Rafael Diaz Casanova @rafael862 | Dialogar

Screen Shot 2016-10-28 at 09.51.45Viernes, 28 de Octubre de 2016

Una vez más se coloca sobre la mesa de la política nacional la importancia de dialogar entre el régimen que nos destruye y su oposición.

Tenemos una característica que a veces sentimos que se nos transforma en vicio. Recurrimos al auxilio de los diccionarios. En este caso, porque ya lo hemos escudriñado, obviamos la consulta al DRAE y tomamos directamente nuestro apreciado Diccionario de Sinónimos y Antónimos.

Cuando accedemos a la palabra dialogar, encontramos como sinónimos: conversar, departir, platicar, charlar. E inmediatamente leemos sus antónimos: discutir, debatir, negociar, parlamentar. Si abundamos y leemos lo que dice el diccionario sobre el sustantivo diálogo, encontramos como sinónimos, conversación, plática, charla, tertulia, coloquio, entrevista y como antónimos: discusión, debate y negociación, amén del diferente monólogo.

Como dijo Arquímedes de Siracusa: ¡EUREKA! ¡Lo encontré! Hallamos dónde está el error. Se convoca a DIALOGAR  y lo que se quiere, no está entre los objetivos ni los sinónimos de la exprimida palabra. Parece que lo que se quiere, está, más bien, en la lista de antónimos.

Amén de estas disquisiciones gramaticales debemos referirnos a otras condiciones que se requieren en todas esas actividades que podemos denominar como interactivas, es decir, todas aquellas acciones o actividades que se desarrollan entre pares.

Para que se pueda realizar actividades interactivas que tengan éxito, hace falta que se llenen varias condiciones: en primer lugar es imprescindible que las partes, que quieren o aspiran a interactuar, se reconozcan y se respeten. En segundo lugar, debemos anotar la necesidad de que cada una de las partes que pretenden interactuar, sean capaces de entender los argumentos de la contraparte. No es aceptable, ni es posible que dos partes se entiendan si no son capaces, ambas, de entender las posiciones y los argumentos de la contraparte. 

Aquí, para estar satisfechos con nosotros mismos y referirnos a cuánto está sucediendo en Venezuela, debemos opinar sobre aspectos particulares. Dado que escribimos el día martes, muy temprano, corremos el riesgo de que cuando nuestros apreciados lectores accedan a estas líneas, las condiciones hayan cambiado diametralmente.

No podemos entender que el régimen que nos destruye no tenga representantes más apropiados que quien, el domingo 23 de octubre, dirigió sus huestes para imitar, sin aquellas trágicas consecuencias, el evento que realizó José Tadeo Monagas contra el Congreso de la República el 24 de enero de 1848. Parece que se les acabó el elenco de actores.

Menos podemos entender que la Iglesia, con representantes de muy alta calificación, se constituyan en intermediarios, estimuladores y potenciales avalistas de unas relaciones que en repetidas oportunidades han estado signadas por el fracaso.

Como ciudadanos pacíficos, demócratas, civilistas y quizás con otros títulos inmerecidos, tenemos la obligación de esperar los mejores pasos para nuestra sociedad, pero dieciocho años de agresiones comunistas y de burlas oficiales, no han transcurrido sin consecuencias.