RAMÓN HERNÁNDEZ @RAMONHERNANDEZG | Miles de calabozos listos para estrenar

Nada ha cambiado en los genes hispánicos, peninsulares sobre todo, de los criollos contemporáneos, que con tanto afán el descendiente de judíos sefarditas recalados en Aruba y Curazao pretende demonizar cada vez que le ha tocado presidir los actos del Día de la Resistencia Indígena, y Cervantes sabrá el porqué de las comillas. Sigue el mismo correcorre. Inaugurando la estatua que fue colocada encima del “pedestal de la dignidad”, el país fue advertido de que pagará con cárcel el bachaquerismo, esa modalidad de comercio que practicaron caribes, waraos y yanomamis mucho antes de que el almirante de la mar Océana divisara a lo lejos y a través de sus ojos enfermos el extremo oriental de lo que en 1777 empezaría a llamarse Capitanía General de Venezuela, y que él sin haber puesto ahí un pie, tampoco probado sus frutos ni su fabulosa caza, denominó Tierra de Gracia en un arrebato de poeta.

Desde Araya o de alguna de las ensenadas paradisíacas de la isla de Margarita, los aborígenes llenaban sus talegos de sal y la cambiaban por otros productos, como ají de bachaco culón, en el piedemonte andino y en las estribaciones de la cordillera de la Costa, las puertas del llano o en la inmensidad del delta del Orinoco. Ni con esas caminatas que les tomaban semanas los caciques tuvieron musculatura semejante, quisieran tenerla ahora tanto indígenas como racionales para contar con más fuerza y poder cargar muchas bolsas con productos básicos regulados, correr más duro y aguantar los palos y coñazos de la PNB y de la GNB, también la cárcel que anuncia Nicolás, y que si cumple le ganaremos a rusos y chinos: tres cuartas partes de la población irá presa, pero no en calabozos nuevecitos sino sometidos con los grillos que fabricará Sidor Socialista, no hay cama para tanta gente. Vendo obras completas de Marx.