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La tabla del ahogado AMÉRICO MARTÍN | TalCual Sábado 31 de Agosto de 2013

1  No está de más recordar la historia de los magnicidios en Venezuela, ahora que por enésima vez el señor Maduro escandaliza al mundo con el último que, según declara, lo tuvo como blanco. Un país pródigo en atentados golpistas, violencia política, asesinatos de líderes de la oposición, torturas y cárceles feroces e inhumanas, puede exhibir sin embargo un record ejemplar en esa asignatura: la de los magnicidios. Los generales Zamora y Crespo murieron por obra de francotiradores pero en el marco de una guerra civil. Y según la Seguridad Nacional la resistencia planificó varios contra el general Pérez Jiménez sin llegar a concretar ninguno. Nada de eso califica como magnicidio; la historia lo ha dejado claramente establecido. Screen Shot 2013-08-31 at 6.56.10 AM
En realidad de verdad, desde el primer gobierno del general José Antonio Páez hasta el de Hugo Chávez ­más de 180 años- solo se registra un magnicidio, el del presidente de la Junta Militar de Gobierno Carlos Delgado Chalbaud y otro a punto de serlo, el del presidente Rómulo Betancourt. De resto, nada de nada, ni uno, ni medio. Es interesante, como se verá, saber que nadie tuvo la menor duda acerca de la naturaleza del asesinato consumado y del frustrado. 

Nadie sugirió que se tratara de montajes interesados, de crímenes sin criminales, de argucias para desviar la atención pública de aspectos criticables de ambos gobernantes. No hubo, no hay, no habrá sino una teoría válida: se trataba de verdaderos designios magnicidas, no de fantasías, y eso lo supieron amigos y enemigos, exaltados y sobrios, de oposición y de gobierno. 

Los hechos fueron incontrovertibles y los autores materiales identificados, presos y enjuiciados. Es verdad que en el caso de Delgado se ha especulado desde el principio acerca de la supuesta autoría intelectual de Marcos Pérez Jiménez ­que yo, víctima de su dictadura tiendo a descartar tras un detenido estudio del expediente. En lo demás las pruebas son masivas incluida la confesión, la reina de todas ellas. 

No menos claro es el atentado que milagrosamente no se llevó a Betancourt y a su ministro de la defensa Josué López Henríquez. 

Los asesinos fueron detenidos, las pruebas resultaron incontrovertibles y suficientes y la autoría intelectual del dictador dominicano Rafael Leónidas “Chapita” Trujillo fue tan evidente que la OEA lo separó de su seno. Hasta los enemigos más acérrimos de Betancourt aceptaron pacíficamente que el magnicidio frustrado fue perfectamente cierto. 

2  El presidente Maduro reacciona encolerizado porque frente a la cauda de magnicidios denunciados por las autoridades de la revolución bolivariana, la oposición, el grueso de la militancia madurista y la gran mayoría de los terceros, es decir: el país en su conjunto, los reciban con tanto escepticismo e incluso se mofen de manera más bien irrespetuosa hacia la majestad del poder. 

¿Cómo es que habiendo ocurrido un solo magnicidio en más de 180 años, el sedicente gobierno socialista haya denunciado no menos de veinte o treinta en los últimos quince? Bueno, muy bien, los señores Maduro y Cabello son libres de argumentar que eso se debe a que la revolución es tan exitosa y profunda que las clases desplazadas se atropellan como en ningún momento anterior por liquidarla machacándole la cabeza. Hablemos mejor de las dos cabezas pues el empeño del presidente de la Asamblea Nacional por colocarse en el centro de los acontecimientos hombro a hombro con el otro, parecería confirmar que la cúpula del poder revolucionario es un animal bifronte. 

Si la extravagancia magnicida exhibiera la solidez empírica, el cúmulo de pruebas no cuestionadas por nadie que rodearon los atentados homicidas contra Delgado y Betancourt, la fantasía argumental de Maduro y Diosdado podría sostenerse, no obstante su estólida arquitectura. 

Pero justamente ahí está el detalle. Jamás se concretaron pruebas o indicios susceptibles de servir para tomar en serio las rimbombantes declaraciones contra los conspiradores, en otros momentos llamados “saboteadores eléctricos” o golpistas encubiertos. El Gobierno no necesitó más que su propia acusación para actuar contra los líderes de la oposición. Los escarneció con palabras cargadas de rabia y violencia, expresiones de albañal y olímpicas amenazas, solo para olvidarse del tema muy poco después. 

Desde la humanización del derecho iniciada con fuerza en la segunda parte del siglo XVIII la creencia de que acusar es sentenciar fue una práctica maldita rechazada explícitamente en los países civilizados. La Inquisición hispana actuaba de esa manera en la Península y en la América española. Bastaba ser acusado para que cayera sobre la infeliz víctima la carga de la prueba que, con frecuencia era mortal. Morir era la forma de demostrar inocencia. Y no se crea que semejante perversidad fuera intencional. Se trataría más bien de una ayuda al pecador: salvar el alma a expensas del cuerpo Maduro y Diosdado vuelven con la misma lata al sentir el hirviente malestar que han provocado. 

¡Nos quieren matar! ¡Se confabulan con el imperio y Uribe para asesinarnos! lloriquean buscando enternecer al público. 

Pero hermanos, ¿por qué habríamos de creerles otra vez? Esa duda los indigna: ¡Barreremos a los escépticos con un millón veintitrés mil milicianos y tres cuartos! ¡Si ustedes supieran, señores incrédulos! Los marines van contra Assad pero el objetivo es Maduro. La cosa no se limita a Siria. Quieren tomar la tierra del Libertador, aunque el comercio bilateral y la sumisión comercial de Venezuela nunca les habían sido tan favorables como ahora. 

¿Y si esa relación es tan buena por qué asesinar a Maduro? Obvio: para que no amanezca un día con ganas de cambiarla.