GONZALO HIMIOB SANTOMÉ @HimiobSantome | CONTRAVOZ -Carta abierta a nuestros líderes

4/3/2018Screen Shot 2018-03-05 at 9.36.29 AM

El título fue el primer obstáculo contra el que choqué al escribir esta entrega. La idea inicial era dirigirme a los políticos opositores, pero de entrada me hizo ruido la intención porque no puedo, pues no es justo, meterlos a todos en el mismo saco. No todos están incurriendo en los errores que abordaré un poco más adelante. Tampoco todos son líderes. No están todos a la cabeza de sus respectivos movimientos políticos ni tienen, pese a que estén convencidos de lo contrario, influencia en la ciudadanía. También corría el riesgo de que, al dirigirme específicamente a los opositores, saltara el coro acrítico que los acompaña siempre a acusarme de antipolítico o de otra sandez similar. Por último, y esto es quizás lo más importante, al generalizar, hablando de líderes sin hacer distinciones, pueden estas líneas servir también para interpretar los sentimientos de quienes aún militan en las filas del oficialismo y están, como los que estamos en el otro lado de la calle política, desorientados y confundidos.

La virtud de esta columna es que, así lo espero, llegará a quienes vale la pena que llegue, a los que, en un lado o en el otro, en realidad tienen capacidad de decisión. Los que no estén dispuestos a poner sus ojos y sus oídos en el clamor popular, no merecen ser llamados líderes y, en consecuencia, no son los destinatarios de ella. Comienzo entonces.

 

Lo primero que se percibe en la calle es que existe una clara desconexión entre el liderazgo y la ciudadanía. Mi trabajo me ha llevado a compartir con mucha gente, en todo el país, y en esto incluyo a oficialistas y a opositores, y pese a las diferentes posturas y visiones el lugar común es que el país va por un lado y los políticos van por otro completamente diferente. Cuando hablo de la calle, por cierto, no me refiero a la masa, nutrida o no, con la que algunos líderes se acompañan en cualquier acto o evento que organizan, pues en general esa masa, puesta allí para aplaudir y corear cualquier cosa que se le diga, no refleja los sentimientos verdaderos del pueblo y es más una comparsa que otra cosa. Cuando hablo de la calle me refiero al ciudadano común, y sobre todo a los que, libres de vinculación directa, formal o material, con cualquier movimiento político (y así estamos la abrumadora mayoría) cHablo, por ejemplo, de los que ya no creen en el voto como herramienta útil para el cambio político y social que necesitamos y hasta de los que, incluso con la fe aún puesta en el voto, en este momento se sienten hoy en día como pajarito en grama sin tener muy claro qué es lo que el sufragio puede lograr por ellos.

Esa desconexión es muy peligrosa. Es, por decirlo de alguna manera, un hecho incontestable que paradójicamente promueve la antipolítica desde los hechos y omisiones de, nada más y nada menos, los mismos políticos. El oficialista, se siente burlado cuando Maduro y sus voceros le dicen en cadena nacional, por ejemplo, que la escasez de medicinas y alimentos es una exageración, que no hay una grave crisis humanitaria, que no es verdad que la gente esté comiendo menos, o para más señas, directamente de la basura, o que los enfermos estén muriendo porque no encuentran el tratamiento médico de calidad que necesitan. El opositor, por su parte, se siente frustrado cuando escucha de algunos de los factores políticos, por ejemplo, que lo único importante, al parecer, de las venideras elecciones, es la fecha en la que se realizarán, y no quién, cómo o en qué condiciones las convoca. En ambos casos el sentimiento además incluye la percepción de que se nos está faltando el respeto, o de que se nos tiene como idiotas que no pensamos y, lo que es más grave, que no convivimos con esa realidad contrastante que de solo verla y padecerla acaba en un segundo con cualquier intento de tergiversación. No hay nada promueva más la antipolítica, con todos los riesgos que entraña, que eso.

La percepción es que el político no vive en el mismo país en el que vivimos todos, sino en una burbuja desde la que la realidad se ve distorsionada y distinta. Nada inusual, por cierto, pues no son pocos los ejemplos pasados y presentes en los que la estructura tradicional del poder y de los partidos sirve a guisa de barrera entre el líder y la cotidianidad. Es un atavismo que hay que superar sin caer en las trampas del populismo. No es lo mismo planificar una supuestamente espontánea ida a un abasto o a un automercado, para demostrar con deliberada intención demagógica que se es un hombre del pueblo, cargando niñitos o besando ancianitas para la foto, o ponerse un casco de obrero y pasearse por una construcción bajo condiciones controladas y con los medios prestos para captar y difundir la jugada, que despertarse cada día sin saber si ese día comerán tus hijos o si aún tendrás trabajo para poner el pan en la mesa. El epítome de esas prácticas, en las que lo aclaro, incurren muchos de un lado y del otro, lo representa Maduro, cuando se muestra manejando él mismo un carro con Cilia al lado por las calles de Caracas tratando de hacernos creer que es un tipo normal, como cualquiera de nosotros, buscando mostrar que todo está bien y sin decir que detrás, adelante y a los lados de él no está una caravana completa de funcionarios cuidándole de que algún bienandro le desgracie la vida, riesgo que él no conoce pero nosotros sí, y muy bien. Todo esto, además, obviando el hecho de que detrás de las imágenes que les muestran sonrientes y felices, casi como en Disneylandia, las calles les echan en cara su desidia y su irresponsabilidad.

Y digo Maduro porque ocupa la presidencia de la República y su caso es mucho más grave que el de los demás, pero de estas prácticas demagógicas no están exentos algunos políticos opositores, que de tanto convivir con el oficialismo han adquirido, o potenciado, algunas de esas malas mañas.

La crisis, al parecer, nos toca a todos, menos a ustedes, nuestros líderes. No solo la crisis económica, sino la política y hasta la crisis moral que padecemos lucen como absolutamente ajenas, y hasta irreales, en el mundo político. Y esto es muy grave. Los ciudadanos no queremos excusas, sino soluciones, estamos hartos de discursos y de panfletos, y exigimos respuestas concretas a nuestras preguntas cotidianas. No nos sirven para nada la continua búsqueda de culpables, que en mundo político al parecer siempre están siempre en los opuestos, que nunca en las propias fallas, ni las acusaciones que vuelan de un lado a otro sin que eso termine de tener efectos reales, de hacernos sentir seguros en las calles, o de poner comida en nuestras mesas o medicinas en las farmacias. Insisto, desconectarse de la realidad es muy peligroso, pues se lleva a la masa, que sí la padece, a coquetear con los caminos verdes, o con formas no formales, y no siempre pacíficas, de solución de nuestros problemas de espaldas a la conducción política.

¿Qué hacer? (Me adelanto acá al bendito ¿Y tú qué propones?, que tanto se usa como comodín para evadir las propias responsabilidades) Quizás lo primero es dejar de gastar plata en asesores de imagen y en asesores electorales que, al menos en Venezuela, como cobran muy bien, no sirven más que para cantarle a los políticos las melodías que quieren escuchar, sobre la base de encuestas y de sondeos (también muy costosos) que, al menos en nuestro país, solo sirven para dar sustento numérico y apariencia científica a las falsedades preconcebidas que les sirven de premisa. Es duro, pero es así, lo he visto personalmente. En una reunión cualquiera un político pretende afianzar su postura usando datos de una encuesta que lo presentan como el preferido en el sentir popular, y otro político, al otro lado de la mesa, le saca otra encuesta que dice, más o menos en los términos, todo lo contrario. Y lo peor es que ni en uno ni en otro caso se refleja, al final, la verdad.

¿Dónde está entonces esa verdad? ¿Cómo rompemos ese círculo vicioso que a ustedes, nuestros líderes, los aísla del resto de nosotros, los simples mortales? La respuesta es sencilla: Deben salir de su zona de confort, de los espacios controlados, artificiales y asépticos en los que se vinculan con la ciudadanía sin riesgo alguno y cambiar la estrategia tomando en cuenta que, seguramente, van a escuchar quejas y visiones que no han estado dispuestos a escuchar hasta ahora. Es allí donde está la verdad. Y lo que es más importante, deben estar dispuestos a reconocer sus errores, que no a maquillarlos a conveniencia (por aquello de que siempre se debe lucir victorioso, incluso cuando se ha sido derrotado) y a manejarse dentro del espectro de esa palabra inglesa, accountability, que en español puede ser traducida como una mezcla entre rendición de cuentas y responsabilidad, porque, aunque en general e históricamente hemos sido un pueblo apático, ya casi veinte años de tragedia, con los errores políticos estallándonos en la cara todos los días, nos han hecho ser mucho más conscientes y maduros, políticamente hablando, y ese es un capital que ningún político serio puede desperdiciar. Podemos aceptar la verdad, por dura que sea, lo que es inaceptable es la mentira. Y la diferencia entre una y otra la tenemos muy clara.

No sé si la anécdota sea verdadera, pero en la reciente película La hora más oscura, que narra los momentos en los que Inglaterra, de la mano de Churchill, tenía que decidir si pactar con Hitler para una paz que jamás sería tal, o asumir a la Alemania Nazi en toda su verdadera maldad, incluso al altísimo costo que representa sumergirse en una guerra que, en ese momento, se veía perdida, se puede ver un ejemplo de lo que, en mi humilde criterio, tienen ustedes que hacer ahora. Se muestra allí que en su momento más difícil (en su hora más oscura) Churchill dudaba entre hacerle caso a los políticos que le exigían pactar con Hitler o hacer lo que su corazón y sus instintos le decían, que era todo lo contrario. La duda, al menos en la película, no se la resolvió un académico ilustrado ni un asesor bien pagado, tampoco una encuesta ordenada por su partido ni un sondeo de popularidad. Una de sus asistentes, preocupada al verlo partido en dos a fuerza de dudas, le dice escuche al pueblo y el hombre, atribulado hasta la desesperación, el día crucial en el que debía tomar su decisión, en lugar de llegar en su elegante carro, conducido por su impoluto chofer, al parlamento, se baja en plena calle y se monta en el metro de Londres, en el que ni siquiera sabía cuál vagón tomar para llegar al parlamento. Allí, ante una sorprendida cantidad de personas que no podían creer que un líder de su altura estuviese en el metro con ellos, les pregunta directamente y sin filtros sus opiniones, y se sorprende, y mucho, porque encuentra que los ciudadanos están mucho más claros que cualquier político y mucho más decididos que ellos a defender su dignidad y su patria a cualquier costo, incluso si eso suponía perder la vida por ellas. El resto es historia.

En Venezuela está pasando algo similar. De alguna manera, salvando las distancias, estamos ante la misma dicotomía entre el camino fácil del compromiso y de la transigencia y las decisiones difíciles y costosas. Y en la ciudadanía está la respuesta. Estoy seguro de que, si hicieran experimentos similares (eso sí, sin que se trate de puestas en escena dirigidas solo a reafirmarles sus errores de percepción) muchos de nuestros líderes encontrarían las luces que ahora les faltan o que no han querido ver hasta ahora.

Escuchar, de verdad, sin filtros ni tergiversaciones, a los ciudadanos. Esa es la clave.