Luis Casado @analitica | El lunfardo de los rufianes

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El problema con los idiomas es que hay tantas versiones. En el castellano –que ahora llaman “español”– cada país tiene la suya. Y en francés, para qué te cuento: ya en la Edad Media François Villon escribía en un francés incipiente mezclado con dialectos regionales e incrustaciones de la lengua de los rufianes, los coquillards. En París, si no conoces el argot estás perdido.

Los porteños, en Argentina, tienen su lunfardo. En Londres o en New York tienes que masticar el slang. En Alemania, según estés en Berlín o en Leipzig, las palabras no significan lo mismo y para más inri se pronuncian en modo muy diferente. Una de las diferencias más notables es la que constaté en el archipiélago de Canarias: lo que en Gran Canaria es conocido como un desgraciadito, en Tenerife, la isla de al lado, se llama un cortado maricón. Los traductores lo tienen crudo.

Sin embargo, los campeones de la jerga incomprensible son los economistas. Poco importa en qué idioma hablen, lo esencial es que tú no entiendas nada. Esa incomprensión es el zócalo de su supuesta experticia, el aura que rodea su inconmensurable superioridad de cara al boludito pretendidamente ignorante.

No hace mucho, un semanario financiero europeo publicó una nota –evocando un grave problema– en la que se leía lo siguiente:

En el curso de tres olas de distensión de las tasas largas de agosto y septiembre últimos, los mercados no podían seguir la aceleración de los papeles de Estado del núcleo europeo, y los spreads papeles privados contra benchmarks gubernamentales Francia o Alemania aumentaban.

Si no entendiste nada no te inquietes: era el propósito del que escribió el artículo. Lo hacen de adrede. ¿Porqué era grave el tema? Misterio: la nota no dice nada al respecto.

Si te las das de enterao, y haces como si hubieses comprendido, es aún peor. Alain Greenspan, que fue presidente de la FED –el banco central del imperio– durante 18 años, y era conocido en el amplio mundillo de los lameculos como The Economist (o sea el más grande, el único), solía decir al fin de sus comparecencias ante la prensa: Si me han comprendido es que debo haberme expresado mal.

Y agregaba: Ya sé que Uds. entienden lo que piensan que yo dije, pero no estoy seguro de que se den cuenta que lo que oyeron no es lo que quise decir.

En la segunda edición de sus memorias, tituladas La Era de las Turbulencias, publicada a principios del año 2008, tuvo que agregar un capítulo para justificarse y pedir excusas por el más grande desastre financiero, económico y social del último siglo, del que él mismo fue uno de los principales responsables.

No sorprende viniendo de un tipo una de cuyas tareas esenciales consistía en fijar las tasas de interés planetarias, que aseguraba no entender nada de las tasas de interés. Estupefacto al constatar que las tasas a largo plazo subían cuando la teoría mandaba que bajasen, y bajaban cuando debían subir, terminó por confesar que para él las tasas de interés eran un conundrum, o sea un enigma.

Ahora bien, si los gerentes del FMI se caracterizan por ser unos rufianes que suelen terminar en manos de la justicia (Rodrigo Rato por estafa y blanqueo de capitales, Dominique Strauss-Kahn por proxenetismo en banda organizada y por violación, Christine Lagarde por fraude al fisco…), los presidentes de la FED se parecen en que hablan un charabia, un volapuk, un guirigay, un galimatías, una jerigonza que no entienden ni ellos.

Recientemente, Janet Yellen, que sucedió en la presidencia de la FED al inenarrable Ben Bernanke (que acaba de publicar sus memorias…), se rajó con unas declaraciones que merecen un análisis gramatical. Inquieta por haberla cagado subiendo las tasas de interés sin ninguna razón valedera, y constatando que la inflación desapareció en combate, la pobre Yellen perdió hasta su sintaxis:

Así que quiero aclarar que nuestro objetivo en materia de inflación es un dos por ciento y estamos proyectando un regreso al dos por ciento, y no estamos intentando diseñar un exceso de inflación, no para compensar excesos pasados, así que dos por ciento es nuestro objetivo. Pero es un objetivo simétrico, y ciertamente no buscamos exceder nuestro objetivo. Pero algunos déficits y excesos forman parte del modo en que opera la economía y nuestra tolerancia hacia ellos es simétrica con relación a los déficits y a los excesos.

¿Entendiste algo? Yo tampoco.

Lo importante es comprender que la ciencia económica está ahí para consagrar el sistema imperante, que la inmensa mayoría de los economistas no conocen ni el pato del silabario, pero saben muy bien dónde cobrar por servir de canónigos de la palabra revelada.

El uso de una jerga en plan vesré, coa o lunfardo, slang, argot o patois coquillard, tiene el mismo propósito que entre los malandrines y las cofradías encerradas en sí mismas: que el otro no entienda.

Los políticos, los empresarios, la prensa y la TV contribuyen a su modo a la incomprensión del mundo en que vivimos degradando la calidad del idioma, sustrayendo el contenido semántico de las palabras como sustraen haberes que no les pertenecen, imponiendo barbarismos sin sentido, abusando del eufemismo con la misma frecuencia con la que abusan del personal.

Durante años en Chile no hubo corrupción porque la organización Transparency International (TI) no la veía, no quiso verla, no podía verla. Lógico: en el capítulo chileno de TI estaban los cartelizados de las farmacias.

Ahora, su presidente, Gonzalo Delaveau Swett, renuncia ante las revelaciones de los Panama papers que lo vinculan a tráficos más que delincuenciales. Un error diría Bachelet, usando la lengua de los coquillards.

Por su parte, el directorio de Chile Transparente, con una frescura de esfínter que vale su peso en oro, declaró: valoramos este gesto de Gonzalo Delaveau, que permite despejar cualquier duda respecto a la labor del capítulo chileno de Transparencia Internacional

Ya ves, el lunfardo de los rufianes tiene un futuro esplendoroso…