Ramón Hernández @ramonhernandezg | Soldados a la sombra y sin rancho

Por un buen tiempo el campamento operó frente a la sede del Instituto Nacional de Tierras en Vista Alegre. Llegaron con la tienda de campaña militar, los conos, los AK-103, los chalecos antibalas, el botellón de agua y los teléfonos inteligentes, además de la arrogancia de quien se cree la autoridad. A cualquier hora los tres soldados estaban a la sombra, detrás del escritorio portátil o en una silla de plástico con la vista fija en la pantalla del teléfono y el fusil al hombro.

Mañana, mediodía y tarde comisionaban para que un par de ellos martillaran a los comerciantes. Siendo la zona comercial de la urbanización ahí ofrecen todo lo que se necesite para compensar el rancho que no mandan del cuartel: refrescos, empanadas, arepas de pernil, pizzas, cachitos, shawarmas, hamburguesas, cervezas y cualquier otra cosa que se le ocurra, hasta sushi y churros con chocolate.

Obviamente en el par de años que estuvieron ahí no bajaron los índices delictivos en la zona, pero Juan Carlos Loyo se sentía protegido cuando pasaba por ahí en su camioneta blindada y su pistola al cinto.

El día que desapareció la carpa hasta la peluquera y la manicurista respiraron con la tranquilidad de quien ha superado un sobresalto. Volvió la normalidad, pero no duró mucho. Ya lleva casi dos años, quizás un poco más, desde la instalación del campamento frente a la panadería Piú Dulce, Banesco y Farmatodo. Tiene trincheras de sacos de arena, cono y soldados chateando a la sombra. Cuando atardece obligan a bajar los vidrios del vehículo y se asoman. No son guardias nacionales, son soldados; venezolanos que cumplen el servicio militar. No son policías ni han recibido ningún entrenamiento para resolver, por ejemplo, una situación de rehenes ni un asalto. Son preventivos porque amedrentan a la población con sus armas, pero no acuden cuando a una mujer que acaba de salir del banco dos motorizados la apuntan y le arrebatan la cartera; tampoco se dan cuenta de que al vehículo del comerciante que hacía la cola del pan, estacionado a metro y medio del soldado que chateaba, le robaron dos cauchos.

Lo que sí hacen bien es el recorrido del desayuno, almuerzo y cena, con meriendas intermedias y balas frías para aguantar. No sé si es esa la unión cívico-militar de la que habla Maduro, pero no me caben dudas de que la que aparece en el programa del Mazo, en que unos y otros aplauden con más lástima que ganas, es un sainete de pólvora mojada, pero con los rostros reconocibles. Vendo un Manual del Revolucionario Arrepentido y dos del soldado pacifista.