Fernando Mires | Turquía: Con el poder no se juega

Screen Shot 2016-04-16 at 6.14.48 AM

Erdogan está en condiciones de usar a Europa como enemigo simbólico a fin de liderar a los países islámicos

Hay límites y el cabaretista los traspasó

Su sátira fue un dechado de racismo, sexismo e idiotez

Como consecuencia de un programa transmitido por el canal ZDF en el cual el cabaretista alemán Jan Böhmerman recitó un ofensivo poema en contra del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, se ha desatado en Alemania una polémica de proporciones. En ella toman parte artistas, intelectuales y políticos Todo partió con la exigencia del gobierno turco para que el cabaretista fuera alejado de su puesto. Como era de esperarse, la opinión pública reaccionó en contra. Hasta los más conservadores descubrieron que Alemania es un país liberal en donde la sátira tiene larga tradición. Erdogan, frente a esa disyuntiva, ha decidido recurrir a los propios tribunales de justicia alemana.

Un problema es que la mayoría de quienes despotrican en contra de Erdogan no han leído el poema del cabaretista.

Ahí se dice que los turcos huelen peor que los puercos, que golpean a las muchachas y fornican con animales y que después de perseguir a kurdos y cristianos practican la pornografía infantil.

En otras palabras, la sátira traspasa todos los límites

Los artistas e intelectuales alemanes arguyen que una de las propiedades del género de la sátira es precisamente carecer de límites. ¿Es así? Supongamos que la víctima de la sátira no hubiese sido Erdogan sino Netanjahu.

¿Habría reaccionado de igual modo la opinión pública? Definitivamente, no.

El cabaretista habría terminado ahogado por un tsunami de protestas.

Es decir, se quiera o no, hay límites. Hay límites, y el cabaretista los traspasó. Su sátira fue un dechado de racismo, sexismo e idiotez.

Así y todo, nadie esperaba la fortísima reacción del gobierno turco. Ese programa no lo ve casi nadie y el cabaretista era casi un perfecto desconocido.

Casos así suelen resolverse con una nota de embajada y nada más. Si Ángela Merkel reaccionara contra los cientos de programas que en diversos países la presentan con el bigote hitleriano, no tendría tiempo para gobernar.

Eso indica que la reacción de Erdogan no tiene que ver solo con la ofensa sino con el momento que atraviesan las relaciones entre Turquía y Europa

Esas relaciones son normales. El problema es que Turquía no es considerado un país europeo por los europeos. Desde 2007, cuando Sarkozy y Merkel cerraron las puertas de la UE a Turquía, pese a que cumplía con todas las condiciones para ingresar, Erdogan se vio obligado a cambiar de rumbo estratégico.

Hoy día el proyecto Erdogan no pasa por ingresar a Europa sino por hacer de Turquía una nación hegemónica en el mundo islámico.

Naturalmente Turquía necesita de Europa y Europa de Turquía. Pero ­y eso lo sabe Erdogan, Europa necesita más de Turquía que Turquía de Europa.

El rol que juega Turquía en la crisis migratoria es evidente. Además, Turquía es un dique en contra de Rusia en el Oriente Medio. Y por si fuera poco, un obstáculo para las pretensiones hegemónicas de Irán e incluso de Arabia Saudita en la región.

Con su reacción frente a los insultos del cabaretista, Erdogan intenta dejar en claro dos puntos. Primero, Turquía debe ser respetada por Europa tanto como se respeta a cualquier país europeo.

Segundo: Erdogan está en condiciones de usar a Europa como enemigo simbólico a fin de liderar a los países islámicos en el marco de su proyecto neo-otomano de poder. El problema en consecuencias va mucho más allá de la estupidez de un cabaretista xenófobo.

Con el poder no se juega.

Ese es el mensaje que ha lanzado Erdogan a toda Europa.