heroica aún más allá de la muerte: en los cielos de las vírgenes desnudas.

Europa está siendo atacada desde dentro y desde fuera. Pero no solo por islamistas. Mas destructiva aún que el yidahismo es la acción corrosiva que se desprende de la formación de un antiguo-nuevo fenómeno: un antieuropeísmo de origen europeo, ayer organizado en visiones nazis y estalinistas y hoy vuelto a renacer en formas más sutiles: En populismos de ultraderecha, en hordas xenofóbicas, en gobiernos clericales y reaccionarios como los de Polonia y Hungría, en movimientos ultranacionalistas como en Francia y mininacionalistas como en España, y por si fuera poco, de un modo cada vez más evidente, en potencias militares ayer cercanas a Europa, entre ellas Turquía.

Y sobre todo, vinculadas de modo positivo y negativo a todas esas nuevas apariciones, se ofrece la Rusia imperial de Putin.

Demasiado para la débil Europa política que recién comenzaba a dejar atrás la Europa puramente geográfica.

Pero más grave aún que todas esas amenazas son las escasas defensas que muestra la Nueva Europa. Quienes se oponen a la avanzada ultrareaccionaria son siempre los mismos, los luchadores por los derechos humanos, gente que oscila entre los 40 y 50 años, miembros de esa Europa podrida formada por vegetarianos y ciclistas, según las fascistizadas palabras de Witold Wasczykowski, ministro del exterior polaco.

En ninguna parte se ven aparecer juventudes idealistas o rebeldes. Las nuevas generaciones, o se hunden en la apatía digital o pasan a militar en las filas de los enemigos de Europa.

En el espacio de la política establecida tampoco se observan reacciones. Conservadores democráticos y socialdemócratas en lugar de cerrar filas se dedican a practicar los rituales del siglo XX, cuando se repartían el poder de una sociedad industrial que ya ha dejado de existir.

Visión pesimista, dirán muchos. Quizás lo es. Pero ¿puede alguien nombrar una razón para ser optimista y vivir en Europa?