RICARDO ESCALANTE @opinionricardo| El corazón de la noticia

7/9/14 UNIVERSAL

Screen Shot 2014-09-10 at 11.35.27 AMJoseph (Joe) Mann vivió 21 años en Venezuela. Trabajó primero en The Daily Journal y, luego, en Financial Times CORTESÍA

La vida con el corazón de otra persona está llena de felicidad y se presta hasta para el humor negro pero, por supuesto, no deja de causar desvelos. Ese, precisamente, es el caso de un periodista americano-venezolano de muchas décadas, con quien coincidía en oficinas de políticos, altos funcionarios de gobierno y en otros lugares de Caracas, hasta el día en que le perdí la pista.

Después de muchas vivencias como asistente en la sección Nacional de The New York Times, Joseph (Joe) Mann aterrizó en Caracas en 1974 para trabajar en The Daily Journal. Ahí comenzó un mundo fantástico que lo llevó a querer a Venezuela tanto o más que cualquier venezolano por nacimiento, a casarse con una caraqueña y a hacerse ciudadano hasta que el corazón le palpitó más de la cuenta (o tal vez menos).El trabajo con Jules Waldman en el Daily era grato y los días transcurrían de manera vertiginosa. La ciudad no tenía ni el tráfico actual ni otras complicaciones, pero los sueldos que pagaba el periódico en inglés no alcanzaban para nada. Eran otros tiempos. Joe ampliaba permanentemente el círculo de sus relaciones, lo que le permitió tocar y abrir la puerta del Financial Times para convertirse en uno de los más influyentes corresponsales extranjeros en Caracas.

Yo como reportero de El Universal y Joe con sus análisis y crónicas para el rotativo británico discutíamos con frecuencia sobre política. Durante sus 21 años en Venezuela (1974-1995) él tuvo además la oportunidad de trabajar en el área de la consultoría política con Joe Napolitan y con el asesor de opinión pública Erick Ekval. Fue también cofundador de Veneconomía.

Las actividades marchaban viento en popa. Vivía feliz con su esposa Jennifer y sus dos hijos venezolanos hasta que al regresar de una misión en Curazao sintió un cansancio inusual, no tenía fuerza ni para levantar un brazo. Al dar tres pasos estaba a punto de desmayarse y tuvo que ir al cardiólogo que, después de una serie de exámenes, le dio una noticia desconcertante: “Necesita otro corazón”. No tuvo más remedio que arreglar maletas para regresar a Estados Unidos, donde con asistencia médica pudo postergar casi tres años su incorporación a la lista de candidatos para trasplante.

Se trasladó con su esposa a uno de esos grandes centros de salud de Estados Unidos, el Cleveland Clinic en Ohio. Se internó hasta que recibió la notificación de que le sería insertado el corazón de un fallecido en un accidente en Georgia. No supo si el donante era hombre o mujer, ni otros detalles, pero al día siguiente se levantó, caminó y a partir de ahí recuperó la normalidad. Han transcurrido 16 años desde entonces y Joe, con sus 69 años a cuestas, escribe para The Miami Herald y Latin Trade Magazine y disfruta a la familia. Tiene planes de hacer un blog en inglés dedicado a ridiculizar a los políticos.

El otro trasplante  Joe Mann, como todos los trasplantados, quedó condenado a usar medicamentos para evitar complicaciones. Son productos beneficiosos pero acarrean efectos secundarios de los que él no logró escapar. Con el paso de los años descubrió que los riñones disminuían su capacidad para desintoxicar el organismo, hasta que, ¡otra vez!, un médico le informó que debía colocar su nombre en la lista de espera. En esta ocasión (comienzos de 2014) la intervención quirúrgica ocurrió en The Miami Transplant Institute y, como antes, en pocos días estuvo de regreso en su casa con la familia. El riñón provino de un joven de 27 años que pereció en un accidente y siete de sus órganos fueron trasplantados a distintas personas.

Lo más importante  El reencuentro con el viejo amigo ocurrió en West Palm Beach, donde conversamos más de tres horas. Me habló de sus experiencias profesionales en Venezuela, caminamos en un centro comercial y hasta probamos comida chatarra. En eso estábamos cuando recibió un mensaje en el cual le informaban que al día siguiente debía hacer un reportaje sobre una de las más prósperas empresas procesadoras de oro.

Mann está al tanto de los acontecimientos en Venezuela, casi como si hubiese salido del país ayer. Conserva el buen sentido del humor. Cuando le pregunté qué echa de menos de Caracas, la respuesta no se hizo esperar: “He estado 19 años fuera de Venezuela, pero no olvido mi vida y mi trabajo en ese país que aprendí a amar. Fueron 21 años esenciales para mí, que me hicieron crecer y ver el mundo desde una perspectiva distinta. El aire del Ávila, las areperas, los restaurantes fantásticos, los llanos, los andes, la Gran Sabana, Los Roques, las carreteras hacia oriente, con sus ventas de pescado en la playa. Aprendí el idioma, la música típica y, sobre todo, a valorar a muchos amigos”.

-¿Qué fue lo más importante?

-El día que conocí a Jennifer, esa hermosa caraqueña de ojos azules que me cautivó. Fue un encuentro relacionado con asuntos petroleros. Yo había llamado a Maraven para coordinar una visita acompañado de un colega que venía de Londres a los campos petroleros del estado Zulia. Necesitábamos hablar con altos ejecutivos de la empresa, que envió a Jennifer a acompañarnos. Ese día comenzó un mundo maravilloso para mí…