RAÚL FUENTES @planterpuncher | Frases (des)afortunadas

Se empeña el régimen encabezado, al menos en el papel, por Nicolás Maduro en calcar –sin renunciar al tumbao’ antillano ni a la salsa marxistoide– a las gorilocracias que en la década de los años setenta del siglo pasado se entronizaron en el Cono Sur y a las satrapías africanas derivadas de la descolonización.

La reacción  de Donald Trump ante el imperfecto plagio fue tan deplorable como este, y reeditó temores y desconfianzas que suponíamos enterrados bajo los escombros del Muro de Berlín. El mandatario norteño no calibró los alcances de sus fanfarronadas y le brindó un inesperado respiro a los mandos locales (civiles y militares o viceversa) que sacaron provecho a su torpe política exterior. Nicolás ganó un round, mas no la pelea, pues condenar un indeseable e improbable desembarco de marines en costas venezolanas no significa exonerar de culpas a un gobierno que mata de hambre y plomo a sus  ciudadanos con el deliberado propósito de sepultar, Q.E.P.D., el Estado de Derecho.

El farol del peluche pelirrojo le sirvió de coartada a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana para coreografiar combates con juguetes sin repuestos, chinos y rusos, y entretener a los que no tienen pan. ¿Narcicismo exhibicionista? ¡Puro circo!… ¿Y qué?, si por la puerta de mi casa, en perfecta formación y a paso de conga y vencedores, van marchando mil ancianos vestidos de boy scouts, ¡qué pena con esos señores!, a los que yo, Nico II o Niquito (ni pongo), conduciré a Nueva York para tomar la Casa Blanca que, determina el quinto punto cardinal de la cartografía paterna y su peculiar rosa de los vientos, está más cerca del East River y el Hudson que del Potomac. Esta (débil) demostración de fuerza, ¡mira, yanqui, lo que te espera!, no  responde a las estrategias que se deben seguir en caso de confrontaciones asimétricas y de cuarta o quinta generación  de las que, mondo, lirondo y redondo a punta de esteroides, se jactaba Chávez en sus empalagosos monólogos dominicales. Tampoco se ajusta a la  guerra de mentirijillas que Maduro catalogó de económica, sobre todo por la carencia crónica de provisiones que sufre lo que queda de república.

Confrontar a Trump en el escenario diplomático internacional hubiese bastado para aplacar los ánimos y evitar el envalentonamiento de gallitos de pelea y guapetones de barrio que vieron en sus declaraciones, no un casus belli –ni el más extremista de los rojos cree, tal creía Pancho Villa, ¡allá él!, que todos tenemos algo que dar por la revolución, aunque no más sea la vida–,  sino el campanazo que esperaban para subirse al ring de la retórica patriotera buscando neutralizar el repudio que, nacional e internacionalmente, concita la legitimación fáctica de una dictadura vitalicia.

¿Qué hemos hecho para cargar con esos calamares? Dándole vueltas al asunto caigo en cuenta de que, últimamente, y cada vez con mayor asiduidad, escucho por boca de quienes parecen haber tirado la toalla una frase desempolvada del baúl de los anacronismos: Toda nación se da el gobierno que merece,  y se la hace preceder de un magister dixit, como dijo fulano  –Aristóteles, Bolívar, Churchill, cualquiera menos el autor, Joseph de Maistre,  filósofo saboyano que, según el Dr. Google y la  enciclopedia de los perezosos, fue acérrimo enemigo de la Ilustración y  de la Revolución francesa–, de modo que el argumento de autoridad deja escaso margen a la refutación.

Nadie en su sano juicio puede creer que el pueblo norteamericano merece a Trump, o Venezuela a Chávez o a su miserable propina. La falaz cita apesta a naftalina y es, en clave tanguera, una falta de respeto y un atropello a la razón. Una inversión de sus términos podría modificar su significado y la elevaría al rango de frase feliz: Todo gobierno se da la nación que merece. O desea. Maduro, Padrino y Cabello hablan a nombre de un pueblo que existe solo en su enfebrecido delirio; un pueblo que nada en el mar de la felicidad y canta de contento cuando recibe su CLAP de consolación, pero que, como se ha visto realmente y se verá en las urnas, ya no está dispuesto a entregar sus votos a cambio de migajas. Evocan en sus arengas a un pueblo que saben les dio la espalda de modo definitivo. Por eso la malcriadez de Diosdado, nada a lo que no estemos acostumbrados, y el patético emplazamiento de Padrino a la oposición para que esta exorcizase los demonios imperiales, cosa que ya había hecho sin aspavientos, pero con suficiente contundencia para que no quedaran dudas acerca de su postura.

Actitud que sí reclama ser enjuiciada por traición a la patria es la indiferencia cómplice de ese guerrero de escritorio que, seguramente, sueña despierto con una mariscalía ad honorem del ejército castrista, ante la intervención de caimanes que fueron y ya no son barbudos en cuestiones que atañen a la administración, seguridad y defensa nacionales e hicieron de Venezuela un protectorado cubano. Tardío llegó el piar de un general con chispa tan atrasada que ha necesitado 10 días para preparar su espectacular parada. Sobre su reacción de efecto retardado ironizó el serísimo noticiario de la Deutsche Welle. ¡Son nazis!, se desgañitará, agitando amenazante el mazo de la indignidad, aquel cuyo apellido es anagrama de bellaco y su nombre casi de  odiados. ¡Requetenazis!, sancionará el figurón dando pasitos pa’lante y  pa’tras, porque ¡así, así, así es que se baila y gobierna!

Probablemente habría que arrojar al cesto de la basura otra impertinente frasecita que asocio a la del marqués De Maistre y es atribuida a Juan Domingo Perón; una demagógica sentencia que confiere a las masas el don de la infalibilidad: El pueblo nunca se equivoca; pero que sí lo hace con frecuencia.  Los venezolanos erraron votando a Chávez, metieron la pata ratificándole y terminaron de poner la torta eligiendo al autobusero bailarín. Los gringos, gracias a un desequilibrado sistema electoral que ya quisieran para acá las arpías del CNE, también pusieron una y muy grande. Así que, en razón de sus  yerros, venezolanos y norteamericanos  se echaron encima dos impresentables mandatarios. El de aquí abajo quiere conversar, aunque sea por teléfono, con el de allá arriba; este, no obstante la insistencia de aquél, no le para ni medio y ha dejado en la contestadora un mensaje:

Estoy de vacaciones en Florida y no le puedo atender; si es muy urgente comuníquese con el 08800-CACAO