RAFAEL DÍAZ CASANOVA @RAFAEL862 | Vuelta a clases

 

El feliz ritornelo anual determina que los niños y jóvenes de la colectividad regresen a las aulas de escuelas, colegios, liceos y universidades de toda la nación. No estamos convencidos de que en esta oportunidad se le haya concedido la importancia que tiene para cada uno de los estudiantes y para la sociedad en su conjunto. Las fechas de inicio de cada grupo son incógnitas, indeterminadas.

Para nadie es secreto que el régimen que nos destruye tiene entre sus prioridades la destrucción progresiva del sistema educativo nacional. La demostración es facilísima. La planta educativa pública está en estado deplorable. No resiste la menor inspección. Sus techos son coladores. Sus sanitarios son un asco. Sus aulas alojan pupitres destrozados. Las áreas de expansión y recreación, si las hay, son tierras inhóspitas. El personal de profesores y maestros recibe salarios mínimos que no les permiten vivir. La seguridad social para estos trabajadores, que tienen la responsabilidad de construir el futuro de nuestros hijos y nietos, es en el mejor de los casos una limosna.

Si analizamos la educación privada, no hay demasiadas diferencias. El control de los precios de las mensualidades, que se ejerce de forma draconiana, viene ampliamente desfasado con los perniciosos avances de la inflación, que es responsabilidad directa y única del régimen que nos destruye. Los maestros y profesores de las escuelas y colegios privados ganan (sic), mejor dicho, pierden salarios de hambre. Inferiores a los de casi cualquier trabajador de la sociedad. En los planteles privados se han eliminado casi todas las actividades que eran complementarias a la instrucción de los párvulos.

Las universidades no están en situación distinta. El cerco económico es criminal. La Universidad Central de Venezuela, que debería ser mimada por toda la sociedad venezolana y muy especialmente por quienes se creen sus conductores, hoy no puede realizar muchas de sus actividades deseadas y necesarias, no puede pagar a sus profesores y el mezquino presupuesto que recibe en tres plazos (tarde, mal y nunca) se compromete en los lánguidos pagos de jubilaciones y tristes atenciones sociales a sus profesores y empleados. Los centros de investigación han tenido la necesidad de renunciar a la suscripción de publicaciones imprescindibles para que cada instituto se entere de lo que sucede en sus pares mundiales. El ejemplo de la universidad que decretó el Libertador es común en todas las universidades públicas. Las privadas no están mucho mejor.

No hablemos de la tragedia que se les presenta a los padres de los alumnos. El salario de cada jefe de familia es escaso y agredido de manera medular por la inflación, por el desmadre de los precios, y tienen que afrontar la posibilidad de que sus hijos sean impedidos de asistir a clases si no tienen completos sus libros y “utensilios” o si no tienen el prescrito uniforme. ¡Qué barbaridad!

No dejemos de ocuparnos del intervencionismo oficial en los programas de educación. El régimen que nos destruye decreta nuevos “programas oficiales”, de obligatorio cumplimiento, que solo se preocupan por promover su triste comunismo y sus desafortunados valores y pseudo paradigmas.

Mientras tanto, escuchemos a Don Quijote: Sancho, ladran los perros, significa que avanzamos.

Creemos imprescindible un cambio medular de la política educativa nacional. Hace falta que estudiemos lo que hacen los países que tienen los mejores desempeños y resultados. Debemos someternos a las mejores evaluaciones mundiales. Necesitamos preparar a nuestra juventud y dotarla de los mejores conocimientos. Es una obligación.