SEGUNDA GUERRA MUNDIAL | El Schindler de los intelectuales
MundoP. UNAMUNO Madrid 30/6/2015

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Se edita en español La lista negra, donde Varian Fry relata cómo salvó de la Francia libre a Breton, Chagall, Duchamp, Heinrich Mann, Max Ernst…

Tres mil dólares, una pequeña maleta y una lista de unos 200 artistas e intelectuales en riesgo de ser arrestados por la Gestapo o por la policía colaboracionista francesa. Eso era todo lo que llevaba consigo el periodista estadounidense Varian Fry cuando llegó en agosto de 1940 a Marsella, en la Francia libre, para montar allí el Centro Norteamericano de Socorro (CAS). Tras la fachada de una organización de carácter caritativo, Fry se proponía organizar la salida de Francia del mayor número posible de refugiados y, en especial, de las personalidades que conformarían buena parte de lo más granado de la cultura europea del siglo XX. Aquella experiencia la relató en ‘La lista negra’, de 1945, que hoy recupera Editorial Confluencias.

Entre 2.000 y 4.000 judíos y militantes antinazis se beneficiaron de las operaciones de Varian Fry, siempre en el filo de la navaja, y entre ellos se contaron el matrimonio formado por Franz Werfel y Alma Mahler, Arthur Koestler, Jean Malaquais, Heinrich Mann -el hermano izquierdista de Thomas Mann-, los artistas André Breton, Max Ernst, Marc Chagall, Marcel Duchamp y Óscar Domínguez, pensadores como Hannah Arendt y Ludwig Marcuse, el antropólogo Claude Levi-Strauss, el director de cine Max Ophüls y el sociólogo y teórico del cine Siegfried Kracauer, entre otros muchos.

Las actividades clandestinas que puso en marcha Varian Fry, vigilado permanentemente y hostigado con frecuencia por la Prefectura francesa, incluían la falsificación de pasaportes, la compra de moneda en el mercado negro y la organización de complejas operaciones de huida por las montañas o por el mar con ayuda de expertos pasadores de fronteras como la célebre Lisa Fittko.

Como subraya Mercedes Monmany en el prólogo a la edición española de ‘La lista negra’, Fittko fue la creadora -a instancias de Fry- de la famosa ruta F que permitió atravesar la frontera franco-española a centenares de refugiados. El primero de ellos fue el filósofo alemán Walter Benjamin, que sin embargo sucumbió al agotamiento y al pánico y se suicidó en la habitación de un hotel de Portbou, en la misma frontera.

El mismo Fry en persona utilizó esa ruta para sacar de Francia a un grupo de escogidos compuesto por Lion Feuchtwanger, uno de los portavoces más señalados de la oposición al Tercer Reich; los Werfel, que para complicar aún más la huida se presentan con una docena de maletas; y Heinrich Mann, su esposa y su sobrino Golo Mann, el hijo de Thomas que llegaría a ser gran historiador.

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El periodista estadounidense estuvo operando en las mismas barbas de la Gestapo y sus esbirros de Vichy durante un total de 13 meses, primero desde su habitación del hotel Splendide, luego en dos oficinas en el centro de Marsella y, por último, en la legendaria sede de la villa Air-Bel. Por allí pasaron Victor Serge, Consuelo de Saint-Exupéry, que se dedicaba a repartir dinero “entre los artistas impecunes”, Marc Chagall o Max Ernst, quien solía llegar con un rollo de pinturas que clavaba con chinchetas en el salón.

Los surrealistas se reunían los domingos por la tarde en Air-Bel, donde subastaban sus obras y ayudaban a Fry y sus ayudantes a trasegar los ‘magnum’ de coñac y armañac con que engañaban sus hambrientos estómagos. Los convocaba en la mansión André Breton, que se había instalado en un cuarto del último piso y se dedicaba, escribe Fry, a coleccionar “insectos, trozos de porcelana rota pulida por el mar y revistas viejas”.

Cuando, en marzo de 1941, consigue embarcar hacia Martinica a Breton, su mujer Jacqueline y su hija Aube, el responsable del CAS encuentra Air-Bel “extrañamente silenciosa, envarada”. Se instala en la habitación del líder de los surrealistas, en la que quedan varios ‘collages’ en papel de colores y “algunas de sus conchas y mariposas”. Eso, y el recuerdo de su sonrisa, consigna un Fry ya muy nostálgico, cercado por las autoridades.

Sabe que sus días en Francia están contados y que, si no lo detienen, es únicamente por su pasaporte estadounidense y porque ningún registro lo ha sorprendido ‘in fraganti’. “Una cosa es que seamos cándidos -indica-, pero nunca hemos sido tan imbéciles como para elaborar o conservar documentos falsos en nuestro local”.

Su otra consigna inviolable la formula de esta manera: “Negamos la ayuda a todo aquel que no sea conocido por alguien en quien tengamos confianza”.

Aunque metódico y seguro de sí, Fry no podía dejar de sentir la atroz responsabilidad de “decidir quién debe beneficiarse o no de una ayuda” entre los miles de refugiados que se la solicitaban cada día en mayor número, entre los relatos cada vez más desgarradores ante los que no sabía qué creer.

Antes de abandonar Marsella, el periodista encuentra fuerzas para enfrentarse a la policía francesa, que acaba de detener a Marc Chagall y su mujer, recién llegados de Gordes para preparar su salida del país. Fry llama por teléfono para interesarse por el gran artista e informa al funcionario de turno que, si el mundo llega a enterarse de su arresto, “Vichy será terriblemente reprobado”.

“Si no ha salido en media hora, llamamos al ‘New York Times’ y les damos la información”, zanja antes de colgar. Media hora más tarde, Chagall regresa al hotel con su mujer. Era una de las últimas victorias de un héroe casi desconocido cuya gesta puede conocer ahora el lector español.