RAMÓN HERNÁNDEZ @ramonhernandezg | Tocan a la puerta

Con cada segundo que pasa el suelo que pisamos es más endeble e inseguro. Menos firme. Se mueve, sentimos que nos hundimos, que perdemos el equilibrio y no hay una cuerda ni una mano amiga que auxilie. La noche se hace más profunda. La crueldad y la injusticia tocan a la puerta de madrugada. Es fuego cruzado y no hay dónde refugiarse mientras pasan las balas, la tormenta, la impiedad. Un cementerio sin epitafios y abundante olor a pólvora. Destrucción.

El frío y la nieve tienen un inexplicable encanto romántico para los seres humanos. Los dramas son más dramas si hay nieve y frío. Las manos que tiritan y las pinceladas de hielo en los labios son muy convincentes para mostrar sufrimiento y dolor. El trópico luce menos dramático, aunque las posibilidades de supervivencia son ínfimas. Siberia era el fin del mundo, ahí estaban los peores campos de concentración del régimen soviético: se moría de un simple catarro, de hambre, de frío, de un cuchillazo del compañero de celda o del balazo de los guardias practicando tiro al blanco, o de cosas peores que las había, y muchas.

Hasta ahora el más dramático relato de un calabozo del Sebin en El Helicoide, ese proyecto de centro comercial devenido en incuria, en la versión del siglo XXI del castillo de Puerto Cabello que tan minuciosamente fue descrito por José Rafael Pocaterra en Memorias de un venezolano en la decadencia, es del comisario Iván Simonovis en su libro El prisionero rojo. Dormir en el piso encharcado, sin luz ni ventilación, con más de 50 grados centígrados, sin saber si es de día o de noche ni cuánto tiempo había transcurrido ni cuánto más tendría que transcurrir sin tomar un sorbo de agua. Es un caso singular, pero no único, tampoco el sacrificio de quien lucha por un ideal y lo asume como un reto. No. Simonovis es una víctima de la degradación judicial, de la venganza. Todavía, con la casa por cárcel, con la salud deteriorada, le colocaron un brazalete electrónico sin que lo autorizara un juez. A Daniel Ceballos, que está encerrado e incomunicado en esos calabozos de oprobio –lleva más de 60 días sin ver a su familia y sin poder hablar con su abogado– le colocaron también un grillo, si no de 70 libras como los que ponía Juan Vicente Gómez, sí de máxima capacidad de cobertura.

En el trópico, insisto, la tortura no requiere de refinamientos. Anna Ajmátova podía estar día tras día frente a la Lubianka, donde mantenían encerrado a su hijo. Desafiaba el invierno, los vientos de otoño, los aguaceros primaverales y el sol recalcitrante de verano, pero poco habría podido durar en las bocacalles de Roca Tarpeya, fuese por acción del hampa desbordada y canalla, o por las miserias humanas que ahí cunden y se multiplican.

El socialismo, ese horror del siglo XX, cuando asoma su fracaso, cuando queda en evidencia su vergonzosa mentira, apela a la represión, a la cárcel y finalmente al asesinato para no enajenarse el amor de las masas, de los desposeídos a quienes ofrece amor y paz. ¿Se acuerdan? Primero encierra a los adversarios, a los que no comparten el sueño socialista, a los que se mantienen amarrados a las vetustas ideas que defienden la libertad, a los que no quieren depender del Estado y desprecian la esclavitud tranquila. Después siguen los partidarios, los cómplices, los rivales, los que miraron feo al jefe, el que parece que esconde algo, el que estrenó camisa o simplemente expresó su parecer o propuso algo que no le gustó al comandante en jefe, el líder supremo o gran timonel de la revolución.

En algunos procesos antes del encarcelamiento y la condena, casi siempre a muerte o a cadena perpetua, se somete al infiltrado, al contrarrevolucionario o al traidor, a la degradación pública, a confesar sus crímenes y su arrepentimiento, a acusar a sus compañeros, a humillarse, a arrastrar su dignidad y a pedir perdón. Le prometen que a medida de que confiese peores crímenes, más benevolentes serán y podrá escapar por la puerta trasera u obtener el perdón del proletariado. Ocurre todo lo contrario, dada la magnitud de los crímenes admitidos, más allá de lo imaginado y sustanciado judicialmente, la máxima autoridad proclama que había pensado perdonar, pero que sería un insulto a las masas hacerlo, que debe aplicársele la ley con todo rigor y peso. Vendo sueño socialista, despierte.