RAÚL FUENTES @planterpuncher | Vestido para matar

Había planeado dedicar este espacio a comentar el fulminante K. O. propinado por el pueblo venezolano al proyecto continuista de Maduro con el más democrático de los instrumentos de lucha política, el voto, y que hizo del pasado domingo un histórico día. Pero todo o casi todo lo relevante de esa jornada se ha dicho: desde la inutilidad del CNE electoral hasta la improcedencia del Plan República; decidí, entonces, abordar una cuestión que, si no pasó desapercibida, dada la magnitud de los acontecimientos en desarrollo, fue quizá despachada con el mismo desdén que concita el anecdotario farandulero. Para ello me he valido de la escueta reseña de un acto académico en el que el jefe civil habilitado por los militongos hizo entrega de diplomas a un nutrido grupo de graduandos –cadetes en la militarizada jerga oficialista– de una casa de estudios mal categorizada como universidad (Universidad Nacional Experimental de Seguridad), en la que no es un descabello suponer que se instruye a los aspirantes a esbirros y sapos en avanzadas técnicas de represión y refinadas artes de tortura.  A pesar de ello, se imagina uno al hombre de La Habana y Fuerte Tiuna ataviado con la toga y el birrete que dispone el protocolo; Screen Shot 2017-07-23 at 10.41.59 AM Screen Shot 2017-07-23 at 10.41.36 AMpero, ¿por qué vestir un camisón que siempre le quedará grande?, ¿o encasquetarse un bonete que quizá le dificulte pensar y asocia con los maestros de las comiquitas que alimentaron su saber? ¡No, no, no; mil veces no! Preferiría un suriyah y un kafiyyeh, prendas (túnica y tocado) privilegiadas por el arcaísmo dogmático de su cosmovisión, pues engalanaban a circunstanciales e impresentables aliados del inextinguible comandante. De buena gana las hubiese lucido, ¿avatar de Muamar el Gadafi?, ante los cortesanos que aplaudían con fanática exultación la ceremonia iniciática en la que a los recién borlados se les otorgaba licencia para matar.

Se decantó, en cambio, por un uniforme  azul intenso tirando a gris, como su gestión y la materia que no abunda en su cerebro, estampado con el  caprichoso dictado del camuflaje  y coronado con la joya de la red fashion bolivariana, una  boina roja a la usanza de  esos soldados que, durante la Guerra Fría, el cine bélico glorificó por sus  incursiones tercer mundo adentro y que, al grito de utrinque paratus –dispuestos a todo–, daban lo suyo a aborígenes estigmatizados por la “derecha hollywoodense” como enemigos potenciales del mundo libre, y vindicados por el “documentalismo izquierdista” como  víctimas del desarrollo desigual. Era el nuevo atuendo de la Policía Nacional Bolivariana, cuerpo al que pertenecen los flamantes egresados que sirvieron de excusa a Nicolás para disfrazarse de tombo, ¡qué bien me veo!, y afirmar: “Me parezco a Saddam Hussein, siento el orgullo de portar este uniforme que va sumando respeto”. ¿Respeto? ¡Miedo! Sí. Miedo, ¡y mucho!, a los gatillos alegres que disparan primero sin averiguar antes o después, amparados por la ley de la ventaja.

En otras circunstancias el infortunado símil podría considerarse otro sketch de su repertorio de payasadas. Mas no fue un día cualquiera el que escogió el mariposón salsero para evocar al sujeto que, entre 1979 y 2003, ejerció con sanguinaria determinación dictatorial la Presidencia de la República de Irak y fue principal instigador de masacres genocidas en Kurdistán y de al menos tres guerras que demasiado costaron a su país. Y a él, que terminó colgado en el mismo patíbulo en el que hizo ahorcar a sus adversarios. No, para continuar jugando a la guerra y amenazando con su “madre de todas las batallas”, Nick eligió el 14 de julio, fecha de enorme significación para la modernidad. Pero no creo que haya tenido en su cabeza los 228 años de la toma de la Bastilla, sino lo que estaba por suceder el domingo 16 de julio de 2017. En ese sentido, si la alusión a Hussein hubiese aflorado en un ser lúcido, podría tenerse por maquinal secuela de agitados desvelos y turbulentas pesadillas de quien no se hace muchas ilusiones con su porvenir y se ve en prisión, sembrando flores y garrapateando versos cual el tirano iraquí; pero, tratándose de un  pendenciero ordinario, un tanto disfuncional en su maniquea simplicidad y afectado por una paranoica obsesión belicista, al que la sinrazón puso donde la cordura jamás lo hubiese colocado, tiene que ser asumida como velado ultimátum de quien ve un cadalso en su futuro y no le importa llevarse por delante a Raymundo y todo mundo.

Aunque verdad es que, entre la mayoría opositora, la simulación que ensayó Maduro con el genuflexo Poder Electoral causó más pena que preocupación, y la consulta soberana se desarrolló con la relativa paz que cabe esperar en una sociedad amenazada por ataques de colectivos terroristas  –azuzados, ¡debemos decirlo!, por el mismísimo mandón de ficción–, también lo es que  la tempestad apenas ha comenzado: soplan con incontrolada furia vientos de cambio y la espontaneidad callejera presiona para que un liderazgo indeciso, rezagado y desbordado corra o se encarame y apriete el paso en este tramo que falta para que el cara(ma)durismo intente consumar su  estafa (des)comunal. Saturado de tribulaciones al respecto, superé un caótico miércoles de trancazos, huelga de transporte y anuncio de un acuerdo unitario de gobernabilidad –¿compromiso o saludo a la bandera?– y amanecí de paro el jueves, persuadido de que ni los esquiroles de El Aissami ni los pensionados ávidos de cobres con que comer hicieron mella en la convocatoria de la MUD, para finiquitar estas líneas con la sensación de que nos aguardan días de incertidumbre y rumores que, según su procedencia, atornillan a Maduro en la silla miraflorina o lo envían a un dorado exilio caribeño; días duros que nos hicieron recordar a Churchill –“el recuerdo no es más que un sufrimiento nuevo”, sostuvo un álter ego de Baudelaire–, quien en época de dificultades se limitó a ofrecer y demandar “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Para conjurar este peligro reaparece el fantasma del diálogo. Pero ahora está claro, clarísimo, que cualquier negociación ha de apuntar a un cambio de rumbo y manos en la jefatura del Estado. Nicolás el autobusero debe girar a tiempo el volante si quiere evitar una trágica colisión y abandonar la vía empedrada de infernales intenciones por la que prostituirá aún más –eso hacen las prostituyentes– a esta pobre república petrolera rendida a Cuba, qué linda es Cuba, pero Miami me gusta más.  Afortunadamente, para él, no estamos en Irak. ¡Alá es grande!

=ROJOenAZUL…inch Allah!!!…pm