SEMBLANZAS DE ARTISTA O COSA QUE SE LES PARECE ı Miguel Von Dangel, el hereje

Screen Shot 2016-02-15 at 3.07.39 PMSEBASTIÁN DE LA NUEZ

 

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Miguel Von Dangel, premio nacional de Artes Plásticas, vive en una casa llena de tesoros que en cualquier momento pueden ser pasto de la carcoma, de la humedad o de la mierda de los perros. Es una de las zonas más peligrosas de Petare, pero allí todos le conocen y estiman. Su verbo es llano. Sus observaciones producto de un diletantismo hambriento de ciencias y humanidades las aterriza con un coño. Y si habla de putas, te dirá la etimología de la palabra, te contará historias y te ilustrará sobre el trasunto del oficio más viejo del mundo en algunas de sus pinturas y dibujos.

Su palabra y su obra han dado suficiente tela para cortar como para que un individuo multifacético como Eddy Reyes Torres haya escrito 620 páginas sobre él y su quehacer, y todavía quedan cabos sueltos. El libro se llama Miguel Von Dangel y el renacimiento de un arte latinoamericano. Se consigue en la librería Noctua (Centro Plaza).

Von Dangel es petareño, místico, barroco e iconoclasta, todo a un tiempo. Su casa se parece a él, llena de recovecos y de aspecto descuidado.

Está a veinte metros de la avenida Francisco de Miranda y parece haber sido aplastada por ambos lados, de tan estrecha y alargada hacia el fondo que es.

Y ESTA ES LA HISTORIA  Von Dangel lleva en su sangre, además de nicotina, ascendencia prusiana y aristócrata, gente que fue judía y se convirtió al cristianismo. Su padre fue un barón que lo abandonó a los 12 años y murió en Australia. Por otro lado está la impronta luterana heredada de su madre, quien no murió hace tanto y a quien todos en el barrio se quedaron sin velar. Ella escurrió el bulto sin tener plena conciencia de lo importante que era para esta gente velar a una buena vecina.

Von Dangel es esto que usted ve acá, un paisano con sobrepeso comiendo arroz y fideos en la taguara china que está a la vuelta de la esquina, en plena avenida Francisco de Miranda. No hay fuerza humana que lo pueda arrancar de Petare. Luego de comer se devuelve a su casa, saca a sus perros para que hagan sus necesidades y te regala una preciosidad de dibujo erótico, de los que le sobraron de una exposición que hizo en la librería Lugar Común.

Es taxidermista pero sobre todo es un artista integral: pintor, dibujante, escultor. Su amigo el librero Andrés Boersner dice que para él sería completamente imposible vivir en otro país, y que puede parecer desvalido pero en realidad de desvalido no tiene nada.

Que su arte parte de un estar inconforme. Por eso, encaja perfectamente en esa casa que pide a gritos un tobo con lejía, unas estanterías y, al menos, un archivador, la buena mano de una mujer con delantal. Von Dangel la tiene en alguna parte, a la mujer, pero sin delantal.

Reyes Torres se pasea en su libro por sus lecturas reveladoras de una curiosidad universal; por sus textos (a veces escribía para El Universal) y por lo que los críticos han dicho de él a lo largo de los años. Muchos lo veneran.

ESCARABAJOS ENCAPSULADOS  Una de las técnicas de preservación del taxidermista es lo que llaman embeber la pieza en el poliéster. Eso lo aprendió desde muy joven. Se le ocurrió que podría capturar escorpiones, encapsularlos en poliéster y venderlos como pisapapeles a los turistas, que los había en aquel tiempo. Habla de su pasantía por la escuela Cristóbal Rojas con cierto desdén: dos años estudiando decoración en esa vaina, en vez de arte; sale ya medio manganzón, con 18 años o algo así, y se dice coño, tengo que vivir de algo.

Se le ocurre hacer lo del poliéster y los pisapapeles y hace contacto con Manuel Ángel González Sponga, zoólogo venezolano (falleció en 2009) dedicado a los estudios taxonómicos de los arácnidos; biólogo y docente con decenas de referencias a sus trabajos en internet.

Con él se puso a estudiar Von Dangel y a este maestro sí es verdad que le sacó provecho. Buscaba escorpiones, escarabajos y otras sabandijas sobre todo si llovía y podía disponer de una lámpara para atraerlos, ya fuera en la carretera Panamericana o en cualquier otro lugar. Viajaba a diversas zonas del país. Tenían un trato, él y González Sponga: los ejemplares nuevos o raros se los llevaba al científico y aquellos más comunes los usaba para lo suyo.

Las tiendas de artesanía, a las cuales llevaba sus productos, le pedían que, ya que viajaba hacia las regiones indígenas, ¿por qué no me traes cestas de allá, tejidos de Tintorero, cerámica de Quíbor? Así comenzó un modo de subsistir. Conoció de cerca a los indígenas: cuando los descubre se dice a sí mismo coño, esta gente está igual que uno.

Álvaro Sotillo le dijo una vez que parte de la identidad del venezolano es sentirse extranjero en su propia tierra. 

Una observación muy aguda que lo dejó pensando. Y lo puso a pensar más cuando comenzó a entrar en la dinámica de las exposiciones, el mundo del arte: podías escoger entre la tendencia cinética («un constructivismo mal digerido») o la marxista («antisistema, tirapiedras»). Cualquier otra alternativa no existía. No admira para nada a Soto, Alejandro Otero o Cruz-Diez. Lo suyo es Reverón, Bárbaro Rivas, Mario Abreu. Quiso incorporar la antropología y la religión al arte, cosa que inventó su generación, no la anterior. Qué riñones tienes tú, le decían al principio. Tú si eres anacrónico con esa cosa religiosa, si eso se superó en la Edad Media… Comenta: «Esa generación de los sesenta, de algún modo fue maldita, ¿no? Muchos se quedaron en el camino.

Suicidio, alcoholismo, drogas… Un día vengo curdo de bola caminando, a dos cuadras de aquí, y encuentro un perro atropellado en la vía. Le digo a un amigo: uno es en este país como ese perro, te atropellan y nadie te para ni bola. En la curva se devuelve, agarra al perro y se lo lleva a la casa. A la mañana siguiente se pregunta a sí mismo ¿ahora qué hago yo con esta vaina? Tenía un ratón tremendo y se dijo: ya que uno es eso, imagen y semejanza de Dios, vamos a crucificar al perro.

Taxidermia con el perro. Cuando la pieza así resuelta se expone dos o tres años después, en sus propias palabras, se arma el mariquerón porque ¡cómo era posible que se le faltara el respeto a Cristo! Unos médicos declararon en la Prensa que quizás el autor de aquel perro crucificado expuesto en el Palacio de las Academias sufriera de un trauma psíquico.

Por cierto que Von Dangel ha dicho alguna vez que lo único feo, feo de verdad, es la hipocresía.

Aquel episodio del perro crucificado sucedió en el primer gobierno de Caldera. Metafóricamente lo que quiso decir no fue sino aquello que expresó estando zarataco.

Fue perseguido incluso por la Digepol (al parecer pretendían sacarlo del país por musiú y por hereje): ¿podría guardar este escándalo cierta semejanza con la reacción patriotera del chavismo a raíz de la boutade de Henry Ramos cuando sacó los retratos chimbos de Bolívar de la Asamblea Nacional? Las etapas políticas terminan pareciéndose más de lo que uno cree.