Raúl Fuentes | Golpes y Trumpadas

Poco antes de tomar posesión como cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos, Mr. Trump se mostró interesado por lo que ocurre en Venezuela, país que aportó soberbios ejemplares a su muy lucrativa empresa explotadora de la belleza femenina. Confieso que no me hizo ninguna gracia la preocupación por nuestro destino de esta suerte de Rico Mac Pato, que llegó a la más alta magistratura de la primera potencia planetaria galopando en el caballo de la antipolítica –que espoleó con un discurso agresivo, chovinista y populista (Chávez en negativo o positivo, según la postura del observador)–, y fue favorecido por un incongruente sistema comicial que desestima el voto popular; no me hizo gracia, repito, porque en su cháchara patriotera percibo resabios de la desacreditada «Doctrina Monroe» –América para los (norte)americanos–, y del «Corolario Roosevelt», es decir, de la política del Gran Garrote (Big Stick), que pueden servir de coartada a las prédicas antigringas del dictaduro local. Menos me agradó que Rex Tillerson, canciller de su flamante plutocracia e influyente empresario petrolero vinculado a Exxon Mobil, que acertó, eso sí, al calificar de disfuncionales e incompetentes al eterno y su secuela, se ponga a buscar lo que no se la ha perdido y meta sus manos en el caldo de los asomados, amoratado de sobra por Samper, Zapatero, Torrijos y Fernández, para contento de quienes confían en la aparición –Deus ex machina– de un anhelado y esperado alguien que se ocupe de hacer lo que, de acuerdo con virulentas proclamas y coléricos llamados a una insurrección suicida (en la que no participarían ni de vaina) que esparcen por el ciberespacio, no ha sabido, podido o querido hacer la oposición –el participio depende no de la desenvoltura verbal del guerrillero digital, sino de su grado de iracundia–.

La oposición, ya se sabe, no es una fuerza uniforme, monolítica y sin fisuras. Tampoco la que ha sido, hasta ahora, su mejor apuesta para enfrentar al régimen, la Mesa de la Unidad Democrática. Una plataforma homogeneizada por la diversidad de organizaciones que en ella cohabitan, que admite el debate y el disenso, porque no es partido centralizado y leninista, sino una alianza estratégica para el cambio; sin embargo, no es el actual su mejor momento. Deshojando la margarita del diálogo, olvidó que, por boca de su secretario ejecutivo, se nos prometió una reformulación de su estructura, y sus objetivos. De haberlo hecho con presteza quizá hubiese podido convertir el 23 de enero, no en «escuálida» remembranza de un glorioso pasado, sino en punto de inflexión para pasar de su curvado accionar a una praxis rectilínea encaminada, sin distracciones, a acelerar la salida de Nicolás Maduro y propiciar un giro radical en la conducción y administración de la cosa pública. Para ello hay que comenzar por convocar las elecciones regionales, evento no negociable, porque es prerrogativa constitucional y derecho colectivo e individual irrenunciable. Se argumentará que el Ejecutivo, el TSJ y el CNE tienen férreamente agarrada la sartén por el mango. Pues, hay que obligarles a que la suelten. Presionándoles. Tomar los espacios públicos y exigir que se ciñan a lo pautado en la bicharanga que una vez fue «la mejor constitución del mundo». Sí, hay que tomar las calles para poner término a la obscena asimetría que, basada en su monopolio mediático y la malversación –con fines proselitistas– de los recursos del Estado, mantiene en permanente ventaja al gobierno frente a la oposición. Llegó la hora de hacer que las paredes griten y estallen creativamente las redes sociales; de generar medios alternativos de comunicación con el ciudadano, capaces de convencer y convocar multitudes; la hora de sacudirse los miedos y olvidarse de las interesadas mediaciones de Unasur y su corte presidencial. Es el momento de las sorpresas y las acciones relámpago. De la desobediencia civil y la resistencia… ¿pasiva? ¡Miii, yo te aviso, chirulí!: activa, militante y contagiosa. Y si quienes aún se ilusionan con la preñez ornitológica se ponen cómicos, no queda otra que mandarlos a freír monos.

Desde la Asamblea Nacional se arrojó un guante a la Fuerza Armada. Padrino lo rechazó presto y ofendido. Tiene razones para ese proceder. Cuando se despojó al Parlamento de la facultad de decidir sobre los ascensos de la oficialidad superior, y se hizo potestad del presidente, se acabó lo que se daba: la lealtad de generales y almirantes ha sido, desde entonces, para con quien los coloca donde hay. El llamado a los militares, nada tenía de subversivo: fue un claro mensaje institucional recordándoles que su razón de ser es servir al país y no defender ciegamente, con el falaz argumento de la obediencia debida, las bufonadas ideológicas de un mandón circunstancial que, interpretando el papel de comandante supremo de los ejércitos de aire, mar y tierra, embarca a oficiales y tropa en circenses parodias de batallas y escaramuzas previas a la gran final de su delirante guerra económica, con la intención manifiesta de infundir temor, porque respeto, lo que se llama respeto, ¡nanay! Y es que guerra económica es la de Trump. Eso sí que es rebelarse contra la globalización y el libre comercio. Pero no serán Trump ni los encachuchados los que decidan el rumbo de la confrontación que sigue en pie, a pesar de que el reyecito cante ¡gané, gané!, mientras estimula la entrepitura de mediadores, más que quemados, achicharrados –¿quién, a estas alturas del partido, puede sentarse a conversar con un sujeto que no honra la palabra empeñada? No, por cierto, los emisarios del Papa–, que tuvieron el atrevimiento de redactar el chimbísimo «acuerdo de convivencia democrática» rechazado de plano por la MUD.

Y el drama prosigue. La inflación es un cohete sin control y la extrema pobreza aumenta en proporción directa a la corrupción. El hambre golpea tres veces al día sin que haya cobres para comer (la cesta alimentaria cuesta hoy jueves, no sé el domingo, veinte salarios mínimos). Por eso, hasta las putas se piran. Arriesgando sus vidas. Tres de ellas fueron asesinadas en Colombia. Recientemente. A lo mejor, siguiendo el ejemplo de las trabajadoras sexuales –eufemismo sugerido por la corrección política–, Maduro se da a la fuga y salimos de él. Sin golpes ni Trumpadas.