Ni guerra ni paz —Fernando Rodríguez
Lunes 31 de Marzo de 2014 | TalCual

Screen Shot 2014-03-31 at 5.25.27 PMSe diría que el país ha entrado en los últimos días en una especie de bipolaridad aguda. De una parte se habla de diálogo, reforzado por la visita de los cancilleres de Unasur. Dicen los que hablaron con ellos de parte de la oposición (la MUD, los estudiantes, los defensores de los derechos humanos…), contra tanto prejuicio acumulado y seguramente justificado, que las conversaciones fueron útiles y provechosas y algunos obstáculos removieron para propiciar el tan mentado diálogo.

El Vaticano que ahora tiene un muy popular y aclamado director de orquesta ha ofrecido sus servicios para servir de mediador, testigo o como se quiera llamar a la figura que debe domesticar a las dos partes en pugna una vez sentadas a la mesa, si mesa hubiese.

Los implicados lo aceptan. El gobierno dice que va a atenuar las desmesuras de su verbo que tanto enerva y ha prometido, al fin, nombrar los miembros faltantes del Tribunal Supremo, el CNE y el Contralor general, y si uno intenta ser candoroso hasta podría pensarse que con más formalidad y equidad que en otras ocasiones, a fin de restituir equilibrios democráticos hace mucho perdidos. El vicepresidente Arreaza ha prometido desarmar a sus desalmados. La oposición, de su lado, jura por su vocación pacífica, dialogante y constitucional. Y la fanaticada internacional repite, por aquí y por allá y más allá, la necesidad de llegar a esos entendimientos que frenen nuestra carrera hacia algún desbarrancadero histórico.

De otra parte el inconveniente más explícito son las condiciones que pone la oposición para sentarse a conversar y que ya conocemos: los presos políticos, el castigo para los crímenes y atropellos de esta larga y dolorosa jornada, el desarme de los matones a sueldo… al menos eso. Que en el fondo es algo así como que no me puedo sentar si me andas persiguiendo y agrediéndome. Pero el gobierno dice que no debe haber condiciones, porque él las omite, como si no fuera condicionante el manejo de todos los poderes a su favor y para nuestro castigo. Un nudo, pues, que no tiene instrucciones para desanudarlo y es difícil que alguien lo corte.

Lo peor es que este no es un equilibrio estático. Las calles del país siguen llenas de protestas, como si ellas brotaran de una energía inagotable, de los ríos más profundos. Y el gobierno sigue reprimiendo y las cuentas de muertos, heridos y detenidos maltratados siguen subiendo. Con una sincronía anonadante los intentos de serenar el país se alternan con movimientos militares estrambóticos, más de mil efectivos de refuerzo para Guayana y en San Cristóbal militarizada se libra una batalla cada vez más parecida a una batalla. Y se levantan barricadas tan arteras como la que levantó, ¿a propósito?, el feroz capitán contra María Corina Machado, una barbaridad que hasta la fiscal, ¡la fiscal!, la ha cuestionado y sobre la cual el hierático Insulza ha hablado tajantemente y ya los Parlamentos vecinos y lejanos empiezan a dar cuenta de su indignación. O la no menos arbitraria prisión y destitución de los alcaldes, por no cumplir funciones que son de otros. O la negación de la apelación de López. En fin, con el mazo dando y duro.

No solo estamos ante una suerte de guerra sin destino (¿alguna lo tiene?) y una relativa paz que no solo no se ve llegar sino que pareciese que se aleja a cada vuelta del camino. Una encrucijada peligrosa sin duda llena de caimanes muy dentados, como los de la ópera de Brecht.