RAMÓN HERNÁNDEZ @ramonhernandezg | Catia es el viejo oeste, desenfunde primero

Si quienes vieron los colectivos armados y encapuchados desfilando en los predios de la urbanización El Silencio sintieron que un corrientazo frío les recorría el espinazo, no cabe duda de que se cumplió el objetivo trazado: atemorizar, amedrentar, distraer. Dijeron que era una operación contra el bachaqueo, ese desprendimiento del socialismo que colide con las mejores prácticas del capitalismo, pero era una abierta y descarada demostración de impunidad, de su licencia tropical y arrabalera de agentes 007.

Lujosamente equipados, con «hierros» de alta potencia y motos de similar cilindrada, son los camisas pardas y negras de Hitler y Mussolini, los muchachones de Stalin. Allanan, expropian y son los que dominan el negocio de los alimentos y demás bienes de consumo en esa neociudad que es Catia. La placita Pérez Bonalde –la de las tertulias nocturnas de José Ignacio Cabrujas, Jacobo Borges, Oswaldo Trejo y César Bolívar– es el principal enclave del mercantilismo socialista que han emprendido los colectivos para superar su propio estado de penuria, ese que generó el modelo de gobierno que ellos apoyan, defienden y protegen. Dialéctica burrera. Inocentes, operan en una calle Washington, el héroe de los enemigos que más odian.

Funcionan con efectivo y, sobre todo, con los billetes que ellos imprimen y han puesto en circulación y que todos los comerciantes deben aceptar. Nada del trueque originario, cheques o tarjetas de crédito o débito. Es una usina de dinero y los cuentan por grandes montones. Nadie sabe dónde empiezan y terminan sus conexiones con el poder, pero son las caras que salen siempre en la televisión en plantones oficiales y en ceremonias demagógicas. Delincuentes de largo y exhaustivo prontuario, fugitivos, oportunistas de toda ralea, ex salseros de poca monta, ruines unos y de buen corazón otros, representan el «hombre nuevo», bolivariano y panalero, sus emblemas monetarios.

Otra vez, Catia es el gran mercado que desborda la Nueva Caracas y recibe compradores de toda la ciudad sobre las ruinas de la extinta avenida España y los locales de marchantes llegados de Beirut, Alepo, Nápoles, Córcega, Estoril, Puerto Santo, Oporto, Egipto, Macedonia, Cerdeña, Asturias, Libia, Túnez y las siete islas canarias huyendo de miserias y revoluciones sin alma, pero armadas. Ya no hay Almacén Americano ni Sears, tampoco sastres cosiendo a las puertas de sus negocios con la última luz de la tarde, ni zapateros remendones de todos los pueblos posibles de la península italiana, ni pasteles de Sicilia ni señoras muy blancas que ocultaban el número tatuado en el brazo. Tampoco llega de madrugada Yolanda Moreno a comprar lechosa madurita, aguacates y mangos de ocasión.

La astucia de la razón se ha extraviado en un laberinto de contradicciones y cantos de sirenas, de traqueteos de fusiles, pistolas recién estrenadas y desafueros. Se ha impuesto la sinrazón, la ley del más fuerte, el abusador, el guapetón que saca la pistola que amedrenta, hiere y mata. Ahí se consigue lo que no hay y también hasta lo que no se ha inventado todavía, desde cajas CLAP hasta salchichas alemanas, sobrasada catalana, butifarras de Asturias, fríjoles mexicanos, humus de Irán, queso de oveja kurdo, miel de la India, pasta italiana 100% trigo durum, higos secos de Turquía, aceitunas de Sevilla, salmón de Chile y pupusas salvadoreñas. Pregunte, usted, que sí hay. También carne de Nicaragua y bizcochos de Paraguay. Es la globalización; es la nueva Venecia, el paraíso de los mercaderes, la ciudad Estado del siglo XXI que es gobernada desde Monte Piedad sin hacerle honor al nombre y con procedimientos non sanctos en la madrugada.

La plaza O’Leary y El Calvario les sirven como coliseo. Ahí muestran sus pericias y su impunidad. Se muestran desafiantes y audaces, pero no tienen el tumbao de la gente de Catia al caminar. Son invasores, extraños, recién llegados que se colaron en la fiesta y la hicieron suya, que se saben provisionales y abusan del mientras tanto y por si acaso que no les pertenece. No son los discípulos del Médico Asesino y su berrito, sino sus depredadores. Efectivo en corralito.