IBSEN MARTÍNEZ El “Pollo” Carvajal y míster Fring
Sábado 2 de Agosto de 2014 | TalCual

Screen Shot 2014-08-02 at 3.11.56 PM1  La franquicia de pollos asados del señor Gustavo Fring es fachada de una vasta operación del mundo de la droga: la elaboración en gran escala de metanfetaminas de alto grado de pureza.

“Los pollos hermanos” surten un mercado que se extiende a ambos lados de la frontera entre los EE.UU. y México, abarcando, además de Oklahoma, Utah, Texas y Arizona (estados vecinos de Nuevo México), los estados mexicanos de Chihuahua y Sinaloa. Míster Fring es cofundador de “Los polllos hermanos”, dueño de catorce establecimientos de la cadena que va de Nuevo México a Nevada. El “otro” propietario, menos conspicuo, es un consorcio alemán, “Madrigal Electromotives”. Pero el sujeto de esta bagatela de fin de semana es el señor Gustavo Fring como arquetipo del delincuente de alto vuelo que la “guerra contra las drogas” ha propiciado en el mundo capitalista desde el último cuarto del siglo pasado.

Los adictos, como yo, a la serie Breaking bad (2008-2013) que, concebida y producida para Sony Pictures por el genial Vince Gilligan, capturó la imaginación de millones de televidentes en el curso de sus cinco temporadas, coincidimos con la crítica especializada: Gilligan ha podido darle una vuelta de tuerca a un género cinematográfico, centenario y complejo, logrando en esta serie de cable lo que Sam Peckinpah no se habría atrevido a soñar: un western genuinamente posmoderno en el que la DEA y los cárteles mexicanos, las putas trotacalles y la narcobuhonería de Albuquerque comparten el mismo paisaje de cualquier western de John Ford o Robert Aldrich. Y cada uno desempeña un rol dramático tan relevante como el de los fulleros abogados penalistas y los caballeros de industria de la casta de Gus Fring.
Con todo, y quizá mucho más que la actuación de Bryan Scranton encarnando al protagónico Walt White, nada en ella supera la carga de significados que, en cada episodio, trae consigo la aparición en pantalla de uno de los expendios de “Los pollos hermanos”.

Hablo, concretamente, del que la serie ha hecho famoso y que hoy es objeto atención de una nueva cepa de turismo local.

Sito en el número 4257 de Isleta Boulevard, el establecimiento acoge diarias visitas guiadas a las “locaciones” en que se desarrolla la serie. Para decirlo todo: “Los pollos hermanos” de la serie Breaking bad configuran una acabada metáfora de la diabólica ingeniosidad y audacia sin escalofríos éticos que caracteriza al negocio del narcotráfico.

2 Hace algún tiempo, en una reseña que hice para la revista Letras Libres de Arrecife, la estupenda novela del mexicano Juan Villoro, decía yo (¡qué odioso es eso de citarse a sí mismo!): “México y Colombia, dos de nuestros países trágicamente estremecidos nos han dado en las últimas décadas, novelas que hierven de sicarios, barones de la droga y reinas de los cárteles. El método de muchas de ellas las hace a menudo indistinguibles de la crónica ­hoy llamada “periodismo narrativo o literario”–, absorta de modo natural en la dantesca teatralidad que cobra el narco entre nosotros. Me parece lícito llamar a esa vertiente “novela del lado de la oferta“. La expresión, tomada en préstamo a la jerga de los economistas, permite señalar al mundo de las trapisondas, los policías corruptos, las decapitaciones”.

Terminaba diciendo que, siempre sorpresivo y sorprendente, Villoro inaugura con Arrecife la novela del “lado de la demanda”; esto es, una novela inmersa en el lavado de dólares. Pues bien, Breakingbad logra amalgamar de modo magistral ambos extremos de la cadena de producción y consumo pero, muy shakespereano, Gilligan pone el acento en la filosofía moral, en las falsas distinciones entre “bueno” y “malo” y por eso, quizá, las engañosas contorsiones del lado de la demanda pesan más en su trama.

3 Rasgo singularísimo del señor Fring es su empeño en la excelencia que exige a sus productos, tanto la cotizada metanfetamina “Crystal blue” que sale de su laboratorio como sus pollos asados con receta de Michoacán, gustosa tapadera de su negocio más rentable.

Es decir, este míster Fring cuida escrupulosamente las formas y no se expone impúdica e innecesariamente. Una de las reglas que se ha impuesto a sí mismo es la de no asociarse jamás con drogadictos irrecuperables ni con desmoralizados maleantes de poca monta, siempre falibles y quienes, debido a su adicción, no cuidan las apariencias. Por eso el señor Fring no aparece en el radar de la DEA ni integra la “lista Clinton” de la Secretaría del Tesoro gringo.

El señor Fring no haría nunca tratos con desprolijos narcomalandros como los palurdos generales venezolanos del “cártel de los soles”. El señor Fring no dejaría al “Pollo” Carvajal, un sujeto probadamente incapaz de borrar las huellas de los muchos crímenes que abultan su prontuario, limpiar el piso de ninguno de sus locales de comida rápida. Claro, el señor Fring no es pelele del G2 ni rehén del cártel de los narcogenerales.

El señor Fring se respeta a sí mismo.