RAÚL FUENTES / Despertar

 

Hay personas meticulosas que dedican tiempo y dinero a la acumulación compulsiva de objetos sin importar su origen o dimensiones. Estampillas, monedas, automóviles, libros raros, mariposas… en fin, toda cosa, viva o inanimada, es susceptible de ser reunida, catalogada y orgullosamente exhibida por tenaces coleccionistas. Las obras de arte son bienes valiosos que gente con recursos, no necesariamente ilustrada o sensible, adquiere, no solo para colgar en sus paredes o enaltecer sus jardines, sino con la intención de donarlas a algún museo, y perpetuar su nombre en placa conmemorativa de tal gesto. Screen Shot 2016-09-18 at 1.52.29 PMPablo Neruda coleccionaba mascarones de proa. También caracolas. Décadas de paciencia y kilómetros de playas escrutadas, con la obsesiva curiosidad de quien espera dar con un ejemplar único, le permitieron atesorar millares de esos gasterópodos que andan con el hogar a cuestas y le dispensaron, según propias palabras, «el placer de su prodigiosa estructura: la pureza lunar de una porcelana misteriosa, agregada a la multiplicidad de formas, táctiles, góticas, funcionales». En algún momento, para satisfacción de los malacólogos australes, su admirable muestra fue legada a una universidad chilena. No todos los coleccionistas hacen acopio de cosas tangibles. Existen recolectores de fantasías, antólogos de ilusiones y delirios, quimeras e iluminaciones de esa segunda vida que poetizó Nerval, pintaron los surrealistas y escudriñó Freud. Gracias a ellos conocemos los premonitorios sueños de dioses, héroes y locos.

Screen Shot 2016-09-18 at 1.59.32 PMScreen Shot 2016-09-18 at 2.02.42 PMBorges compuso un Libro de sueños, florilegio de visiones oníricas que en eficaz y erudito prolegómeno refiere (sin suscribirla) una tesis «peligrosamente atractiva», según la cual «los sueños constituyen el más antiguo y no menos complejo de los géneros literarios». La casualidad quiso que, echando un vistazo a su contenido –auspicios extractados de sacros libros, apólogos, leyendas, epístolas y crónicas de autoría diversa, a veces anónima o apócrifa–, diéramos con “La Sentencia”, brevísimo relato fantástico atribuido a Wu Cheng’en, escritor chino de la dinastía Ming.

Bajo el influjo de esa miniatura, soñé que una tormenta azotaba Margarita y ensombrecía la apertura de la Cumbre de Países No Alineados y que, valiéndose de esta insubordinación de la naturaleza, un lobo solitario burló el férreo cerco militar y Screen Shot 2016-09-18 at 2.09.09 PMdecapitó la estatua del Chávez erigida para tutelar el aquelarre tercermundista. Ante semejante afrenta, el gobernador suspendió los servicios de agua, electricidad y telefonía en todo el territorio insular, decretó un estricto toque de queda y ordenó a tropas de asalto, evocadoras de ocupaciones nazis, un registro casa por casa para dar con la testa birlada. Esta apareció… ¡en el despacho del mismísimo mandatario regional!, quien de inmediato culpó a la oposición de habérsela plantado. imagesNadie le creyó. Se le supuso víctima de un ataque de sonambulismo que le convirtió en el Herodes redivivo que, a petición de una joven Salomé por él cortejada, degolló al santón de bronce en pago a favores recibidos. Más que sueño, fue desvarío de una duermevela de la que emergí preguntándome quién describirá, clasificará y editará una selección de las pesadillas y desvelos que, en los simples mortales, provoca una revolución que quiere sovietizar el derecho de soñar.

Más de uno querrá soñar que muere para no despertar en ingratas vigilias a las puertas de un supermercado y soportar noches de insomnio pensando en un incierto mañana. Proust opinó que «soñar poco es peligroso»; quizá también lo sea soñar despierto y evadir la realidad pura y dura; como acontece cuando se pretende reducir a declaraciones principistas e infecunda retórica la lucha por un cambio de rumbo. Idealizamos un revocatorio al que se da largas y, si a ver vamos, es poco menos que un placebo para alivio psíquico de penurias materiales; una defenestración por la buenas que poco remedia, porque la enfermedad no es Nicolás Maduro. Matar la culebra exige amputarle la cabeza; pero ¿es Nicolás el magín de este desmadre que hizo del país factoría de sueños rotos y frustraciones o apenas comparsa del delirio rojo bolivariano? La afección que nos aqueja es el anacrónico modelo absolutista, improductivo, militarizado y represivo representado por la cabeza extraviada de mi ensoñación.

Concurrimos fervorosamente a manifestaciones buscando una opción diferente, pero pacífica –¿por qué no una ruptura?–, a la transición hacia más de lo mismo aupada por Zapatero y avispados oportunistas que ven calva la ocasión y apuestan por el quítate tú pa’ ponerme yo. No podemos resignarnos solo a soñar y eludir la obligación moral de dar el salto de coleccionistas de selfies tomados en ceremoniosas marchas a ejecutores del cambio que propugnamos. Un salto difícil y doloroso. ¿Cruento?, probablemente; pero, necesario. No hay para dónde agarrar ante quienes ni en sus peores noches sueñan con alejarse del poder. Está sonando el despertador y hay que abrirse paso; a empujones, de ser necesario.