RAMÓN HERNÁNDEZ @ramonhernandezg | Lo mínimo es el salario

Los comerciantes no entienden de solidaridad, mucho menos si se trata de esa especie denominada bachaqueros. El término precios solidarios no fue un invento de Marx, ni una práctica de Federico Engels con los productos que salían de sus empresas, fuesen molinos o textileras que extraían la plusvalía a niños y mujeres sin conmiseración. Tampoco el gobierno, a menos de que se trate de una jugada política, como garantizarse un voto más en la OEA o mantener fluida la relación con Cuba, perdón, con la familia Castro.

Habría que alegrarse con los boletines de prensa que emite el BCV, no por su redacción, que es lamentable como en todos los niveles de la administración pública, sino porque ha informado el precio de la tasa Dicom en las subastas de divisas que han efectuado hasta ahora. La semana pasada llegó a 54.020,634 bolívares por euro, la moneda de referencia oficial, el PSUV le tiene animadversión al dólar y al peinado de Trump.

Esos números ilustran la catástrofe que ha significado el socialismo del siglo XXI. No importa que Venezuela sea el país con las reservas petroleras más grandes del mundo ni que posea la cuarta mina de oro más grande del planeta, como lo anunció el ministro de información, tergiversación y propaganda: el salario mínimo de Venezuela es el más mínimo del mundo y hasta se gana más si no se trabaja, porque no se gasta en transporte.

Si dividimos el ingreso mínimo integral, 1.307.646 bolívares entre la tasa Dicom, el resultado es demoledor: 24,21 euros. No preguntemos qué compra con esa cantidad un español en La Coruña, un portugués en Oporto, un francés en Lyon o un alemán en Múnich, sino que compré ayer con los 852.390,72 bolívares que cobré de la pensión más un retroactivo: un kilo de limón y otro de guayaba, medio cartón de huevos y un pan de maíz. Me quedaron los 7.000 bolívares que costó el estacionamiento.

No sé cómo hacen los militares y los altos funcionarios del Estado que dependen de un salario que no llega oficialmente a los 52,6 millones de bolívares que se requirieron en febrero para cubrir la cesta básica, la cual no incluye las medicinas para la tensión, la reparación de la nevera ni la batería del carro, pero los de cachucha andan en camionetas de varios cientos de miles de dólares y lucen relojes que valen otro tanto.

Después de 18 años de socialismo del siglo XXI, el gobierno le sigue pidiendo sacrificios a la población. Pronto llegará la victoria definitiva, repiten, pero nada dicen de las muertes por falta de vacunas antitetánicas, de antibióticos ni de inmunosupresores; de los fallecimientos en los hospitales por fallas eléctricas y plantas de emergencia que no funcionan; de los niños que no tendrán un desarrollo normal porque la severa desnutrición afectó su crecimiento y su desarrollo cerebral; de los adolescentes que no van a la escuela porque no tienen maestro ni nada en el estómago; tampoco saben ni mucho menos calculan cuánto se gasta en el transporte, la empanada y el guayoyo de termo para llegar al trabajo y cobrar cada quincena menos de lo que cuestan 2 cajas de cigarrillos, pero por la Radio Nacional y por VTV, por todo el sistema de medios oficiales y suboficiales, anuncian con bombos, platillos y serpentinas que el gobierno revolucionario le condonó la deuda por 250 millones de dólares a la isla de Barbuda, y no pasa nada, como no pasó nada cuando Venezuela le compró a Argentina, a los Kirchner, papeles que no valían nada por 3 millardos de dólares y Nelson Merentes hizo fiestas y estructuró senos, cosenos y también hipotenusas. Uf.

El socialismo no es que todos vivan mejor, es que cada quien robe de acuerdo con sus potencialidades y después digan que los comerciantes, los industriales, los capitalistas son unos especuladores apátridas. Salvo quitarle otros tres ceros al bolívar, que es maquillaje caro e inútil, no se ha aplicado una sola medida que aplaque la hiperinflación y detenga el deterioro del salario. Gobiernan seguidores de Marx, mantenidos con cartera fina y repleta de dólares, euros y yuanes. Ladrones, decía mi abuelo.