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LA SALUD DEL PRESIDENTE DE LA TRANSICIÓN La luz de una vela cuando está apagada
Screen Shot 2014-03-01 at 8.14.53 PMScreen Shot 2014-03-22 at 11.32.56 AMJUAN CRUZ 22 MAR 2014 

Su desmemoria simboliza la refriega que arrasa el tiempo que él inauguró

  • Lewis Carroll lo dijo: “Y trató de imaginar cómo era la luz de una vela cuando está apagada”. Él, Adolfo Suárez, pudo ver cómo se apagaba. Por ejemplo, al traspapelar en la memoria lo que debía decir sobre su hijo Adolfo, cuando este quiso aventurarse en la política activa. Vio esa luz antes que nada un día en que tuvo que presidir, ya expresidente, una reunión de la Asociación de la Lucha contra la Drogadicción. Comenzó a hablar, supo que entraba en los resbalones de la incoherencia y cedió la palabra. Una noche, tras la entrega de los premios Mariano de Cavia, muy pronto aún para detectar los síntomas, halló a su alrededor ciertas miradas de estupor cuando de pronto soltó una frase que tenía poco que ver con lo que se estaba diciendo alrededor. Después rio. Suárez era Suárez. Su amigo Sancho Gracia lo decía así: “Suárez era Suárez”.

La luz se fue apagando hasta que ya no hubo nada que hacer, él no sabía qué había pasado, qué estaba pasando, quiénes eran los que le rodeaban, cómo se llamaban, por qué lo querían. El Rey lo iba a ver de vez en cuando, y también lo iban a ver políticos (una vez fue Alfonso Guerra, un encuentro muy especial), entre ellos gente que, mientras hubo luz, no lo quiso tanto; pero Suárez (“Suárez era Suárez”) no tuvo rencor en vida, de modo que cómo iba a llevarse el rencor a la desmemoria.

En esas visitas era afectuoso y cordial, debía saber que esos vínculos existieron, o debía intuir (algunos enfermos de la desmemoria se comportan así) que las visitas merecen siempre la distinción de la amistad. La visita más famosa, además porque de ella hubo testimonio gráfico, fue la que le hizo el Rey, su amigo. Su hijo Adolfo les hizo, caminando hacia la nebulosa del jardín, un retrato de espaldas. A aquel Adolfo Suárez que se alimentaba como un pajarito, tortilla francesa, café con leche, tabaco, se le notaba la edad en los cuadriles y en el andar, quién sabe cómo sería su semblante; el Rey lo agarraba por el hombro, le daba afecto. Los que lo veían entonces sabían que él no sabía quién era el Rey, ni qué pasó para que él fuera el personaje audaz que puso a España en el camino de una transición que luego lo devoró quizá para terminar devorándose a sí misma.

La desmemoria cayó sobre él como una nube que le nubló otros sufrimientos. La muerte de su mujer, Amparo Illana, ocurrió en 2001, dos años antes de que comenzara su deterioro mental, pero ya la muerte de Marian, su hija, en marzo de 2004, fue una noticia que llegó a él como un martillo sin sonido. Su hijo Adolfo se ocupó de todos los trámites y quiso simular tranquilidad, sosiego, normalidad en la visita habitual al padre. Pero este, que fue (“Suárez era Suárez”) uno de los españoles más avispados de su tiempo, no había perdido del todo su poder de intuición, detuvo el camino de Adolfo el joven y le interpeló antes de que el hijo llegara a su altura. Tienes algo que decirme. Claro que tenía algo que decirle, “así que dímelo”. Marian ha muerto. Entonces fue cuando Adolfo Suárez, sumido en la bruma de la desmemoria, preguntó quién era Marian.

El siguiente diálogo se publicó en un reportaje que yo mismo publiqué aquí el 14 de junio de 2009:

“-¿La has enterrado?

-Sí.

-Has hecho muy bien”.

Después pasó lo que sucedía todos los días. El padre y el hijo, la misma contextura física, un parecido increíble en los gestos, en el tono de voz, en cierta picardía en los ojos, salieron a pasear por el césped que sería años después escenario de esa fotografía en la que el Rey y el expresidente fueron incapaces de hablar de otra cosa que de lo que se dice entre desconocidos.

Hubo otro momento especial en estas postrimerías de la vida nublada del expresidente, cuyo relato debo a su hijo Adolfo, ejemplar en el tratamiento al padre y ejemplar en el trato que mereció esta tragedia familiar. En un momento determinado, Suárez Illana, católico como todos los Suárez Illana, creyó que el padre debía recibir a un sacerdote, para despedirse en paz de esta tierra cuando llegara este momento. Fue entonces cuando Adolfo hijo invitó a cenar a la casa a Antonio Cañizares, arzobispo que después empezaría a ascender en la Iglesia.

Este fue el diálogo que me contó Adolfo entre el cura y el expresidente:

-¿Quieres que te administre el perdón?

Suárez le respondió al sacerdote:

-Yo siempre estoy dispuesto a dar y pedir el perdón.

La confesión siguió, sin la presencia del hijo. Lo que el sacerdote le dijo a este, cuando ya se abrieron las puertas de ese confesionario doméstico, fueron estas: “Te puedes quedar muy tranquilo”. Entonces, cuando me contó estas cosas, Adolfo Suárez Illana me dijo que en el padre veía paz, “no es responsable de nada; me dolerá su pérdida, pero me da alegría verle alegre y en paz. Está vivo y eso lo convierte en un símbolo”. Añadió algo que resalta como una reflexión y como un reproche, consecuencia acaso de lo que vivió Suárez cuando era presidente y sufrió embates despiadados de los suyos y de los contrarios: “Si estuviera muerto ya lo habrían olvidado; es una llamada permanente; su ausencia se hace presente. Si estuviera bien no se callaría, y una opinión suya, con lo que sabe, seguramente resultaría muy incómoda”.

Cuando se produjo su desmemoria su figura ajena, diluida, parecía un símbolo del tiempo que se estaba viviendo, en medio de una refriega política que iba limitando cada vez más el espíritu del tiempo que él inauguró. Su agravamiento parece certificar ahora que aquella luz que se fue haciendo una pavesa, como la propia luz de la Transición, acabó también, se fue para siempre o está oculta en las nubes que se le han ido diluyendo poco a poco a lo largo del tiempo.