LEOPOLDO VILLAR BORDA @ELTIEMPO | Caracas era una fiesta

Screen Shot 2018-03-19 at 4.51.02 PM21 de enero 2018

Resulta asombroso el frenesí de los acontecimientos que han puesto al país vecino patas arriba

 

Screen Shot 2018-03-19 at 5.00.12 PMSi no fuera porque las imágenes no mienten, se podría pensar que las noticias del país en guerra, desesperado y hambriento que desde hace un buen tiempo llegan de Caracas, de otras ciudades venezolanas y de la frontera compartida con Colombia provienen de un país distinto del que antes fue uno de los más prósperos y modernos de América Latina.

Para ninguna sociedad resulta más asombroso el frenesí de los acontecimientos que han puesto al país vecino patas arriba que para la colombiana, cuya pobreza contrastaba hace apenas cinco décadas con la riqueza petrolera venezolana. Para un colombiano que volara en los años 60 del siglo pasado desde el recién inaugurado aeropuerto El Dorado hasta el de Maiquetía, para seguir de allí a Caracas, el viaje era una experiencia deslumbrante, un verdadero descubrimiento.

Caracas era una especie de Miami caribeño, donde abundaban las autopistas, los grandes edificios y centros comerciales. No había en Colombia una autopista como la de La Guaira a Caracas, una vía con dos túneles que sumaban dos y medio kilómetros construida en esa década y admirada como una de las maravillas de la ingeniería latinoamericana. No menos asombrosas eran las torres del Centro Simón Bolívar, en la plaza de El Silencio, un símbolo de la dictadura de Pérez Jiménez*, pero también un hito en la historia de la arquitectura regional. Las dos torres, de 32 pisos, superaban en más de siete al edificio más alto de la capital colombiana, que era el del Banco de Bogotá.Screen Shot 2018-03-19 at 5.01.48 PM
Venezuela vivía entonces la euforia democrática tras la caída de Pérez Jiménez en 1958. Se respiraba abundancia y prosperidad. Los taxistas vestían ropa importada, lucían relojes de oro y solo tomaban whisky. Las gentes se divertían en espléndidos restaurantes y lujosas discotecas. Caracas era una fiesta. Todo compaginaba con la riqueza del país petrolero, en contraste con Colombia, que también estrenaba democracia tras la caída de Rojas Pinilla en 1957, pero enfrentaba una difícil situación económica.

Aquella riqueza llevó a cientos de miles de colombianos a buscar fortuna en tierras venezolanas, a la inversa de lo que está pasando ahora. Como ocurría entonces allá con nuestros compatriotas, hoy los venezolanos son acogidos con auténtico afecto en Colombia, en lo que constituye una elocuente excepción en un mundo hostil hacia los inmigrantes.Screen Shot 2018-03-19 at 5.01.20 PM

La historia venezolana de esos años fue evocada en escritos memorables por Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza, dos de los colombianos que fueron parte de aquella migración y compartieron en Caracas su vida de periodistas. Ellos fueron testigos del levantamiento popular de 1958 que produjo la caída de Pérez Jiménez: varias semanas de agitación en las calles, parecidas a las que se vienen produciendo contra el régimen de Nicolás Maduro, que culminaron en el derrocamiento del dictador.

Tras la restauración democrática, la vida en Caracas era alegre y apacible. Era seguro caminar por el centro y pasear por los barrios tradicionales, como El Paraíso, La Florida, San Bernardino y Campo Alegre. La población disfrutaba visitando las tiendas precursoras de los centros comerciales, como el de Chacaíto y el del Paseo de las Mercedes, donde se vendían artículos llegados de Europa. La Calle Real de Sabana Grande alumbraba como un magnífico bulevar donde se establecerían después grandes almacenes y estupendos restaurantes.

Una constelación de inmigrantes españoles, italianos y portugueses había convertido la capital venezolana en una ciudad cosmopolita, a diferencia de Bogotá, que seguía siendo una ciudad aislada en medio de sus cerros y con ciertos rasgos provincianos. Venezuela no solo era el país más rico de América Latina, sino uno de los más ricos del mundo. A juzgar por lo que presenciamos ahora, de aquellos años de abundancia y de aquella vida caraqueña, sofisticada, palpitante y alegre, ya no queda nada.

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