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(J) Oda al Diablo – Jean Maninat

(J) Oda al Diablo
Publicado por Laura Rodríguez en (J) Odas by @jeanmaninat | febrero 4, 2013
Por: Jean Maninat

(J) Oda al Diablo

“Si el diablo viene a la tierra
busca mujeres/ se lleva todo
lo malo y deja lo bueno…El
diablo está suelto, el diablo
es candela.”
Miguel Quintana y los
soneros de oriente

Belcebú, Satanás, Lucifer, Mefistófeles, Mandinga, son algunos de los nombres tenebrosos que la letra escrita le ha dado al Diablo a través de la historia. El personaje ha recorrido los siglos de los siglos mutando de una aparición histórica a la otra, cambiando de vestimenta y sin domicilio fijo: es Ba’ al zebub el señor de las moscas en el hebreo del viejo testamento; es una serpiente melosa en un árbol edénico; un macho cabrío de largas cornamentas en una montaña pedregosa del oriente medio; o el propiciador del primer bebé de probeta maléfico en el vientre de una rubia tonta llamada Rosemary.
Su reino, a diferencia de otros, sí es de este mundo. No quedan claras las razones por las cuales este ángel bondadoso, el más apuesto y preferido de todos según testigos de la época (Lucifer quiere decir Luz Bella), decidió iniciar una revuelta contra el Creador sin dejar un manifiesto para la eternidad, o tan siquiera un pliego de peticiones que nos permitiera entender sus razones últimas. Hemos tenido que conformarnos con la más inconveniente: en el Cielo también anida la soberbia y la envidia.
Tras el golpe de estado fallido, fue expulsado a los infiernos con la tarea de corromper selectivamente a los hombres para que le hicieran compañía en su reino solitario de flamas eternas y pailas hirvientes. Como si a una pobre criatura desvalida y recién expulsada del paraíso terrenal, como era el hombre, le hiciera falta el bono adicional de enfrentar tamaño enemigo al mismo tiempo que terremotos, fiebres y hambrunas, por no hablar del prójimo fraterno, siempre dispuesto a abrirle el cráneo con una quijada de mulo al menor descuido.
El diablo deambuló por entre las diversas escrituras con papeles más o menos relevantes, hasta llegar al rol de malo supremo con la ayuda, entre otros, de un clérigo castellano, Gonzalo de Berceo, quien en el Siglo XII lo tipifica en su obra como El mortal enemigo. El diablo desciende desde los púlpitos para ser el acompañante indeseado de los humanos: vive con ellos, duerme a su lado, les susurra cochinadas al oído, perturba las plegarias de los curas con fogonazos impíos, abochorna la carne. Desliza, en suma, una vigilia de tentaciones que dura siglos y viste de negro cerrado a la iglesia católica y sus feligreses.
Rara vez recurre a su poder sobrenatural para doblegar voluntades. Su instrumento preferido es la palabra, sibilina, engañosa. Le gusta convencer y no imponerse. No es afecto a la magia, a los artilugios mecánicos que tanto asombran, eso queda para el vulgo, esas hormigas industriosas e ignorantes. Él se cuela entre los libros, fabrica ideas nuevas y engañosas, les hace creer a los hombres que el alma puede discurrir fuera de los preceptos establecidos, que el universo no tiene centro… les alimenta la fantasía de suponer que pueden pensar por ellos mismos para así conducirlos hasta el infierno.
La superstición y la ignorancia, y cierta guerra sucia en su contra para banalizarlo, han hecho creer que utilizaría su dotes para introducirse a la fuerza en un cuerpo humano y poseerlo, como si él necesitara embarrarse de sangre, flema, excrementos y vísceras, cual matasanos medieval, para demostrarle al mundo el alcance de su poder.
Los hombres están hechos de su propia materia, él lo sabe. Con rozar levemente la fina membrana de mansedumbre que recubre sus corazones, brotan torrentes sanguíneos de orgullo, envidia y soberbia.
Basta una sugerencia adecuada, el gesto de una mano que envuelve la vastedad del mundo, para que se rindan ante su influjo. Un pacto, un simple acuerdo de caballeros es suficiente para hacer realidad los deseos más exorbitantes: riquezas, juventud infinita, sabiduría, destreza en las artes, aprehender los misterios de alma, quedan al alcance del deseo sin necesidad de firmar documento alguno.
¡Ah un pacto satánico! ¿Cuántas mentes brillantes no han soñado hasta el insomnio con lograrlo? El mismo San Agustín, que tanto luchó por abrirse paso entre tanta sonsera, acarició la idea; y los adustos y precisos alemanes se congregaron en el mito de Fausto para dar luz a Goethe, Kant, Hegel, y Mackie Messer. Los lánguidos dedos de Paganini, ¿de dónde sacaron su endiablado virtuosismo?
Pero los hombres, en su fatuo empeño de asaltar el cielo, se dedicaron a horadar su gloria, a mancillar la nobleza de su estirpe, a estropearlo todo con la infinita capacidad para humillar que sólo poseen los humanos entre todas las criaturas de la creación.
Lo trasvertieron en monigote de alas contrahechas, con cuernos protuberantes, una barbiche puntiaguda en el mentón, y unas piernas retorcidas de cabro montés que le daban el aspecto de un bufón oriental. Así lo paseaban en esfinge por las plazas de lo pueblos, entre hombres y mujeres henchidos de alcohol y niños gritones e inmundos como ángeles caídos.
Él era el Príncipe de las Tinieblas, dueño de un imperio vasto y oscuro. Pero no, no les bastaba con la luna y las estrellas para puntear la solemnidad de su reino, tenían que procurar el ingenio presuntuoso de un mortal para inventar el bombillo, la luz eléctrica, iluminar la noche y prolongar la vigilia del día. Luz y más luz serpenteando por la tierra, como para recordarle con burla que una vez fue un ángel tonto y engreído llamado Lucifer, antes de rebelarse.
El empuje luminoso creó ciudades que atrajeron a los más despabilados, se encendieron los cinematógrafos para proyectar la vida más allá de la muerte, se doblegaron las pestes, y los pizarrones se llenaron de fórmulas racionales para explicar el Génesis. Todo para hacer palidecer su poder y relegarle paulatinamente a malvivir en zonas rurales e ignotas, donde a punta de velas y sahumerios se avivan los pavores primitivos con los que el populacho tanto lo asocia.
No bastó con el esfuerzo de espíritus enaltecidos y geniales para propagar su majestad en novelas épicas, óperas magistrales, poemas delirantes y opiómanos. Ni siquiera ese bello y disidente relato de su paso por el Moscú estalinista, El Maestro y Margarita, de Mikhail Bulgakov, pudo detener la inquina de los hombres en su contra para vulgarizarlo, para convertirlo en moneda sobada, para reducirlo a un personaje de una obra teatral bufa.
A fin de propiciar el vil oficio de consumir naderías, los mercaderes de Manhattan lo representaron con una ajustada licra de color rojo, con unos cuernos chiquitos y afilados como las puntas de un croissant, le deslizaron un tridente infantil por cetro y le colgaron una cola curva y avivada como si de una amiba se tratara. ¿Siempre se preguntó sí sus desvelos en la eternidad merecían una mofa tan cruel?
En un filme fraguado para infundir temor y ganarse unas monedas a costa de sus poderes sobrenaturales, lo equipararon a una enana malhablada y retrechera, capaz de vomitar incontinente un gel verde sobre la sotana, ya de por sí desaseada, de un anciano sacerdote con cara de sueco aterrorizado. Lo que más lo ultrajó, fue que lo supusieran capaz de perpetrar el truco barato de hacer girar la cabeza de la enana trecientos sesenta grados sobre su torso, con los ojos iluminados, como si fuera un muñeco mecánico en un circo de carpa remendada. ¡Diablos, no conocen la vergüenza! se dijo.
En una de sus patrullas oficiales por los confines del mundo, recaló en un lugar al que un marino italiano, alucinado por el trópico y los mosquitos, había comparado con Venecia. A sus años y con su experiencia, no era mucho lo que pudiera sorprenderle sobre la inagotable maldad de los hombres. Pero aquella visión que tuvo en una tienda de abastos lugareña, lo deprimió por el resto de su inmortalidad. En la vidriera una pancarta publicitaria anunciaba: Aproveche este pacto diabólico: dos latas del destapador de cañería Diablo Rojo, por el precio de una. Dos latas de Diablitos Underwood, la mejor forma de comer jamón, por el precio de una.
Sólo entonces comprendió, la dimensión del castigo divino que le había sido impuesto. No soy más que un pobre diablo… se dijo.