RICARDO GIL OTAIZA  @GilOtaiza | El Rómulo de Germán Carrera Damas

EL UNIVERSAL  viernes 20 de junio de 2014

Terminé de leer el Rómulo histórico de Germán Carrera Damas (Editorial Alfa, 2013), hace relativamente poco tiempo, por cierto en medio de los graves acontecimientos suscitados a partir del 12 de febrero, y no deja de entusiasmarme la idea de que el país tenga pensadores de su calibre y de su agudeza, pensadores que no doblegan su conciencia ni su deber moral para con su oficio; pensadores que dicen lo que tienen que decir sin que les tiemble la voz. Me topé con un Rómulo Betancourt de carne y huesos: el hombre, el luchador social y el incisivo político. El Rómulo no sacralizado, ni montado en el altar de los próceres civiles venezolanos.
En la medida que progresaba en la lectura (por cierto: honda, pero que discurre con la elegancia de una pluma experimentada) iba atando cabos, hilvanando viejas lecturas y experiencias, hasta caer en cuenta de algo si se quiere inaudito en nuestro medio académico y cultural, pero que en Carrera Damas se ha hecho referente y escuela: el afán del autor de evitar a toda costa el ser promotor de religiones políticas e ideológicas, y en el caso que nos ocupa, de una nueva (como muchos aspiran): la religión betencouriana.

Recordé entonces  El culto a Bolívar, todo un clásico en su género, y me dije de inmediato: espejos convergentes, pero al revés. Si en esta obra busca Carrera Damas “desmontar” a un Bolívar elevado a los altares de la Patria (desde los tiempos de Antonio Leocadio Guzmán, pasando por Antonio Guzmán Blanco, su hijo, hasta llegar al siglo XX de la mano de Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, etc., hasta llegar con fuerza a los gobiernos del denominado puntofijismo), erigiéndose en leyenda, a veces en fábula, pero sobre todo en deidad; en Rómulo histórico Carrera Damas descarna al personaje histórico, al hombre ganado a las ideas y a la acción, al avezado político que diera a Venezuela un rumbo democrático que usufructuamos por décadas, y por el que hoy luchamos, pero evitando que en tan díscolo personaje se cumpla el ominoso sino de la sacralización, que graves consecuencias ha traído al país.
Y no es descabellado lo que aquí digo, porque en mucho contribuyeron los intelectuales decimonónicos y los del siglo pasado en fortalecer la religión bolivariana: Rufino Blanco Bombona, Felipe Larrazábal, Arístides Rojas, Augusto Mijares, y el más emblemático de ellos: Eduardo Blanco y su Venezuela Heroica, que desde 1881 infló los corazones de los venezolanos con epopeyas copiadas al carbón de un ya lejano mundo griego.

Abre Carrera Damas con El culto a Bolívar (y ahora con Rómulo histórico) un hiato entre lo que se anhela como referente histórico en un contexto dado al panegírico y al endiosamiento de los personajes históricos como el nuestro, y la realidad real develada desde los hechos, sustentada en documentos, para entregarnos una historiografía apegada a lo acontecido y no a lo que se supone aconteció, generando así todo un cauce historiográfico (una escuela, como afirmara anteriormente) que desvela a los acontecimientos y a sus hacedores en su más profunda esencia histórica, y cuyos frutos comenzamos a recibir con la obra del ya citado Elías Pino Iturrieta (El divino Bolívar, entre otros) y más recientemente con Inés Quintero y sus libros La criolla principal  y El hijo de la panadera.

En este contexto, Rómulo histórico representa una aguda e incisiva comprensión del expresidente Rómulo Betancourt (y de su obra política), pero sobre todo del personaje real, del hombre, del ciudadano, del soñador (tal vez del utopista), que luchó con sus propios demonios internos y con los de una nación entera que no terminaba (ni termina) de asumir su presente sin deslastrarse completamente del pasado. Si de adjetivar se trata, el único vocablo que se me ocurre ahora para calificar a esta obra es “realista”, es decir, atada con rigurosidad a la realidad que vivió el personaje y cómo enfrentó sus propias incertidumbres y angustias. Carrera Damas nos devuelve el personaje en su vasta complejidad, en su intrincada personalidad y en sus lógicas ambivalencias y disyunciones. Ergo: en su terredad, como diría el poeta Eugenio Montejo.