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Protesta ciudadana y campaña electoral -Armando Durán

 contraestoyaquello.com/ 26 nov 2013
En su crónica sobre la movilización opositora del sábado publicada al día siguiente en  El País de Madrid, Ewald Scharpenberg señala que el mitin, que representa el regreso de las fuerzas opositoras a la calle desde las elecciones presidenciales del pasado abril, mostró una notoria reducción en su asistencia con respecto a los mitines de las elecciones.

La primera y más evidente conclusión que se desprende de esta observación es que el único motivo de la dirigencia opositora para intentar movilizar a sus partidarios es la proximidad de algún proceso electoral. Cualquiera y para lo que sea. Pero nada más que para eso. Tremendo error político y estratégico, que en esta ocasión ha sido más grave aún, porque el llamado a la manifestación del 23 de noviembre no lo habían hecho los partidos políticos agrupados en esa alianza, sino la sociedad civil, y no lo hicieron para hacer proselitismo electoral, sino para protestar por la aprobación de la ley Habilitante y de las últimas medidas económicas del gobierno. Y porque al sumarse a la convocatoria con fines exclusivamente electorales, con plena conciencia de lo que hacían, dejaron de lado por completo las convicciones, el  compromiso y el derecho de un sector perfectamente respetable de la sociedad, como si en realidad ese sector no existiera, a confrontar por su cuenta, pacífica y democráticamente, al régimen. Esa contaminación electoralista fue sin duda la causa principal de la escasa participación ciudadana en las concentraciones del sábado.

No es un secreto para nadie que en el curso de los últimos años, la dirigencia de la oposición organizada, casi por reflejo condicionado, rechaza todo lo que trascienda la buena conducta ciudadana dentro del marco de una presunta normalidad política y electoral. Por eso la MUD reaccionó de forma rápida y contundente para frenar la espontánea protesta de los electores al conocerse el resultado de la elección presidencial del pasado 14 de abril. Exactamente igual a como han venido reaccionado todos los partidos de oposición desde el paro petrolero de diciembre 2002-enero 2003, cuyo gesto más emblemático quizá fue la declaración de Enrique Mendoza, entonces jefe de la Coordinadora Democrática, al detener el avance de una inmensa marcha en un punto cercano a Fuerte Tiuna con el inaudito argumento de que hasta ahí llegaba la manifestación, porque hasta ahí estaba autorizada por el Ministerio de Relaciones Interiores a llegar. ¿Insurrección popular con previo permiso oficial del gobierno a destronar? ¡Por favor!

No obstante, desde entonces, esta contradicción ha hecho posible el desarrollo de una fuerza opositora en teoría unida y electoralmente sólida, cuyas primeras decisiones la marcaron para siempre: primero, el haberse sentado los representantes de la Coordinadora Democrática a la Mesa de Negoción y Acuerdos organizada por Chávez a instancias de la comunidad internacional, representada en aquella ocasión por César Gaviria, secretario general de la OEA, y Jimmy Carter. Nada casualmente, las dos personalidades que el 16 de agosto de 2004 habían convalidado las infinitas artimañas del CNE para postergar el referéndum revocatorio hasta el infinito y sus muy dudosos resultados, anunciados por Francisco Carrasquero, presidente del ente electoral. Segundo, el compromiso formal contraído en el 2006 con las cuestionadas autoridades del CNE por Teodoro Petkoff, Julio Borges y Manuel Rosales, los tres precandidatos de la oposición para las elecciones presidenciales de ese año, a reconocer la transparencia del ente electoral y, en consecuencia, el resultado, desde ese mismo y temprano instante, que en su momento dieran a conocer los rectores electorales. Acuerdo que sirvió de fundamento a la MUD.

Desde entonces, esa ha sido la más esencial norma de conducta que ha guiado los pasos de la oposición organizada. ¿Por qué? En gran medida, porque como en algún momento de ese complejo período me señaló Henry Ramos Allup, secretario general de Acción Democrática, “eso es lo que nosotros sabemos hacer.” Una racionalización acomodaticia de la actividad política-electoral en tiempos de democracia, insuficiente por sí sola para enfrentar y derrotar la creciente hegemonía chavista. En el fondo, una manera de reconocer y adaptarse a la irreversible debilidad estructural de unos partidos políticos muy venidos a menos desde los años noventa, acentuada por la destitución de Carlos Andrés Pérez, la elección de Rafael Caldera y las extravagantes candidaturas de Irene Sáez y Luis Alfaro Ucero. A fin de cuentas, partidos sin militancia adecuada entonces ni ahora para promover un liderazgo popular legítimo, causa de que más tarde llegaran a renunciar a sus respectivas identidades para unirse en alianzas meramente electorales.

Aunque sólo sea por razones prácticas, uno tendría rechazar de plano esta  manera de hacer política. Sin embargo, también debe admitirse que este camino se iluminó varias veces con destellos de indiscutible grandeza. Por ejemplo, el gran éxito obtenido en la jornada del llamado “reafirmazo”, la derrota que se le propinó a Chávez en el referéndum de diciembre del 2007 o lo que significó aproximarse a menos de 1 por ciento de los votos chavistas en las elecciones parlamentarias del 2010. Sólo que a pesar  de “hacer lo que sabemos hacer”, ninguna de esas gestas ciudadanas se concretó, como debía haber sido, en irrevocables victorias políticas. Chávez ganó el revocatorio, luego le impuso a Venezuela el socialismo a la cubana que los ciudadanos habían rechazado en las urnas y por último convirtió la ventaja de menos de 1 por ciento del voto popular en la elección 33 diputados del total de 185 a ser electos entonces.

De nada sirvió, pues, “hacer lo que sabemos hacer.” Ni siquiera para impedir ahora la defenestración de la diputada María Aranguren y el ensueño del tristemente famoso diputado 99. Como bien dijo Chávez después del referéndum del 7 de diciembre de 2007, la oposición, a fuerza de hacer lo que ellos dicen que sí saben hacer, sólo ha cosechado victorias pírricas y terribles derrotas. Que es, ni más ni menos, lo que ocurrió el pasado sábado 23 de noviembre, porque esa dirigencia política, una vez más, en lugar de tomar las calles para protestar de las arbitrariedades del régimen, que es lo que la mitad de Venezuela esperaba, demostró que seguía obsesionada con las candilejas de las campañas electorales, aunque la experiencia de estos años permiten afirmar sin temor a equivocarse, que eso no es precisamente lo que saben hacer.