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RICARDO ÁVILA —‘El fin del poder es una buena noticia': Moisés Naím
 http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-13288280 15 de diciembre de 2013

Para el analista, los micropoderes son algo positivo, pero abren el riesgo de caer en anarquía

Desde cuando lanzó hace unos meses su libro El fin del poder, Moisés Naím ha aumentado todavía más su prestigio como pensador y analista. En pocas palabras, su tesis es que quienes tenían los hilos del país o del mundo, ahora deben compartirlo con micropoderes que los desafían, ya sea en el ámbito político, empresarial o social.

Esa fue una de las razones por las cuales tanto el Financial Times como The Washington Post escogieron el libro como uno de los más importantes del año que termina. Sobre este y otros temas, Naím habló en exclusiva con EL TIEMPO.

Detrás de la afirmación que usted hace sobre el fin del poder como lo conocemos surge la pregunta: ¿es esto bueno o malo? Yo creo que es muy bueno. El libro es optimista, porque las tendencias que identifica configuran un mundo mejor. Un mundo donde los tiranos, los monopolistas, los que abusan del poder están más inseguros y pueden ser más fácilmente desplazados. Un mundo en el que muchas más personas que antes pueden decidir montar una empresa y utilizar los nuevos recursos que ofrecen la tecnología y los cambios en las estructuras de capital y al cabo de poco tiempo conseguir capital y clientes, muchos y en muchas partes. Un universo en el cual ahora unos jóvenes pueden ponerse de acuerdo y lanzar una organización no gubernamental que quiera hacer el bien, que ayude a otros, que quiera cambiar el planeta para mejor. Que eso se pueda y tenga consecuencias es mejor. Así que estamos viviendo en un mundo donde se pueden hacer más cosas, donde estamos todos más empoderados, donde lo único que limita realmente la posibilidad de hacer cosas son las ganas y la imaginación.

La realidad es más compleja… Yo lo sé. Y no quiero sonar ingenuo ni tonto. Sé cuáles son los problemas de montar una empresa, los obstáculos de crear un movimiento político, una ONG que funcione, que perdure. Enfrentarse a los poderosos de siempre es arduo y riesgoso. Claro que no es fácil, pero lo cierto es que ahora es más fácil de lo que era hace 20 o 30 años. Los jóvenes de hoy, la gente que tenga 18 años dentro de 10, va a tener un universo en el que las posibilidades son inimaginables y mejores.

¿Cuál es el peligro de la nueva realidad? Hay una parte no tan buena: el riesgo de que esta dispersión del poder se convierta en anarquía, donde nadie manda, nadie puede tomar decisiones. Un ejemplo son los sistemas políticos en los que hay muchos protagonistas que tienen un poco de poder, que es suficiente para bloquear las iniciativas de la mayoría. Eso lo vimos en Estados Unidos con el Tea Party, mientras que en Europa, Italia es paradigmático en ese sentido. La política, la democracia en el mundo se están italianizando: gobiernos que duran poco, gobiernos que se ven muy limitados en la toma de decisiones.

Usted le atribuye más esa situación al fin de la confrontación entre comunismo y capitalismo que a la revolución tecnológica desde el punto de vista de su poder de convocatoria… La intuición básica que tiene quien me oye es que estas variaciones de poder ocurren por las redes sociales –Facebook, Twitter– o internet en general. Sería necio si yo no reconociese la importancia que tienen, pero no son la causa. Las tecnologías son instrumentos, los instrumentos precisan de usuarios y esos usuarios tienen un sentido de dirección y motivación. Y muchos pensamos que son tecnologías de la liberación, o sea, ciertamente, al régimen de Irán o al de Rusia o al de China esto les presenta un reto, pero también hemos visto últimamente cómo estas tecnologías de la liberación en sentido político se han convertido en tecnologías de la represión. Es un gran regalo para los servicios de inteligencia y las fuerzas represivas de un país autoritario, como sucedió en Irán. Lo mismo está pasando en cierta forma en Venezuela o Rusia.

Precisamente menciona el caso de Venezuela. Cuando uno lee el titular de ‘Maduro con superpoderes’, ¿cómo lo analiza bajo el prisma de su libro? Maduro hoy tiene menos poder del que tenía hace unos meses, a pesar de la ley habilitante o los resultados de las elecciones.

Chávez tenía menos poderes al final de su periodo de los que tenía antes, independientemente de su enfermedad. Contaba con menos dinero, menos capacidad financiera, tenía menos apoyos internacionales. Su prestigio y su reputación global habían caído. El país se le había dividido, tenía una oposición que se había logrado organizar, que lo enfrentaba en decisiones donde no siempre lograba salirse con la suya. Sería tonto decir que el presidente Chávez no podía hacer lo que le daba la gana, pero cada vez menos. Y en Maduro lo que uno ve son pataleos de un ahogado.

¿Por qué? Hablamos de un país en el cual si uno tiene una empresa que es amiga del gobierno y quiere dólares se los venden a 6,3 bolívares por dólar, mientras el resto lo paga a 60 o más. Basta que yo como gobierno le dé 100.000 dólares para darle ganancias enormes a alguien sin que haga nada. Esa es una distorsión insostenible de la economía, que no va a ser solucionada mandando a la Guardia Nacional a invadir negocios de electrodomésticos ni expidiendo leyes. En Venezuela está sucediendo una tragedia, una cantidad de dolor humano inenarrable, que no está siendo suficientemente bien entendida por el resto del mundo. Estamos hablando de un país que tiene algunas de las tasas de homicidio, de inflación o de desabastecimiento más altas del planeta y que cada vez más tiene facetas de país fallido, un país que se parece más a Somalia que al resto de América Latina.

¿Qué piensa de la reelección en abstracto? Creo que, aun más peligroso que el populismo, es el continuismo. Es decir, el problema con Cristina Kirchner no es que sea populista, es que no se va nunca. El problema con Venezuela no es que son populistas, es que están ahí desde hace 15 años. Lo mismo con Daniel Ortega en Nicaragua, con Evo en Bolivia o con Correa en Ecuador. Lo que tiene la democracia, con todas sus imperfecciones, es que, si el gobierno es malo, lo botan. Hay una oportunidad en 4, 5, 6 años, dependiendo del país adonde llega el turno de votar, y entonces quienes lo han hecho mal salen. En América Latina, los gobiernos se las están arreglando para trampear la situación de manera de hacer que el continuismo permita el populismo para siempre o para periodos muy largos. No es malo que los países se equivoquen de vez en cuando. Los votantes tienen derecho a equivocarse. El problema es cuando se equivocan y lo pagan teniendo a gobiernos malos por muy largos periodos. Afortunadamente, a nivel mundial, retener el poder se está haciendo cada vez más difícil.

¿Una de las lecciones que deberían aprender los poderosos a partir de este escrito es que el poder, por más obvio que suene, es efímero? Sí. Y si no es efímero, deben operar con esa presunción. No hay nada más peligroso para un gerente, para un directivo de empresa, para un jefe de Estado, un político, que suponer que el poder que tiene no está bajo presión, no está bajo amenaza, no está en peligro, y que no va a tener un mandato corto.

¿Se podría argumentar que ese fin del poder se nota incluso en las estructuras familiares? Sin duda. En la India, las tasas de divorcio son más altas que nunca entre parejas de la tercera edad, iniciadas por las mujeres en su gran mayoría. Esos eran matrimonios arreglados y las conductas están cambiando. ¿Por qué? Bueno, porque las mujeres están más empoderadas, tienen más posibilidades, están mejor informadas, más educadas, y porque la mentalidad imperante en la sociedad comienza a cambiar y se lo permite.

¿Esta evolución puede ser pendular? No, porque muchas de las fuerzas que la impulsan son permanentes. Esto está impulsado por fuerzas de la demografía, que son ciclos largos. Es difícil imaginar que China vuelva a ser en 10 años lo que era hace 20 o 30. Ya no hay vuelta atrás. Lo mismo el impacto de las tecnologías o de la transformación económica del mundo.

¿La crisis de liderazgo en el mundo se da por este fin del poder o porque tenemos líderes malos? Creo que es difícil gobernar. Obama, por ejemplo, se ve limitado en sus acciones por miles de pequeñas fuerzas que, al combinarse, lo limitan o, a veces, hasta lo paralizan. En general, uno ve a los líderes limitados, como a Gulliver, por una cantidad de pequeños hilos que les impiden moverse.

¿La balanza de poder se inclina en favor de los jóvenes? Sí. El número de personas de menos de 30 años de edad que viven en el planeta es tres veces más de lo que era en 1950.

Pero son jóvenes a quienes los aburre la política inmensamente. ¿Por qué? Cuando hablo en universidades, les digo que hay una mariposa en Indonesia que está en peligro de extinción y voy a crear un organismo no gubernamental para salvarla y pregunto: ¿cuántos de ustedes se me unen? Inevitablemente hay bastantes manos. Pero si invito a todos a trabajar en un partido político, salen corriendo horrorizados. Les repugnan los partidos políticos. Y eso es un problema serio.

La casa natural para un idealista de cualquier edad dejó de ser el partido político y se transformó en las ONG. Y eso a mí me parece que es indeseable porque no hay democracias basadas solo en ONG, cada una de las cuales se concentra en un solo tema.

Entonces, una de las cosas más importantes que tienen que suceder es que los partidos políticos se empiecen a parecer a las ONG, es decir, que logren recuperar la capacidad de seducir y recuperar a los idealistas que quieran trabajar por su comunidad, su ciudad o su país. Los partidos políticos nuevos o existentes que logren ser el lugar para atraer a estos jóvenes son los que tendrán éxitos y eventualmente tendrán la posibilidad de gobernar.