RAMÓN HERNÁNDEZ @ramonhernandezg | 0800 Miraflores sin tono

No es la primera vez que milicianos y soldados llenan una buena parte de la avenida Bolívar en un mitin del oficialismo. Esa práctica comenzó en 2001 cuando la popularidad de Hugo Chávez Frías tocó tierra, aunque no llegó a rasparse las rodillas y los codos como le ha ocurrido a Nicolás Maduro Moros. La franela roja, como el librito amarillo de José Tadeo Monagas y el azulito de estos tiempos de revolución, ha servido para todo, pero fundamentalmente para ocultar verdades, disimular, engañar, encubrir, tapar y otros verbos antónimos de la transparencia y la claridad. Ha sido una patente de corso y mientras más alto es el cargo de quien la viste más impunidad brinda. Imaginemos cuán poderosa es la manga larga que usa Aristóbulo Istúriz o la chemise de marca que ostenta el empresario Pedro Carreño.

Fue delante de una cuadra de milicianos que estrenaban uniforme que el jefe del Estado anunció que nunca más sus anuncios quedarían en el aire, que ya estaba cansado de anunciar planes, obras, inauguraciones, proyectos, medidas, comisiones de seguimiento y que quedaran en el aire porque los burócratas corruptos no seguían sus órdenes y mandatos. Ahí lo cubrió un manto de humildad y casi parecía obvio que ese momento de constricción diera paso a un proceso de sereno y límpido arrepentimiento, de aceptación del fracaso bajo esa pepa de sol, como se refirió al sol que segundos antes había calificado de majestuoso, pero en el mundo digital no hay milagros, sino cambio de chips. Anunció que iba a establecer una línea en Miraflores para que el pueblo hiciera sugerencias, propusiera obras, hiciera llegar sus quejas y, por último pero más importante, comunicara sus críticas. Queremos escuchar al pueblo, clamó.

Sus ojitos, perdidos en el horizonte, en los inmensos y solitarios claros del acto de masas, lo desmentían. El pueblo le estaba hablando, pero no ahí, y no lo quería escuchar. Cientos de miles de personas llenaron Caracas y otros tantos no pudieron llegar porque los colectivos, los malandros, la GNB, el Sebin y la PNB les restringieron la libre circulación, les lanzaron piedras y bombas lacrimógenas para que Nicolás Maduro no los escuchara de viva voz. El país, que es mucho más que los 30.000 que calculó Maduro, quiere que se vaya y, como no lo escucha y no ha querido renunciar, exige que se active la vía constitucional para mandarlo bien lejos al carajo –Chávez dixit–, sin necesidad de línea 0800 ni baños de sangre. Regalo pasaje sin vuelta atrás.