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La apariencia del poder AMÉRICO MARTÍN -TalCual | Sábado 3 de Agosto de 2013

Screen Shot 2013-08-04 at 7.50.51 AMRicardo Alarcón es una de las principales figuras políticas de la Cuba actual. Es considerado uno de los 10 hombres más poderosos e influyentes del Gobierno. Recibo una noticia que parece sorprendente, aunque no tanto para mí, como explicaré más abajo: Ricardo Alarcón ha salido ­¿fue destituido?­ del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. No sé si eso lo coloca en un inasible limbo porque ya había sido desplazado de la presidencia de la Asamblea Nacional, cargo ejercido por él durante cuatro períodos, si no más. 

Lo sustituye Esteban Lazo, uno de los emergentes civiles, joven destacado de la nueva élite de poder. 

Ricardo es mayor que yo. Puede estar cerca del universo de los 80, y el caso es que después del VI Congreso del PCC reunido en abril de 2011, fue reoxigenada la vieja gerontocracia del partido por causas que explico en mi última y más reciente obra: Huracán sobre el Caribe. De Fidel a Raúl. Si la vieja guardia castrista no iba a ser sacrificada a las exigencias renovadoras de la reforma, no habría en principio razones para remover por viejo a Ricardo. En comparación con el resto de los ancianos anclados en el poder, es más experimentado en el hacer del Gobierno que casi todos ellos. 

¡Extrañas las decisiones de la cumbre revolucionaria de Cuba! La reforma es percibida por Raúl ­y ahora también por Fidel­ como asunto de vida o muerte. Para ellos no hay retorno. 

El caudillo escandalizó a los periodistas norteamericanos Jeffrey Goldberg y Julia Sweig de la revista Atlantic al reconocer sin coacciones ni apremios que “el modelo cubano no nos sirve ni a nosotros”. Las necesarias reformas ­agregó­ con seguridad serán resistidas por los comunistas ortodoxos y la burocracia. 

El hermano menor, ahora con todo el poder en la mano, puso su programa reformista en clave deliberadamente apocalíptica. “Rectificamos ­dijo una y muchas veces­ o se acaba el tiempo de seguir bordeando el edificio, y nos hundimos”. Teniendo a la vista el drama económico de la isla, no puede uno sino compartir esas dos calificadas e irrebatibles opiniones. Si no hay cambios dolorosos y profundos, si las inversiones foráneas no vienen, si no se liberaliza la economía y la sociedad, el modelo fidelista se esfumará como esos caudalosos ríos de la Península Arábica que se evaporan en las ardientes arenas del desierto, sin llegar al mar. 

Muchos se permitieron dudar al ver cómo quedaron integrados el Consejo de Estado, el Comité Central y el Buró Político sobre todo en y después del VI Congreso, primero organizado, inspirado y dirigido por Raúl. Bueno ¿cómo es eso? ¿Cuál es la sinceridad del nuevo jefe de la revolución? Anuncia reformas profundas y las pone en la mano de quienes deberían ser los primeros reformados. Porque en efecto, los octogenarios, los generales de cuerpo de ejército y los de división aparecen al frente de partido y Estado como nunca en el pasado. ¿Se volvió loco el hombre o quiere suicidarse? Esos octogenarios y altos militares, muchos de ellos fosilizados, tienen su suerte atada a la del nuevo mandatario. Perdieron el ardor revolucionario, no quieren más aventuras, quisieran normalizar relaciones con occidente y saben que el único que podría emprender esa vía es Raúl. Su misión es apoyar la reforma, sí, y simultáneamente impedir movilizaciones sociales deseosas de llevarlas más allá. Son una llave de seguridad cuando se necesita agónicamente cargar de combustible el tanque de la reforma y mantener el férreo control del régimen. 

Los dos rostros del dios Jano: uno mirando hacia la liberación del mercado, la atracción de inversionistas foráneos (incluyendo la próspera comunidad cubana de Florida), el otro sosteniendo el orden público con mano de hierro y controlando el profundo deseo de apertura política que se propaga en el pueblo y en el seno del propio partido de gobierno. 

Raúl y su entorno saben que si no hay reformas profundas todo se irá al diablo. No más aventuras revolucionarios pero cuidado con los impacientes y los desenfadados enemigos de la dictadura del partido. Esa contradicción marca la Cuba de hoy. Avances ralentizados, una mano se abre y la otra se empuña, estímulo a los trabajadores por su cuenta, la iniciativa privada y el mercado, pero control hermético de medios, partido único y muy poca tolerancia para los disidentes. 

¿Quién más útil que el experimentado Ricardo para moverse en ese camino de brasas humeantes y vidrios quebrados? Algo debió pasar para que lo dejaran fuera de juego. 

Ricardo fue un líder del M26-7, el partido de Fidel. Nos conocimos hace 56 años. Batista gobernando allá y Pérez Jiménez aquí. 

Ambos estábamos en la clandestinidad y vino a Venezuela a ganar solidaridad para la resistencia contra la dictadura cubana. Tuvimos fructíferos intercambios. Nos encontramos de nuevo en el IV Congreso Latinoamericano de estudiantes, celebrado en Natal-Brasil. Yo, presidente de la FCU de Venezuela y él de la FEU de Cuba. Me habló del asedio sectario de los viejos comunistas de Aníbal Escalante, a la sazón el hombre de Moscú. Expulsado Escalante, Ricardo subió en la escala del partido, no del poder. 

“En la actualidad ­me permití decir en la citada obra­ sigue influyendo en el Gobierno. No obstante su poder es vicario y frágil. Pudiera perderlo repentinamente por muy encumbrado que esté”. 

Y así parece haber ocurrido. 

Si los servicios prestados durante décadas no sostienen a los dirigentes en el firmamento, nadie estará seguro en su montura. 

Oye tú: nadie.