Jorge Edwards —El libro antiguo

17/10/2014 Jorge Edwards Screen Shot 2014-10-26 at 10.39.18 AM

Aquí todo es rural, polvoriento, de bajo fondo, del hampa, o de un pretendido gran mundo. Y parece que en Sevilla también lo es

He tenido una relación más bien intermitente, relativa, inconstante, pero que se renueva de tiempo en tiempo, que nunca desaparece, con el libro antiguo. Me piden que haga el Pregón, es decir, el discurso inicial, entre ceremonial y amistoso, de la Feria anual del Libro Antiguo de Sevilla a fines del próximo mes de noviembre, y acepto de inmediato.

Sevilla, me digo, la Giralda, los jardines, el barrio de Santa Cruz. Y el libro antiguo. ¿Qué más se podría pedir, y a estas alturas? Recorro mis estanterías y me encuentro con libros nuevos, libros que se han puesto viejos, amarillos, descuadernados, y uno que otro libro antiguo. En los comienzos de mi Pregón sevillano escribo sobre una visita de mi infancia a la casa de un pariente que era bibliófilo y que tenía un caserón en forma de biblioteca, con altas paredes atiborradas de libros, folletos, impresos de todo orden, y con bonitas galerías laterales que dejaban un espacio central abierto, en forma de barco.

Era un Titanic anclado en la parte baja de la Alameda, a mitad de camino entre la Plaza Bulnes y la Estación Central. Decían que su dueño tenía todo lo que se había impreso en América española en los años coloniales. Pues bien, nosotros, mi madre y yo de niño, caminamos por una de esas galerías, a la sombra de imponentes lomos de cuero, abrimos una portezuela disimulada entre los libros y entramos a una habitación en penumbra. Una señora anciana, de pelo blanco en desorden, hundida entre almohadones, hacía morisquetas frente a un espejo ovalado. No se sabía contra qué fantasmas gesticulaba, quizá contra nosotros.

Mis amigos de Sevilla leyeron el primer borrador y llegaron a la conclusión de que era un Pregón mundano, pero divertido, y que se preparaban para escucharlo. Yo no sé si mundano: conté un recuerdo de infancia que se me olvidó en mis memorias y que tuvo para mí un carácter espectral, casi onírico, donde aparece una anciana señora parecida a personajes femeninos de las novelas de Charles Dickens. Aquí todo es rural, polvoriento, de bajo fondo, del hampa, o de un pretendido gran mundo. Y parece que en Sevilla también lo es.

Fernando Iwasaki, amigo peruano, japonés, sevillano, hizo una brillante conferencia, en una casa de cultura improbable de la ciudad de Atenas, sobre el arte del flamenco en la literatura. Ahí sacó a relucir una vieja novela del chileno Augusto d’Halmar, “Pasión y muerte del cura Deusto”. No es raro que un peruano, un sevillano, un inglés, un japonés, nos haga saber cosas sobre nosotros que nosotros no sabemos. Iwasaki contó que la novela de D’Halmar es la historia de un cura vasco de la catedral de Sevilla, Ignacio Deusto, que se enamora perdidamente de uno de los Seises. Los Seises eran seis chicos de Sevilla, muchas veces gitanos auténticos, que bailaban y tocaban las castañuelas frente al altar en determinadas festividades religiosas. Al muchacho del cura Deusto le decían el Aceitunita, por el color mate de su piel, y era ingenioso, chispeante, provocativo. Lo curioso es que el tema de la novela, avanzado para su época, la década del veinte del siglo pasado, no provocó gran escándalo en el mundo chileno de entonces. Probablemente porque fue muy poco leída y porque sus lectores guardaron silencio. Y porque los críticos no se dieron ni cuenta, como suele ocurrir. He tratado de conseguir un ejemplar de la edición original, pero la novela fue publicada en Madrid en 1924 y parece que aquí no quedan rastros. Creo que pronto podremos decir que en Chile no quedan rastros de nada.
A propósito de libros antiguos y de ancianas dickensianas, conseguí una tarde en la calle San Diego, hace ya largos años, la edición original inglesa de una de las grandes novelas de Dickens, “David Copperfield”. Era un ejemplar que se había vendido alguna vez en una librería inglesa del viejo Valparaíso. Hay un Valparaíso que alcancé a conocer, donde se comía cordero con salsa de menta en comedores del siglo XIX, donde había galerías, ventanales, vitrales, que parecían de novela rusa, y que era más inglés, ese Valparaíso, que Inglaterra. Una vez me tocó subir a una de esas mansiones de los cerros del puerto en compañía de J. B. Priestley, dramaturgo de celebridad mundial en tiempos ya pasados, y de Jacquetta Hawks, que era una poeta conocida en su lengua. Subimos por un camino que serpenteaba entre poblaciones miserables y J. B. dijo, asustado, que le parecía escuchar los tambores de la revolución. Era nuestra escandalosa desigualdad, que en la Inglaterra y la Europa de los años cincuenta empezaba a morigerarse. Me pregunto si es la misma desigualdad de ahora, pero prefiero dejar el tema para más adelante. Me limito a lo del libro antiguo. Este David Copperfield es de 1850 y fue publicado en Londres por una firma de la calle Bouverie, en el número 11 de dicha calle, para ser más exacto. Las ilustraciones son obra de uno de los ilustradores más famosos del Londres de esos años, el señor H. K. Browne. El ilustrador dibuja la primera tapa interior entera, incluyendo el nombre del novelista y el título de la novela. Algunas de las letras parecen árboles, otras parecen pequeños animales o instrumentos de navegación, otras echan espesas columnas de humo. Debajo hay un paisaje romántico, una casa que se levanta a la orilla del mar con la mitad de un casco de barco, y una niña triste, bonita, sentada en la arena, calzada con escarpines negros. Veo en mi diccionario que escarpín viene del italiano scarpino y que empezó a utilizarse en el siglo XV. Si no tuviera un diccionario grueso y en papel, como corresponde, no podría darle al lector todos estos datos.


 

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