Jorge Edwards | Nuevos aires políticos

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El viaje de Felipe González, el ex presidente socialista de gobierno de los años españoles de la transición, a la Venezuela de hoy, la del presidente Maduro y sus seguidores bolivarianos, ha sido un signo importante. Felipe González ha viajado con el propósito declarado de ayudar a la defensa judicial de los opositores políticos encarcelados. Como no se le ha permitido actuar como abogado en los juicios respectivos, se ha limitado a ofrecer una asesoría interna. Conviene agregar un detalle importante: ha viajado con pleno conocimiento del gobierno español y con alguna ayuda suya. Otro ex presidente socialista, el señor Rodríguez Zapatero, viajó hace poco a Cuba, pero lo hizo sin informar al gobierno de centroderecha de su país y sin explicar los motivos de la visita.

Felipe González representa la vieja guardia del socialismo español. Su gobierno fue democrático, centrista en cuestiones económicas, abiertamente proeuropeo. Como muchos de los personajes, liberales o socialistas, que habían luchado contra la dictadura de Franco, González pensaba que el acercamiento de España a las democracias europeas y occidentales era un valor positivo, plenamente justificado por la historia. Pensaba, digo, y creo que no se equivocaba. Ahora nos ha querido señalar sin ambigüedades, con un gesto fuerte, que la desviación autoritaria de Maduro es una deformación grotesca de los principios esenciales de una democracia moderna.

Ha sido atacado en forma violenta, grosera, por los medios de comunicación oficiales, y ha sido declarado “persona non grata”. Es una declaración que puede enaltecer o rebajar, según de quién venga. Si proviene de gobiernos, instituciones, gobernantes, que intentan ahogar las libertades públicas para seguir gobernando, la declaración enaltece. Los principios de libertad, de defensa de los derechos humanos, en el sentido más amplio de la expresión, todavía valen en el mundo contemporáneo.

Carlos Caszely, en su condición reciente de agregado de prensa de la embajada de Chile en Madrid, dijo algo evidente, que todos sabemos, sobre la relación entre el movimiento Podemos, que no sé cómo se podría definir, si de extrema izquierda o de seudo izquierda, y el gobierno bolivariano de Venezuela, y fue expulsado de inmediato de su cargo. Fue una movida diplomática muy poco coherente, nada de convincente, puesto que el embajador de Chile en Uruguay, militante del partido comunista, había dicho cosas más graves, perfectamente fantasiosas, y había sido mantenido en el puesto.

Me alegro, pues, del viaje de Felipe González a Caracas, que me parece una expresión de sabiduría, y concuerdo con el viaje reciente de Sebastián Piñera y de otros ex presidentes de nuestra región. Nuestra indiferencia oficial frente a los atropellos flagrantes a los derechos democráticos es regresiva, antihistórica, de fondo reaccionario. En el pasado, frente a problemas como el nazismo, o frente a dictaduras propias de la barbarie, Chile, con gobiernos de diferente signo, tuvo una conducta enteramente diferente. Si los partidos democráticos de nuestra coalición actual de gobierno miran para el lado, deberían saber que pagan un precio político alto. Es ridículo despedir a Caszely por haber dicho algo que todos sabemos, en que todos estamos de acuerdo, y poco después ponerse una camiseta y salir a jugar una pichanga.

El gesto de Felipe González, por ejemplo, aunque sólo haya tenido en definitiva un valor simbólico, ha hecho subir sus bonos en la opinión pública española. El país sabe lo que significó en el pasado la intransigencia autoritaria, con cárcel o destierro para la oposición, y se mueve en forma consecuente. Muchos buscan la alianza con “Podemos”, que ha demostrado entusiasmo por las opciones de izquierda autoritaria, pero descubren de pronto que esa alianza tiene un precio. Es una película de suspenso, con final en forma de punto de interrogación.

Entretanto, hago mis maletas y viajo a Burdeos a hablarle a un Congreso de Hispanistas Franceses. Burdeos es la tierra de Michel de Montaigne, hombre de entereza, de carácter, que le sugirió al futuro rey Enrique IV, cuando todavía era rey de Navarra, que se acercara al centro político de su país: que abandonara el bando hugonote, al que se había unido por influencia de la reina de Navarra, su madre, y se acercara a los católicos moderados, los que no formaban parte de la fanática, intransigente, Liga Católica. Las libertades francesas, el futuro Edicto de Nantes, proclamación de la libertad de religión, no fueron ajenos a los consejos prudentes de Montaigne, uno de los inventores del género del ensayo en la Europa del Renacimiento. Enrique IV reflexionó, se convirtió al catolicismo en una ceremonia solemne, en el pórtico de la catedral de Saint Denis, y entró en procesión a París. Dicen que dijo que París bien valía una misa, pero esto ya son entretelones e indiscreciones de la historia. Nadie está en condiciones de asegurar que lo dijo. Por mi parte, espero recibir en el congreso de Burdeos noticias bien documentadas a este respecto.