RAÚL FUENTES @planterpuncher | Tarde de perros

2 de julio de 2017Screen Shot 2017-07-02 at 8.34.48 AM

Aunque los tomo muy en cuenta, no suelo ocuparme en este espacio de los comentarios consignados al pie de mis artículos en la edición digital de El Nacional; tampoco de las opiniones que, vía correo electrónico, me hacen llegar algunos lectores con tiempo y, sobre todo, paciencia, que mucha exige la exasperante lentitud de la Internet local; sin embargo, esta semana –en la que los periodistas nada tuvieron que celebrar en su día y sí mucho que lamentar, víctimas como han sido del acoso de un gobierno que considera la libertad de expresión obstáculo para sus designios, y en la que la ciudadanía fue, de nuevo, blanco de armas sañudamente disparadas por hampones uniformados–, la decimocuarta de sostenida y asimétrica lucha (marchas, plantones y pancartas contra gasecito, perdigones y plomo parejo), distraeré la atención del lector refiriéndome a un par de ellas, atinentes a temas distintos que, a pesar del tono y las rúbricas, conjeturo salidas de una misma pluma, y son excusa para (a)cometer mi fechoría habitual.

En la primera, una dama, humillada y ofendida por el objeto de su requisitoria, me recrimina con refranera metáfora que «una vez muerto al tigre me haya enculillao (sic) y huido despavorido del cuero, sin revelar la identidad del letrado del perrito para quien la mujer debe limitarse a cocinar y a lo otro». No complaceré a la reclamante dándole el nombre del abogado sexista. Es fácil deducirlo. Busque la interesada sus declaraciones, esas donde llama bragas y no pantaletas –como su cara de acuseta– las íntimas prendas que las manifestantes lanzan contra los agentes de la represión y son contundentes alegorías a su cobarde desperdicio de testosterona. No diré el nombre de ese leguleyo tarifado que ya debe haber redactado, preámbulo, epílogo e índice incluidos, la constitución que quiere Maduro, aguardando su aprobación, sin debate y por unanimidad, mediante la señal de costumbre. Y si silencio su gracia no es por temor, sino porque soy supersticioso y ese individuo tiene muy bien cimentada reputación de pavoso.

La segunda queja, de amable cariz que no alcanza a disimular cierta condescendiente y profesoral socarronería, la formula un admirador de Baltasar Gracián que impugna la extensión de mis escritos y aprovecha para señalar fallas de regularidad sintáctica, imprecisiones y gazapos de poca monta que afean lo escrito: 1.000 palabras o más, son muchas, sostiene, y recomienda brevedad. En principio, estoy de acuerdo con el apremiante, puntilloso y frugal leyente, pero no tengo el don de la parquedad. De tenerlo, me hubiese dedicado a pergeñar aforismos o componer greguerías. Mas, me tinca que eso de que lo bueno si breve es dos veces bueno tiene sus bemoles. ¿Sería más armoniosa y sublime la monumental Novena Sinfonía de Beethoven en una versión comprimida? ¿O más apasionante La guerra y la paz si sus páginas (1.200 y dele) y los personajes (quinientos y pico) que las habitan se redujesen a la mitad? Si uno fuese dibujante, pintor o fotógrafo tal vez podría, con escuetos trazos o apenas una instantánea, omitir el caudal de palabras objetado. Pero ya usted ve, si tratando de esclarecer una cuestión tan simple, se enreda el entendimiento y enferma de mengua el vocabulario, es poco lo que conseguimos, ¿por qué no contar, pues, en detalle lo acaecido en una jornada jalonada de agresiones, rumores y desmentidos en la que forajidos cebados con el forraje del odio arremetieron, ¡échenle plomo, camaradas!, contra el legítimo Parlamento? Es hasta pecaminoso que, en aras de la simplificación, despachemos sin empaque la insólita aparición en escena de una especie de temerario superhéroe de teleserie que, a bordo de un helicóptero de uso oficial, ametralló la sede del Ministerio del Interior y lanzó un par de granadas sobre el tsj.

Durante el remake del asalto al Congreso Nacional perpetrado por las huestes de José Tadeo Monagas en 1848 resultaron lesionadas algunas damas que tendrían que haber estado en sus casas dedicadas a oficios domésticos, de acuerdo con la lógica machista de la aludida ave carroñera y de mal agüero que busca hacer su agosto en julio con la putrefacta carne prostituyente. En cuanto a la reacción de los magistrados que olímpicamente destituían al vicefiscal y traspasaban competencias del Ministerio Público a la defensoría del régimen, que no del pueblo, es de barruntar que se cagaron. De miedo, si la incursión iba en serio para beneplácito de los que aguardan por un deus ex machina. O de risa, de tratarse, a beneficio de la suspicacia, del montaje alla turca de un espectáculo circense –¿y dónde está el piloto?–, a fin de justificar medidas excepcionales que permitan la consecución con las armas de lo que la dictadura militar jamás lograría con los votos. ¿Es correcto pichirrear verbo cuando se intenta una aproximación a hechos que nadie vacilaría en tildar de infames? Estimamos que no, que la economía de lenguaje no procede si deseamos ser objetivos –aunque la objetividad, leí por ahí, sea una invención para poner en entredicho la experiencia individual– en relación con el conflicto que nos abruma y la zozobra que padecemos.

La del martes fue una tarde de perros, no por una agobiante canícula veraniega cual la que sirvió de pábulo a Sidney Lumet para intitular una película (Dog day afternoom, 1975) en la que narra el deslucido atraco a una agencia bancaria de Brooklyn, llevado a cabo por dos ladronzuelos cuya chapucería derivó en un cerco policial que se prolongó más de lo debido, sino por lo mucho de patético y desesperado que rezuma la rabiosa toma del Capitolio Federal intentada por pandillas oficialistas amparadas en el armamento disuasorio de la guardia nacional bolivariana y la omnipresencia de rinocerontes, murciélagos y ballenas del zoológico antimotines. El acoso, que será tal vez historiado como penoso remedo del monagazo para apuntalar la consigna madurista ¡votos no, balas sí!, nos motiva a romper la barrera de las 1.000 palabras –10 y algo más por cada uno de estos 100 días de heroica resistencia que anticipan la caída del telón rojo y verde oliva– desde la sitiada torre donde canta un juglar amigo, el poeta Rubén Osorio Canales: «Decimos, el alba vendrá y será nuestra/ y sobre esta esperanza soportamos/ la oscuridad de los días». (Estado de sitio, 2017).