Francisco Suniaga @FSuniaga | Betancourt, otra vez

Screen Shot 2016-02-23 at 12.32.05 PM22 de febrero, 2016

La Venezuela de 1945, como la del presente, estaba en una encrucijada en la que el liderazgo político debía tomar una decisión sobre el rumbo a seguir. El régimen gomecista, establecido desde hacía 46 años, agonizaba y la demanda de cambio era tan potente que hasta los representantes más conservadores de la dictadura  entendían la necesidad de introducir algunas reformas.

El problema se complicaba por la naturaleza misma de la política, donde las opciones compiten de manera descarnada e incluso, dependiendo de la cultura de los actores, innoble, como era entonces, y como ocurre ahora. En aquella ocasión, dicho en forma gruesa, había dos grandes polos: el de quienes propugnaban el cambio y aquel de quienes se aferraban al status quo, más por intereses sustantivos que por ideal patriótico alguno (esto les habrá sonado familiar).

En el gomecismo hacían vida varios factores. El primero, refractario al menor de los cambios, era el viejo y primitivo generalato gomero, de la casta de los Márquez Bustillo y los León Jurado, que era partidario de apretar las tuercas y afincarse en los principios de la causa del Benemérito. Rechazaba de plano que se quisiera quebrantar la norma del régimen que ordenaba que la presidencia fuese ocupada por un militar tachirense, y mucho menos que se iniciara un proceso de apertura política que condujera a la pérdida de sus privilegios.

En el presente, Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y el resto de la nomenklatura chavista, quienes aspiran y prometen radicalizarse (con el recetario cubano debajo del brazo, sin querer percatarse de que los autores del mismo lo tiraron ya al basurero de la historia, como le encantaba decir al eterno) serían sus homólogos.

Había, en contraposición al generalato de Gómez, una capa civilista y renovadora que lideraba Isaías Medina Angarita, y que contaba entre sus filas con gente como Arturo Uslar Pietri. Este grupo, al frente del Gobierno, aspiraba una transición pausada, a cargo de una figura civil, Diógenes Escalante, que abriera paso a una constituyente y permitiera encarrilar al país por la senda de la democracia. Esta posición contó con el apoyo de Acción Democrática y su líder, Rómulo Betancourt (en junio de 1945 había volado con Raúl Leoni a Washington a entrevistarse con Escalante y llegó con él al compromiso de apoyarlo desde la oposición, si efectivamente iniciaba el proceso que condujera a la democratización del país).

Estaba también, por supuesto, Eleazar López Contreras quien por haber sido ya presidente, y sucesor inmediato de Gómez, aglutinaba a los sectores conservadores del gomecismo. Era percibido por sus opositores como garante gatopardiano del viejo régimen, aunque su discurso pretendiera no serlo. En los tiempos que corren, quienes más se les parecen son los que sueñan una transición del régimen chavista gobernada por el inefable José Vicente Rangel (en el papel de Ángel Biaggini, no en el de Diógenes Escalante).

Del lado no gomecista, el polo del cambio, había una contraparte militar y otra civil. El primero estaba conformado por el sector profesionalizado de las fuerzas armadas, cuyo desarrollo estaba siendo mediatizado por la acción de los viejos generales que formaban el cogollo militar. Allí estaban Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Mario Vargas. Ese sector, con un proyecto modernizador militar —y por tanto autoritario— había comenzado a conspirar contra el régimen mucho antes del 18 de octubre de 1945. Había, claro está, diferencias importantes entre las concepciones de los dos primeros, militaristas, y el tercero —el capitán Mario Vargas quien, dicho de la manera más simple, era adeco, y eso, Betancourt dixit, no se quita sino con la muerte—.

En el ámbito civil y democrático del cuadro, en tanto que organización político partidista democrática, AD era un ánima sola. Existía el Partido Comunista y personalidades de gran significación como Jóvito Villalba, pero AD, la organización construida por Betancourt, era el partido democrático nacional que promovía el cambio. Mutatis mutandi, como dicen los abogados, AD era entonces lo que la oposición democrática ha sido a lo largo de estos diecisiete años: un partido acorralado por una burocracia militar-caudillesca y un funcionariado que le impedía demostrar que era el partido de las mayoría. El sistema electoral, vigente desde el gobierno de López Contreras, le impedía tener una representación acorde con su caudal popular.

Los grandes políticos de la historia tienen la capacidad de ver más allá que el resto de los mortales, y Rómulo Betancourt era uno de esos. Como afirmara  Miguel Otero Silva, Betancourt era el único político venezolano que en 1945 tenía claro lo que había que hacer, cuál era el rumbo a tomar, por eso fue el líder. Privilegiaba una salida democrática; apenas supo de la candidatura de Escalante propuesta por Medina, suspendió la conspiración con los militares y fue a Washington a brindarle su apoyo. No quería de Escalante posiciones ni prebendas gubernamentales, su objetivo era lograr que impulsara una reforma que condujera a la democracia, aspiración presente en todos los discursos y planes políticos de Betancourt desde hacía muchos años.

Cuando Escalante enfermó, se rompió el consenso logrado en torno a su figura y Medina segó la posibilidad de buscar un nuevo compromiso al designar a Ángel Biaggini, su ministro de Agricultura, como su sucesor. Betancourt entendió entonces que la única manera de lograr imponer el cambio político era a través de su propia mano. Reactivó la conspiración y el 18 de octubre de 1945, por contradictorio que parezca, de la mano con los militares, se inició el trashumar venezolano hacia la democracia.

Desde entonces, de manera absolutamente nítida, el norte de nuestro discurrir histórico ha sido la democracia y sus valores. Desaparecido Mario Vargas, los militares militaristas, apenas en 1948, liquidaron la primera concreción auténticamente democrática y civilista de nuestra historia, al derrocar a Rómulo Gallegos, pero la idea ya había prendido. El proyecto de Betancourt sufrió un aplazamiento importante —diez años de la dictadura de Chalbaud y Pérez Jiménez—, pero renació y se desarrolló con vigor durante los 40 años entre 1958 y 1998, los mejores de nuestra historia.

A partir de 1999 y a lo largo de los diecisiete años transcurridos bajo el chavismo, el camino a recorrer por los demócratas se enchiqueró, y así se ha mantenido hasta el presente. Pero la marcha no se detuvo ni retrocedió, solo se ha demorado y nadie puede siquiera dudar que el sueño haya perdido vigencia alguna. De hecho, fue su existencia lo que mantuvo encendida la llama en las peores horas de estos años. Es su vitalidad lo que permitió el triunfo del 6-D, evento histórico que despejó de nuevo la ruta y permite avizorar un futuro pleno de libertades y bienestar económico para todo el pueblo venezolano. Esta vez, a diferencia de lo ocurrido en 1945, será de la mano de una brillante generación de líderes jóvenes que Venezuela entierre para siempre el autoritarismo militar y retome el camino que conduce a la vieja aspiración democrática.