Jorge Edwards | Futuro imperfecto

Screen Shot 2015-05-18 at 8.03.00 AM15/5/2015

Para alcanzar progresos reales en educación, el desarrollo económico, la estabilidad constitucional, las palabras sonoras, engoladas, no bastan

Sigo los acontecimientos con atención, con reflexiones calladas, con algunas dudas. Elegí en la vida una actividad algo extravagante, que no es profesión en Chile, y estoy obligado a viajar a cada rato. Si decidiera regresar y tirar la toalla, me retiraría en alguna playa del norte. Con buen clima, con pájaros emigrantes, con vista al océano. Los inviernos demasiado rigurosos desgastan. Y aquí, en la región nuestra, más al norte significa más calor, más templanza, cosa que sorprende a la gente del otro hemisferio. Pero todavía no me resigno a tirar la toalla, la esponja, el arpa, como se dice en diversos rincones de la lengua.

El ex ministro del Interior, en el momento de retirarse, declara que está seguro de que al final de este gobierno la educación en Chile habrá llegado a la gratuidad más completa. A mí me interesaría que haya llegado a una calidad superior, a una docencia de mucho mejor nivel, a un acceso más amplio y democrático que el de ahora. No creo que la gratuidad en sí misma, con su vertiente utópica, sea un valor tan absoluto. El problema de las utopías consiste siempre en que los paraísos futuros, esas “mañanas que cantan”, como le gustaba decir a la izquierda francesa, pueden convertirse, cuando no se hacen las cosas con mucha cabeza, con sólido sentido de la realidad, en pequeños y no tan pequeños infiernos. El siglo XX estuvo lleno de episodios contradictorios, dramáticos, a veces terribles, capaces de enfriar los entusiasmos más acalorados. Para alcanzar progresos reales en terrenos tan complejos como la educación, el desarrollo económico, la estabilidad constitucional de los países, las palabras sonoras, engoladas, no bastan. Es necesario pensar bien, estudiar mucho, tomar decisiones difíciles.

Leo Planes Nacionales sobre el libro, sobre la lectura. El nuevo ministro tendrá que conocerlos, pero no sé si de tantas declaraciones y tantas buenas intenciones podrán sacarse programas y propósitos más o menos útiles. La venta de libros subió en 2012, empezó a bajar en 2013 y sigue bajando hasta ahora mismo. El infierno, como dijo alguien, está pavimentado de buenas intenciones. El libro tiene un problema evidente y que se ha transformado en tabú, en palabra fea: el IVA. Algunos pretenden negarlo, cosa que equivale a tratar de tapar el sol con el dedo. El IVA, en la situación nuestra, tiene un doble efecto perverso. Por un lado, impide que los importadores se atrevan a correr riesgos, en otras palabras, traigan a Chile libros no necesariamente fáciles, que nos permitirían estar un poco más al día en la cultura contemporánea en todos los niveles. El resultado es desastroso para nuestro nivel de lectura, de información, de todo. En seguida, los gobiernos, desde el régimen militar hasta hoy, han intentado crearse una buena conciencia destinando los fondos producidos por el IVA a becas, premios, gestos y gastos en general inútiles. El resultado es que nos llenamos de libros mediocres, mal diseñados, pobremente escritos, con una que otra excepción, fenómeno que no incentiva la lectura ni la cultura del país, que más bien aleja y disuade. Pensar que el libro y la lectura, en una situación tan precaria, puedan competir con el fútbol, con las divas y los chistosos de las pantallas, con todos esos mundos, es una ilusión un poco delirante. Es lógico, inevitable, que nuestros niveles de lectura y de comprensión de lo que se lee sean bajos, paupérrimos. He contado más de una vez que hice clases en la Universidad de Chicago, hace ya alrededor de siete años, y que mis alumnos llegaban a la clase unos minutos antes de la hora y a veces habían leído el doble de lo que les había encargado leer. Me atrevo a decir que los norteamericanos de origen asiático eran los que leían más, con una comprensión refinada y sugerente de lo que habían leído. Y había un alumno chileno contagiado con ese ambiente, que había entrado en un proceso de lento olvido del castellano, pero que hacía esfuerzos intelectuales interesantes.

Regresé a Chile y me pidieron un curso en diez lecciones sobre el Quijote para la Universidad Diego Portales. Fue una iniciativa interesante, no cabe duda, pero cuando observé que los estudiantes llegaban a la clase con siete, diez y más minutos de retraso, comiéndose un plátano, bebiendo una coca-cola, y me declaraban después, con candidez digna de mejor causa, que “no habían tenido tiempo” para leer los dos o tres capítulos de Cervantes que les había pedido, me sentí asombrado y consternado. Se necesita en Chile una profunda reforma educacional, pero esa reforma debería plantearse como primer paso el cambio de la conciencia de los estudiantes, de los profesores y hasta de los políticos. Compruebo ahora que un rector bien intencionado piensa que es bueno que los estudiantes se manifiesten en la calle, pero que deberían hacerlo sin violencia, sin formas de barbarie. Estoy perfectamente de acuerdo, pero agrego un factor incorrecto, impopular: si también se manifestaran leyendo, manejando ideas, gustando de la belleza del pensar, como decía Eduardo Anguita seguido ahora por Cristián Warnken, y de la belleza de la palabra, no les haría el menor daño. Hay una vinculación esencial entre la cultura, el libro, el cine, el teatro, la música, y la educación, y no estaría mal que la reforma tome en cuenta este punto. Me acuerdo de un curso entero de niños y niñas sentados en el suelo en un centro de arte de Madrid, frente al “Guernica”, de Pablo Picasso, mientras una profesora inteligente, inspirada, les explicaba el cuadro. Nosotros estamos lejos, demasiado lejos, del uso docente, imaginativo, de la pintura o la literatura. Por muchos Planes Nacionales que hagamos. Y las consecuencias están a la vista.