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Luis Beltrán Petrosini | El mundo en el 2015

Screen Shot 2015-01-16 at 10.30.43 AMQuintodía Quinto1/16/2015

Aquellos que estimaron encontrar un nuevo año con mayor estabilidad política y con esperanzas de recuperación económica, tendrán que aplazar sus expectativas. Los acontecimientos ocurridos en Europa en los últimos meses y el comportamiento de la economía internacional, con la excepción de la estadounidense, no promueven el optimismo. Poco que comentar en cuanto a la actividad económica en el orbe, pues ya ha sido repetido en innumerables informes que las economías emergentes, motor importante de la economía mundial en los últimos años, disminuirán su ritmo de crecimiento; Europa no terminará de salir de la recesión que la agobia y ahora las esperanzas están puestas en que los Estados Unidos vuelvan a ser la importante locomotora de otrora y que la caída en los precios del petróleo, especialmente dramática para tres países que han dilapidado fortunas en los últimos años -Rusia, Irán y Venezuela-, propicie un repunte en la actividad económica del resto del mundo. Pero en el ámbito político las inquietudes e interrogantes son aún mayores.

Hace ya diecinueve años Samuel Huntington, politólogo estadounidense fallecido en 2008, publicó “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial”, obra que produjo un encendido debate tanto en el mundo académico como en el político. Su hipótesis central era que “la fuente fundamental de conflicto en este nuevo mundo no será en principio ideológica o económica. Las grandes divisiones entre la humanidad y la fuente de conflicto dominante serán culturales. Los estados-nación seguirán siendo los actores más poderosos para los asuntos exteriores, pero los principales conflictos de política global ocurrirán entre naciones y grupos pertenecientes a diferentes civilizaciones. El choque de civilizaciones dominará la política global. Las líneas de falla entre las civilizaciones serán las líneas de batalla del futuro.”

Aquella visión del mundo planteada por Huntington no pareciera encuadrar en las condiciones actuales. En la mayoría de los países, distintas comunidades étnicas y religiosas conviven con un presente común que no tiene nada que ver con las raíces culturales de su pasado. Ciertamente, las contradicciones entre esas comunidades se hacen patentes, pero ya no se trata de grupos existentes en localidades específicas separadas entre sí, sino de grupos que culturalmente son distintos pero que conviven en el mismo país o en la misma región. Pudiera ser cierta la hipótesis de Huntington si las distintas culturas estuviesen encerradas en regiones amuralladas separadas unas de otras, impermeables a las influencias externas, lo cual no es cierto en el mundo en el que vivimos. ¿O es que acaso la Europa de hoy no tiene una importante influencia de la cultura árabe e islámica, o el islamismo en el mundo no está entrelazado con el occidente cristiano y el mundo judío? Negarlo sería tan idiota como no reconocer la enorme y beneficiosa influencia hispana, italiana y portuguesa en nuestra Latinoamérica y pretender, como más de un imbécil pretende, que lo único legítimo en este entorno serían nuestras herencias indígenas. Ridículo resulta entonces hacer alarde de la “pureza” de una cultura, cuando la mezcla de varias de ellas es lo que ha hecho crecer, en el buen sentido de la palabra, a distintas sociedades.

El dilema social de hoy, tanto global como localmente, es en mi opinión el de la intolerancia. Cuando se trata de imponer a rajatabla en el seno de culturas, creencias y hasta posiciones políticas que viven entrelazadas, los preceptos de lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo correcto y lo incorrecto, porque “yo soy” el modelo moral que salvará a la humanidad o a mi pueblo de la hecatombe, el resultado será el de la conflictividad extrema y su consecuente cadena de horrores. Cuando una potencia como Estados Unidos trata de imponer su modelo a países cuyas estructuras culturales hacen imposible su aplicación, surge el conflicto. Cuando el fundamentalismo islámico o el radicalismo sionista enarbolan sus banderas, el primitivismo bárbaro emerge e impone sus excesos, tal como lo hemos visto en los auténticos horrores vividos en París en los últimos días, en los que, más que conflicto entre civilizaciones como lo definió Huntington, lo que floreció fue la más pura expresión del fanatismo religioso extremo, lo cual es aún más grave.

Si bien es cierto que las tensiones en el Medio Oriente, el extraño acercamiento de Rusia a Corea del Norte y su distanciamiento de Occidente son elementos que presagian graves problemas geopolíticos, Europa será un centro neurálgico de potenciales y graves conflictos. Al margen de la incapacidad mostrada hasta ahora en la solución de sus problemas económicos, la Europa de nuestros días busca desesperadamente una causa para inspirar a un continente cada día más escéptico acerca del destino del proyecto europeo, el cual enfrenta una auténtica crisis de legitimidad. Cada año, menos electores se toman el trabajo de votar en las elecciones al Parlamento Europeo  y  lo único que exigen es empleos y seguridad, y ahora ven con terror la amenaza del radicalismo islámico y de la inmigración indiscriminada que agrava la situación en varios países. Finalmente, la perspectiva de posibles victorias electorales de partidos de tinte  populista en varios países europeos -Grecia, España y Francia-, empeora aún más la situación. En resumen, un año con enormes interrogantes para el mundo entero, y eso sin comentar las vicisitudes de nuestro país, del cual es mejor ni hablar por el momento.