Rafael Díaz Casanova @rafael862 | Billetes a montón ı La inflación “verdadera”

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La inflación es un verdadero cáncer en la economía de un país. A pesar de que leemos economistas que pregonan la necesidad e importancia de la inflación, pensamos que es una de las expresiones más nefastas de un impuesto general que perjudica, fundamentalmente, a quienes menos tienen.

Países diversos han sufrido embates de inflación terribles. Alemania, en el primer tercio del siglo XX sufrió una inflación que acabó con el poder adquisitivo de su moneda. Conocimos estampillas de un millón de marcos, es decir, un millón de marcos apenas servía para mandar una carta. Más adelante, en los setenta, Brasil y Argentina, en lapsos parecidos, sufrieron una inflación que obligaba a quienes comían en un restorán, a cancelar su factura en el momento de ordenar la comida pues si esperaban a consumirla, el precio era mayor. En los automercados de sus ciudades, cada hora sonaba una aviso que anunciaba que en ese momento, el precio de los productos se incrementaba para “acompañar” la inflación. Hace muy poco tiempo (2009) vimos que Zimbabwe cambió sus parámetros económicos y suspendió la moneda nacional, cuando ya circulaban billetes de CIEN TRILLONES de dólares nacionales.

Todavía y ojalá que nunca, en Venezuela hemos sufrido esos niveles de inflación, pero, por mala praxis económica, nuestro país no ha escarmentado en cabeza ajena y hoy tenemos la muy triste distinción de ser el país con el índice de inflación más alto “del mundo”.

Después de pasar más de un año sin que el Banco Central de Venezuela, otrora serio instituto que cumplía con las leyes, informara el índice de inflación en 2014, ahora anuncia que sus análisis revelaron que la inflación de 2015 fue de 180,3%. Pasaron pocas horas y aparecieron informaciones de personal del banco que acusó la alteración de los índices calculados con una reducción de algo así como el 25% y lo justificaron con un cambio metodológico. Si eso es cierto, la inflación de 2015, medida por el BCV, fue de algo así como 240%. Pero, de acuerdo con nuestras interpretaciones de las noticias, la realidad tiene bemoles, queremos decir, que en estos números no está toda la verdad. Pensamos y creemos que los precios que toma en cuenta el BCV para calcular las variaciones de precios, se refieren a los precios estipulados por las autoridades y que son fijados cada cierto tiempo. Para nadie es misterio que los consumidores finales de los bienes que conforman la lista de productos que mide la inflación, son expendidos, irregularmente, por intermediarios que les cobran varias veces el valor regulado. Pensamos que esos incrementos de precios no se han tomado en cuenta para medir y difundir los índices oficiales. Es decir, entendemos que hay una inflación de los precios de venta y otra, muy distinta, la que sufren los consumidores finales.

Pero la verdadera tragedia la enfrentamos cuando vemos la diferencia entre la variación de la inflación y los incrementos pírricos de los ingresos de la masa trabajadora. Los sucesivos aumentos compulsivos dictados por las autoridades y el divorcio del salario con la producción, la productividad y la calidad, hacen que la masa de trabajadores que devenga el salario mínimo sea enorme y a pesar de que se ha incrementado hasta sobrepasar al salario, el bono alimentario denominado “cesta ticket” se ha justificado con una disposición de que ese emolumento no genera prestaciones sociales. Todo un truco.

La solución del problema no la vemos por ningún lado. Las autoridades insisten en un programa económico frascasado que nos lleva a la ruina. La empresa privada ha sido declarada como el enemígo número uno del régimen y las palabras, eficiencia, productividad, excelencia y similares…brillan por su ausencia.

La inflación verdadera, como escribimos en el título, no existe. Es un promedio. Es un símbolo, pero es la realidad y el impuesto que la economía le cobra a los contribuyentes, mucho mayor que lo que las estadísticas dicen. Mientras tanto los billetes de cien bolívares, máxima pieza del cono monetario venezolano, están prestos a que los pesen…en lugar de contarlos.

Por cierto, debemos anotar y podría ser materia de próximo artículo, la ligereza y falta de rigor con que hoy en día se manejan las estadísticas. Toda una pena.