GÉNERO ¿Es violencia o cumplido? Así se vive un día … sufriendo piropos

MundoSANDRA JIMÉNEZ | GIULIO M. PIANTADOSI (vídeo) Madrid | Sevilla 4/7/2015

Una periodista recibe insinuaciones y provocaciones por las calles de Madrid y de Sevilla
Grabó los piropos con una cámara oculta

Vídeo: Giulio Piantadosi

«¡Guapa! ¿Quieres casarte conmigo? Rubiaza, quién te pillara… Esta noche te comería…». Un simple paseo puede transformarse en un angustioso trayecto. Como yo, muchas mujeres sienten la inquietud de no saber qué podrá pasar, si alguien te molestará o llegarás tranquila a tu destino. Todos hemos visto alguna vez cómo alguien arroja un piropo a una mujer, sea de un manera sutil o de una manera descarada.

Los hombres que emiten estos comentarios -o las mujeres, aunque en menor medida- ni se paran a pensar en la experiencia que viven quienes reciben dichos piropos. Lanzan sus dardos envenenados para agrandar su ego y, a nosotras, nos dejan en la indigencia vital. Sin recursos, sin saber qué hacer. Quemadas por dentro.

Escuchamos frases gritadas con tanto descaro que se nos hiela la sangre. Frases inyectadas de machismo que la sociedad española tolera en pleno siglo XXI. Soy mujer y me pregunto si debo aguantar tantas situaciones de mal gusto en mi vida diaria, sólo por ser de una manera o por vestir de otra. No soy alta, no soy modelo y no voy por la calle pidiendo guerra. Soy una mujer normal, una periodista que debería pasar desapercibida cuando pasea por la calle. Pero no es así. Los piropos me persiguen y me agreden.

Una tarde del mes de mayo caminaba despacio hacia el periódico con el cuerpo en la tierra y los pensamientos en cualquier otra parte. De repente, algo me sacó de golpe de mis pensamientos. Un grito o un bufido, podría ser cualquiera de los dos, pero que iba dirigido hacia mí. «Vaya rubia», pronunció un hombre desde la otra acera. Unas palabras sin maldad aparente pero que me hicieron sentir incómoda y me sacaran los colores delante de las personas que caminaban junto a mí.

Foco de las miradas

La mayoría de las veces parece que debemos dar las gracias por recibir un comentario de este tipo, por ser algo bueno, se entiende. Las mujeres no podemos elegir si ser o no el centro de una escena en la que te conviertes en el foco de miradas u opiniones, simplemente pasa porque a alguien le apetece enviarte un halago que no has pedido. La contrariedad llega cuando los piropos suben de tono y se transforman en te haría de todo, tienes un cuerpo… y un largo etcétera. Palabras duras que, a veces, rozan lo pornográfico; plasman a la mujer como un jugoso trozo de carne por el que paladean los hombres que ladran esos comentarios.

Muchas de estas genialidades lingüísticas (nótese la ironía) se producen, además, cuando caminamos en solitario y estamos desprotegidas, o eso piensan ellos. Lo cierto es que, aunque esos dardos lascivos nos hagan sentirnos incómodas, son palabras y, como se suele decir, las palabras se las lleva el viento. La cosa se complica cuando la situación te acelera el cuerpo, cuando varios te paran para acribillarte con «¿cómo te llamas?», «¿dónde vives?» o «¿tienes novio?» o sientes algún agarrón del brazo para pararte cuando lo que quieres es simplemente marcharte.

Normalmente, y digo normalmente porque siempre existen casos extremos, todo se queda en una conversación de un solo emisor y sin pasarse de la raya. A veces juegan con la amabilidad para encandilar, pero nunca debemos olvidar la sutileza de la abeja antes de picar. Tras estas situaciones no existe una respuesta universal o una solución certera, lo más normal ante estos comentarios es la indiferencia. La mayoría de las mujeres actuamos así quizás por miedo a entrar en una discusión o por no dilatar la vergüenza, pero me pregunto qué pasaría si todas reaccionásemos de la manera que nadie se espera: plantando cara.

En EL MUNDO hemos querido meternos en la piel de una mujer que camina un día cualquiera por la calle, aparentemente sola, para conocer cuáles son sus experiencias. Un cámara, Giulio Piantadosi, y tres fotógrafos (Alberto Di Lolli, Javier Barbancho y Olmo Calvo), eran mis testigos de excepción. Paseamos por las ciudades de Madrid y Sevilla y pudimos cosechar una retahíla de chascarrillos, insinuaciones, provocaciones y miradas lascivas. Hubo proposiciones, hombres que me paraban, grupos de jóvenes con ganas de hablar e incluso salidas de tono. Entre ellos no existe un perfil determinado, son jóvenes, mayores, vestidos con traje o de calle, en grupo o en solitario.

En muchas ocasiones, la cámara no logró pillar al agresor verbal in fraganti

Pero ha habido muchas ocasiones en las que la cámara no pilló al agresor verbal in fraganti. Una de ellas, muy violenta, fue un viernes volviendo a casa en el Cercanías. Era medianoche y el vagón iba vacío. Para entretenerme, estaba enviando mensajes de voz a mis amigas. Paró el convoy y entró un grupo de jóvenes que iban pasados de vueltas. Fue verles e intuir los problemas.

Se reinició la marcha y comenzaron a lanzar sus palabras con gritos desde lejos («¡Rubia, estás buenísima, me has enamorado, ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Eres de aquí? Sólo quiero hacer amigas, nada más!»). Mis amigas lo estaban escuchando todo y no daban crédito. Estaban muy preocupadas por mí y no había ni un viajero al que acudir ni un vigilante en el convoy. El grupo se envalentonó y se acercó. Al final, la cosa no fue a mayores. Les contesté que me dejaran en paz y parece que logré frenarles. El mal rato aún me dura.

Las miradas descaradas son lo más incómodo. En el barrio de Legazpi (Madrid) paré a tomarme un café y, mientras dejaba pasar el tiempo, sentí los ojos de tres hombres clavándose en mí. Sus miradas iban acompañadas de risas compartidas -entre ellos- y algún que otro dedo índice señalándome. No tenía derecho a decirles nada porque no se dirigieron a mí, ni tampoco arrancarles los ojos porque mirar es gratis, pero eso no me libra del mal rato.

En Sevilla, también tuve un buen repertorio de piropos. El salero y el bello acento de los hispalenses se perdía por la alcantarilla cuando las palabras que bramaban se inspiraban en mi melena rubia, en mi cara, en mi culo, en…

En el barrio de La Macarena oí comentarios en cuanto se juntaron al menos dos hombres. Casi todos eran mayores y se apilaban en las terrazas para tomarse algo mientras charlaban. El andar de una chica por su lado era una de sus mayores distracciones. «¡Nos has alegrado el día! ¡Siéntate con nosotros!», gritaban.

También hay piropos cobardes: hablan de ti dirigiéndose a otra persona. Como disimulando. «Madre mía el calor que me acaba de entrar», voceaba un hombre de unos 50 años a su compañero de fatigas mientras yo pasaba por delante en Triana. O aquel otro que subía el volumen para gritar: «¡Ole y ole las cosas bonitas!». También es ya parte del día a día de muchas mujeres las expresiones como el «joder» bastante extendido y acompañado de un tono impertinente que a todas nos ha tocado escuchar alguna vez.

Los piropos en el coche se merecen un capítulo aparte. Gritar «vaya culo» o «estás buenísima» es la técnica perfecta para tirar la piedra y esconder la mano. Lanzan el bufido y aceleran. Siempre que no les apetezca frenar y seguirte hasta que algún coche salvador les obligue a seguir su camino.

Una de las cosas que más me molesta es que me obligan a cambiar de planes. Si para ir a mi destino tengo dos caminos posibles y uno de ellos es una calle en la que tan sólo está un grupo de hombres, escojo la otra alternativa, aunque me suponga tardar un poco más.

No siempre podemos considerar un piropo como un ataque, es más, muchos de los hombres que lanzan sus voces al aire lo hacen para halagar a las mujeres, pero dudo que antes se pregunten si esas mujeres quieren sus halagos, por muy galantes que sean para nuestros oídos.

Porque una cosa está clara: a todo el mundo le gusta gustar, sentirse bien con su físico, pero existen muchas más maneras de sentirse deseada que escuchar bramidos en las calles.

En Sevilla, después de que un hombre me parara para hacerme comentarios sobre mi físico («oye, chica, tienes cara y cuerpo de modelo»), decidí darme la vuelta mientras él me preguntaba: «¿Pero no te molesta verdad?». Por un momento debió pensar que me giraba para agradecerle todo lo que me había dicho. Más bien era para atravesarle con mi mirada encendida.

Muchos hombres se creen que por el mero hecho de lanzarte comentarios bonitos no tienes derecho a quejarte y debes sentirte agradecida. Pero lo cierto es que muchas mujeres no lo agradecemos y por el contrario, nos sentimos tremendamente incómodas.

Y éste es el gran problema.