IBSEN MARTÍNEZ @ibsenmartinez | Carta a un venezolano

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Compatriota:

En 1997, una exreina de belleza, Irene Sáez, Miss Universo 1981, fue postulada a la candidatura por la presidencia de la república de Venezuela.

Muy pronto las encuestas la dieron como ganadora, con mucha ventaja sobre cualquier otro candidato de los entonces llamados partidos del status. Irene había sido ya, y exitosamente, alcaldesa del municipio metropolitano caraqueño de Chacao, acaso el más rico del país.

Su candidatura fue promovida, entre otras agrupaciones, por el partido demócrata cristiano. Consciente su dirigencia del poco o nulo predicamento que ya gozaba su tolda (y para el caso, todas las toldas partidistas) en el ánimo de los venezolanos, cansados de corruptelas e ineficiencias, el partido decidió socarronamente combatir la antipolítica reinante haciendo también suya la antipolítica y lanzando como candidata de quien, sin ánimo de disminuirla, solo podía decirse que era una superlativa y rubia celebridad televisiva recurriendo de nuevo a la outsider con charm que con el apoyo de justamente los tan denostados partidos políticos del bipartidismo ( y de la otrora todopoderosa Venevisión y la organización Miss Venezuela) había ganado sin esfuerzo la Alcaldía de Chacao ofreciéndose como lo nuevo.

¿Por qué, dirá usted, evoco hoy acontecimientos tan lejanos en el tiempo y tan, al parecer, ajenos a lo que el venidero domingo 30 de julio habrá de decidirse? Antes de intentar responder, me apresuro a decir que también yo bebí las refescantes aguas de la    antipolítica    al escribir una exitosísima telenovela de la que cada capítulo era antipolítica pura y dura. Con ella contribuí no poco al clima de descrédito de la política y de sus oficiantes por excelencia: los políticos, sin distinción.

Pues bien, el caso es que en el crucial trance al que se acerca Venezuela no puedo dejar de recordar que la gran esperanza blanca se volatilizó no bien Hugo Chávez apareció, a mitad de año, en el horizonte electoral.

Hasta aquel momento, Chávez había vagado en el desierto de una campaña en pro de la abstención electoral y el voto nulo. Un doctor Frankenstein le hizo ver que su figura antisistema sumada a su celebérrimo por ahora habían hecho de él arma absoluta del odio a los partidos y a la clase política (¡en fin: arma electoral de la antipolítica!) y del aborrecimiento de la democracia tal como la habíamos conocido en Venezuela durante 40 años.

Chávez resultó imbatible y al cabo de poco más de un año ganó las elecciones presidenciales con el mayor margen que candidato alguno hubiese alcanzado en el período democrático 1958-98: 56 por ciento.

Fue entonces cuando publiqué en El Universal de Caracas un artículo titulado Por qué no me asusta Chávez. La nuez de su argumento era que no había nada que temer de aquel demagogo hablachento pues, una vez fuese encargado de la Presidencia, la realidad, las dificultades y exigencias propias del gobernar habrían de domesticarlo y acabarían por amoldarlo a las doctrinas y usos más o menos ortodoxos de la vida republicana. Innecesario decir que me equivoqué de medio a medio.

Hoy, y a la luz de este cuento, cuando solo faltan horas para que se cumpla una jornada que se anuncia auspiciosa o llena de presagios, según quien la mire, quiero pedirte que cualquiera sea el desenlace del 30 de julio, consideres que la Mesa de Unidad Democrática está conformada por mujeres y hombres que han abrazado, con ya probada abnegación, un oficio que, en rigor, es uno de los más nobles y desprendidos de cuantos haya concebido el espíritu humano. Esto va dicho sin prescindir de la endémica corrupción que en nuestra patria abonó el camino de un demagogo, pero sin dejar de reconocer los logros de quienes fueron siempre probos servidores públicos.

Visto lo padecido por nuestra patria en los útimos 18 años, cuando una abrumadora mayoría de venezolanos exclama, con sobrada razón, ¡no a la dictadura!, yo quiero añadir también un ¡no a la antipolítica!

Ella ha sido la causa de muchas de nuestras desventuras como república.

Atentamente,

Ibsen Martínez