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Las confesiones del ‘animal más bello’ -El País DIEGO A. MANRIQUE Madrid 10 AGO 2013

Se publica un libro maldito: las revelaciones Ava Gardner al escritor Peter Evans. Dicen que un conflicto del autor con Frank Sinatra impidió su salida. Aún no tiene editor en España

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Frank Sinatra y Ava Gardner paseando por una playa de Miami dos días antes de su boda en 1951. / BETTMANN (CORBIS)

 

Según el tópico, Ava Gardner (1922-1990) fue “el animal más bello del mundo”. Más allá de su aire felino, también sabemos que disfrutó de una turbulenta vida amorosa y que sobrevivió a una industria —el cine de los grandes estudios— que no siempre tuvo en cuenta sus mejores intereses. Lo que no se menciona son sus indudables artes para la intriga.

La intrahistoria de su autobiografía nos revela que Ava fue magistral a la hora de jugar sus cartas. A principios de 1988, con 65 años, decidió que sus memorias tenían valor, un indudable gancho comercial: “Mis vicios y mis escándalos son más interesantes que lo que cualquier novelista pueda fantasear”. Y empezó a buscar un negro. Por consejo del actor Dirk Bogarde y el cineasta Michael Winner, contactó con Peter Evans, que se tenía por hombre valiente: había firmado una desmitificadora biografía de Onassis, al que luego acusó de complicidad en el asesinato de Robert F. Kennedy.

Quien ponía la comida en la mesa era yo, no aquellos amigos generosos

Evans se reunió regularmente con Ava en su casa londinense, grabando cintas de una extraordinaria franqueza. Ella había sufrido una apoplejía que dejó paralizado su lado izquierdo; con todo, su cabeza funcionaba perfectamente. Pero Ava todavía dependía de Sinatra, que se ocupaba, por ejemplo, de cualquier emergencia médica. Alguien recordó que, en la década anterior, Frank había demandado a Evans por implicarle en actividades mafiosas. Por lealtad, seguramente bien recompensada, ella rompió con Evans. Aunque también está la versión de que Ava se acobardó al ver las transcripciones de sus charlas: “van a pensar que soy una ninfómana”. Además, tenía otras opciones.

Los líos de Ava

 

– Mickey Rooney. Se casaron en 1942. Ella se burlaba de su estatura y él detallaba sus gustos sexuales.

– Howard Hughes. Reaccionó a sus golpes. Le estrelló un cenicero en la cabeza y le dejó KO.

– George C. Scott. Se conocieron rodando en Roma. Él la persiguió durante años.

– Artie Shaw. Segundo matrimonio de un año con el clarinetista, de 1945 a 1946.

– Frank Sinatra. Se casaron en 1951 y, pese a sus peleas, dependió de él hasta su muerte en 1990.

– Mario Cabré. “Fue un polvo de una noche”.

– Robert Mitchum. “Fumé marihuana con él”.

Lo que se ha sabido ahora es que, simultáneamente, Ava se citaba con otro periodista, el neoyorquino Lawrence Grobel, para dictar unas memorias más centradas en Hollywood. Sin embargo, Grobel tuvo que aparcar el proyecto debido a un compromiso previo para escribir la biografía de un buen amigo de Ava, el director John Huston. Y había un tercer plumilla rondando, que finalmente se llevaría el gato al agua, al materializarAva: my story, que salió al mercado unos meses después de morir la actriz. Dicho sea de paso, se notan las diferentes manos y el grado de alcohol consumido: alguien que es tratado con cariño en un libro resulta despellejado en otro.

Evans asumía que sus entrevistas resultaban algo salvajes, en contenido y en lenguaje, pero se negó a rebajarlas. En contra de lo previsible, Ava cuidaba de su reputación. No toleraba que alguien se apuntara tantos a su costa: le echó un chorreo a Marlon Brando cuando se enteró de que este presumía de haber intimado con ella.

Muy consciente de que disponía de material inflamable, Evans esperó un par de décadas antes de pactar con los herederos de Ava el permiso para la publicación. Ava Gardner: the secret conversations ha sido precedido por una serialización en el Daily Mail que se ceba en sus andanzas como “la más insaciable diosa del sexo” y que desaprovecha mucho el talento narrativo de Ava y/o Peter Evans. El libro, desdichadamente, todavía no tiene editor en España.

Sobre Cabré: “Era guapo y yo estaba borracha. Un error terrible”

Muchas de sus intimidades tal vez no signifiquen mucho para el público del siglo XXI. Su primera boda, con Mickey Rooney, hoy suena a disparate publicitario del estudio MGM —el diminuto actor competía con Clark Gable en popularidad—, pero hubo amor. Amor rencoroso: ella se burlaba de su estatura, él decidió humillarla al leer públicamente su agenda de “amiguitas” y detallar sus especialidades sexuales.

Ava Gardner con Mickey Rooney, recién casados en 1942.

Otras revelaciones nos entristecen: su tolerancia ante hombres violentos. Al menos, supo reaccionar ante los golpes del millonario Howard Hughes: le estrelló un cenicero en la cabeza y le dejó KO. Fue más miserable el actor George C. Scott, con el que coincidió en Roma mientras rodaban La Biblia —“Bebía, me molía a palos y al día siguiente no se acordaba de nada”— y que la persiguió durante años.

Igualmente misterioso es su segundo matrimonio, con Artie Shaw, que duró exactamente un año, entre 1945 y 1946. El clarinetista de jazz resultó ser un perfecto esnob: detestaba que Ava viajara con sus músicos y deploraba que ella trabajara en el cine (“eso no es actuar, todo es cuestión de pómulos y de iluminación”). Y se empeñó en culturizarla, apuntándola a cursos por correspondencia de la Universidad de California, “hasta un día que le gané jugando al ajedrez”.

Luis Miguel [Dominguín] fue uno de los hombres más valientes que conocí

Con Artie, que murió en 2004, Ava tenía cuentas por saldar. Le acusaba de pertenecer a la izquierda caviar (literalmente: acudían al consulado soviético, donde los anfitriones insistían en ofrecer grandes cantidades de caviar y vodka). Por el contrario, cuando cambió el clima político, Shaw acudió a la convocatoria del Comité de Actividades Antiamericanas como testigo amistoso, lloró lágrimas de cocodrilo y se declaró manipulado por “los comunistas”. Ava se sintió decepcionada.

No se puede decir que estuviera politizada. Su corazón sí latía en el lugar adecuado —deploraba, por ejemplo, el racismo de Howard Hughes—, pero vivió felizmente unos 15 años en la España franquista. Protagonizó algún desaire al marqués de Villaverde y tuvo un conflicto absurdo con el ultraderechista Blas Piñar (más detalles en Beberse la vida: Ava Gardner en España, de Marcos Ordóñez). Su relación con España comenzó en 1950, con el rodaje de Pandora y el holandés errante. Mario Cabré, el torero que hacía de torero en la película, cayó en su embrujo e incluso le dedicó un poemario.

El guionista Peter Viertel: “Nadie podía manejar a Ava. Nadie podía poseer a Ava”

De las pocas cosas que Ava se arrepiente es de su “polvo de una sola noche” con Cabré: “Era guapo y yo estaba borracha. Un error terrible. Y lo de contárselo a Sinatra tampoco fue muy brillante. Vino a toda prisa hacia España, quería matar al pobre cabrón. Pero antes tenía que confirmarlo. Caí en el truco más antiguo del mundo: “Si me cuentas la verdad, todo estará perdonado”. La sinceridad es lo más importante y todo eso. Así que le dije la verdad y, desde luego, no me lo perdonó jamás”. Cuando rugían los celos, nada servía con Sinatra. Se empeñó en que ella había tenido un lío con Sammy Davis Jr., y aunque Ava lo negó, Frank expulsó a su amigo del famoso Rat Pack.

La pasión de Ava por los toreros se entendió mal entre sus amigos de California, que confundían el traje de luces con exhibicionismo gay. Íntimo de Sinatra, Bogie [Humphrey Bogart] se creía obligado a burlarse del look de la tauromaquia: “De todos los hombres del mundo, te tienes que enamorar de uno que lleva capa y zapatos de bailarina”. Ava entraba al trapo: “Luis Miguel era uno de los hombres más valientes que he conocido y, decididamente, no tenía nada de mariquita. ¡Era el torero más famoso del mundo!”. Y se convertiría más tarde en amiga de su esposa, Lucía Bosé.

Deborah Kerr: “Peter no se atreve a decirlo, era una devoradora de hombres”

En Hollywood había demasiado miedo alrededor de Sinatra. Hasta un tipo duro como Robert Mitchum rechazó prolongar sus revolcones con Ava al entrar Frank en escena: “Me dijo que le temía, que sus enemistades eran mortales”. Tampoco ayudó que Ava no compartiera la devoción de Mitchum por la marihuana: “Fumé con él, pero no me hizo ningún efecto”.

El problema con Sinatra, reflexionaba Ava, era que se parecían demasiado. Se casaron en 1951. Ella desechó los consejos de su amiga Lana Turner, que se le había anticipado al tener aventuras con Rooney y Sinatra, aparte de haberse casado con Artie Shaw. Lana sabía que la carrera de Frankie había caído en picado y que no aceptaría fácilmente vivir eclipsado por Ava.

Las broncas entre Sinatra y Ava fueron épicas: Sinatra resultó todo un drama. Su especialidad era fingir que se suicidaba. Con medicamentos o encerrándose en una habitación y disparando una pistola: “Entré y estaba sentado en la cama en calzoncillos, con la pistola humeante en la mano, sonriendo como un niño. Había disparado contra la almohada”. Era un truco, pero funcionaba: “Yo lo entendía como un grito de auxilio y siempre piqué”.

Las broncas con Sinatra fueron épicas. Él fingía que se suicidaba

Ava se burlaba de todos aquellos rumores que situaban a Frank en la nómina de la Mafia: “La llamada Familia nunca apareció cuando él lo necesitaba. Realmente me indigna leer que la Mafia le ayudó cuando estaba hundido. Quien ponía la comida en la mesa era yo, no aquellos amigos supuestamente tan generosos”. De acuerdo, pero de principio no niega el vínculo.

Peter Viertel, el guionista casado con la actriz Deborah Kerr que vivió muchos años en Marbella, siempre pensó que la pareja estaba condenada al fracaso. Así se lo contó a Evans: “Nadie podía manejar a Ava. Sinatra, el pobre desgraciado, no tenía ni la más mínima posibilidad, la amaba demasiado. Se mostró demasiado posesivo y ese fue el problema: nadie podía poseer a Ava”. La Kerr, que rodó La noche de la iguana con Ava, apuntilló: “Lo que Peter no se atreve a decirte es que, finalmente, era una devoradora de hombres”.