THE NEW YORK TIMES -En Venezuela crece la presión en las filas policiales | Police and Protesters in Venezuela Share Common Grievances

Las fuerzas de seguridad durante una manifestación antigubernamental en Caracas, en abrilCreditMeridith Kohut para The New York Times

CARACAS — Las fuerzas de seguridad en Venezuela suelen ser caracterizadas como villanos con uniformes oscuros. En un video un joven manifestante que se acercó a los oficiales con sus brazos extendidos terminó tirado en el suelo, víctima de una bala, según varios testigos.

En otra grabación, las tanquetas de la Guardia Nacional Bolivariana arrasan con los manifestantes. En otra escena, un hombre rodeado por gas lacrimógeno cae al piso y convulsiona antes de que un par de soldados lo suban a su motocicleta.

Sin embargo, detrás de las macanas y los escudos, muchos policías venezolanos también padecen por la crisis económica y comparten muchas de las quejas de los manifestantes. Eso los ha hecho cuestionarse sus lealtades al gobierno que tienen que defender.

“También somos ciudadanos y no estamos exentos de esta crisis que nos afecta”, dijo una oficial de 46 años de la Policía Nacional durante un despliegue en Caracas.

Como un sinnúmero de venezolanos, ella revisa su refrigerador cada vez que va a salir de su casa y está prácticamente vacío; apenas tiene comida para alimentar a su hijo. Antes de llegar a la zona de Caracas donde había manifestaciones salió de su hogar, una vivienda pública, entendiendo muy bien las razones de las protestas.

“Antes iba al supermercado y había cinco marcas diferentes de leche, y podía comprar lo que quisiera… lo que quisiera, lo que pudiera”, dijo. “Ahora vas y no hay nada”.

Los trabajadores de un supermercado de Caracas limpian el local después de un saqueo, en abril. CreditMeridith Kohut para The New York Times

La policía pidió mantener su anonimato, como otros entrevistados para este artículo, por miedo a represalias por parte del gobierno que los amenaza con ser despedidos de su trabajo, una labora por la que se les paga menos de 1,75 dólares diarios (según la cotización del mercado negro). Mientras la lucha por el futuro de Venezuela se libra en las calles, ella dice que se siente entre la espada y la pared porque trabaja para un gobierno en el que ya no cree y el movimiento de las protestas la considera como una enemiga.

“Si hablas mal de Maduro, te encarcelan“, advirtió.

Como no pueden manifestarse frente al Palacio de Miraflores, que está acordonado, muchos venezolanos han expresado su descontento en enfrentamientos contra los policías que tienen la tarea de contenerlos en las calles; les lanzan bombas molotov e incluso heces. Las autoridades dicen que hasta ahora han fallecido un policía y un miembro de la Guardia Nacional Bolivariana.

Las escenas de represión por parte de la policía y los militares también son impactantes. Mientras los manifestantes demandan comida y elecciones, los oficiales los arrastran por el pavimento o los persiguen con el gas lacrimógeno. En las últimas semanas se han contabilizado más de 40 muertes.

Y, sin embargo, hay momentos en los que ambos bandos comparten su pesar. Al lado de un edificio durante una noche reciente, mientras se escuchaban los disparos y las personas armaban un cacerolazo contra Maduro, alguien proyectó un mensaje contra un muro dirigido a la policía y la guardia.

“¿No tienen hambre?”, decía.

En los últimos dos años, la situación ha empeorado para los venezolanos que se enfrentan a la peor crisis económica en generaciones. Cientos de miles han salido a las calles para exigir la salida de Maduro y los más recientes enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas del Estado ya llevan más de dos meses.

Un día hace poco, los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela abandonaron las clases y, mientras intentaban llegar al Ministerio del Interior, se toparon con las fuerzas del orden. Pronto comenzaron a lanzar gases lacrimógenos y se escuchaban los disparos de balas de goma.

Un enfrentamiento entre opositores y la Policía Nacional Bolivariana durante una protesta en CaracasCreditJuan Barreto/Agence France-Presse — Getty Images

“Bastardos, qué desgracia, la van a pagar”, le gritó una mujer a los oficiales desde un autobús que pasaba por la zona.

Un policía de 26 años de edad estaba en el sitio; no era mucho mayor que los estudiantes. Pero no eran los insultos lo que más lo molestaban ese día: era su paga, con la que apenas puede comprar una hamburguesa, y el hecho de que las protestas constantes lo han forzado a dormir en la estación policial donde los oficiales ya no tienen agua potable.

Dice que lo que más teme es regresar a casa. Explica que en donde vive el crimen es tan constante que las pandillas han comenzado a atacar a los policías directamente y un integrante de su unidad fue asesinado a puñaladas el año pasado frente a su familia. La pandilla le ordenó que se pusiera su uniforme antes de ejecutarlo, dijo el policía sobre su compañero fallecido.

“Matarnos es como ganar un premio para ellos”, dijo. “El gobierno no hace nada”.

Mientras hablaba, llegó la noticia de que un líder estudiantil había muerto en el estado de Anzoátegui. Los oficiales se quedaron en silencio y luego se trasladaron a otra parte de la universidad.

“Creo que van a tumbar este gobierno y poner fin al desastre”, dijo un policía antes de comenzar a caminar.

Aunque otros esperan que el desenlace sea distinto.

“Tiene que haber un acuerdo, el país tiene que unirse de nuevo”, dijo un comandante policial.

Tiene una carrera de 23 años en la fuerza y recuerda otras oleadas de protestas que se parecen mucho a las actuales: las de 2014 en las que murieron 40 personas o las de 2002 que llevaron al golpe contra el expresidente Hugo Chávez.

Cambió muy poco después de cada una, dijo el oficial. Cuando se le pregunta si habrá un nuevo gobierno después de estas manifestaciones, se queda pensativo y responde: “Los gobiernos van y vienen, pero la policía siempre permanece”.

Un sábado reciente en Caracas, otra jornada de protestas ocasionó el cierre de varias calles. Esa vez se habían congregado miles de mujeres, vestidas de blanco y portando banderas y las fotos de hijos y seres queridos que han muerto en los disturbios.

Una policía pasó por momentos difíciles al ver esa marcha; de 46 años, la oficial que formaba parte del cordón policial que intentaba frenar a las mujeres tuvo que aguantarse las lágrimas en varios momentos. Dijo que las manifestantes son muy parecidas a ella. Su lucha es la misma y también sus lágrimas.

En algún momento, una policía le gritó a un oficial: “No seas débil, no llores”.

“Quería decirle: ‘Nadie es una roca, porque mis ojos también se llenaron de lágrimas’”, mencionó la oficial de 46 años. “Pero nadie puede decir cosas así en este trabajo”.

Cuenta que, cuando se quita el uniforme por las noches, se siente tan vulnerable como cualquier otro venezolano.

Hace poco iba caminando a su casa con su esposo, un comandante policial, y llegaron a una calle sin alumbrado. Su esposo le dijo que tuvieran cuidado al caminar en la oscuridad y, poco después, ya había dos hombres acercándose.

“No grite”, les dijeron los asaltantes, según recuerda la mujer. “Y pensé: ‘Dios mío, nos van a matar’”.

Solo tenían una cuchilla de afeitar, y su esposo tenía un arma. Los hombres salieron corriendo.

“Esto no lo vale”, dijo. “Ya me cansé de esto y mi esposo también”.

Police and Protesters in Venezuela Share Common Grievances

Security forces confronted antigovernment protesters in Caracas in April.CreditMeridith Kohut for The New York Times

CARACAS, Venezuela — In scenes across Venezuela, the security forces emerge as villains in dark uniforms. A young demonstrator approaches the military with outstretched arms, witnesses said, only to be shot dead moments later.

In one video, a National Guard armored vehicle runs over protesters. In another, a man shrouded in tear gas falls into convulsions before soldiers toss him on the back of a motorcycle.

A national guard armored police vehicle rolls through a line of protesters on May 3 in Caracas. Video by El Acertijo Cretino

But behind their shields and batons, many police officers are enduring the same economic turmoil — and share many of the same grievances — as the protesters they are battling, testing their loyalties to the government they have been sent to defend.

“We are citizens, too, and we are not exempt from this crisis affecting us,” said a 46-year-old member of the National Police deployed during demonstrations here in the capital, Caracas.

Just like countless other Venezuelans, she said, before going to work she takes one last look at a refrigerator with barely enough to feed her son. She then travels from her government housing complex into the center of the capital as the crowds began to gather, only too aware of why they are so angry.

“I once went to the supermarket and there were five brands of milk, and I could buy everything I wanted — whatever you wanted, whatever you could,” she said. “But now, you go there and there is nothing.”

Workers cleaned debris inside a looted supermarket in Caracas last month.CreditMeridith Kohut for The New York Times

The police officer, like others interviewed in this article, spoke on the condition of anonymity for fear of reprisals from the government, including being dismissed from a job that pays less than $1.75 a day. As the battle for Venezuela’s future is fought on its streets, she says she is caught between a government she no longer believes in and a protest movement that has labeled her the enemy.

“If you speak bad of Maduro, you will be jailed,” she warned, referring to the President Nicolás Maduro.

Unable to reach the presidential palace, which has been cordoned off, many Venezuelans have vented their outrage at the police officers containing them in streets, throwing homemade bombs and feces at the security services. At least one officer and a National Guardsman have been killed, the authorities say.

The scenes of repression from the police and military have been stark as well. As protesters demand food and new elections, stone-faced police officers have dragged them across the pavement or chased them into a dirty canal with the sting of tear gas. More than 40 people have died in the clashes in recent weeks.

Yet there are moments when the two sides have seemed closer. On the side of a building one night, as shots were heard in the capital and people in high-rises banged on pots and pans to protest the president, someone projected a message on a wall directed at the National Guard. “Guardsmen,” it said, “are you not hungry?”

The pain has been growing in Venezuela for more than two years as it reels from its worst economic crisis in generations. Hundreds of thousands have taken to the streets to demand the ouster of Mr. Maduro, and clashes between protesters and the state have continued for weeks.

The United States raised the crisis at the United Nations Security Council on Wednesday, despite Venezuela’s objection that it was an internal matter. Ambassador Nikki R. Haley of the United States said that if left unaddressed, Venezuela’s crisis would escalate into a “world problem,” as had the crises that afflicted countries like Syria and South Sudan.

The United States took no sides in Venezuela, Ms. Haley insisted, but she called on Mr. Maduro to “show respect for the Venezuelan people” and their constitutional rights. “Suddenly, you’re arresting protesters, we’re seeing deaths happen, we’re seeing political prisoners,” she said. “That’s not the way to respect your people.”

Students left their classes on a recent day at the Central University of Venezuela, pushing into the lines of security forces as they tried to make their way to the Ministry of the Interior. There was tear gas and the sounds of rubber bullets being fired.

Opposition activists confronted riot police during a protest against the government in Caracas last week.CreditJuan Barreto/Agence France-Presse — Getty Images

“You bastards, you disgrace; you’re going to pay,” a woman yelled at police officers as she passed by in a truck.

A 26-year-old officer stood at the sidelines, not much older than the students. It was not the insults that bothered him most that day; it was not his daily pay, which hardly bought a hamburger, or the fact that the constant protests had forced him to sleep in a police station that had run out of water.

What he feared most was returning home, he said. Crime was so rampant that gangs in his working-class town had taken to picking off police officers when they returned, he said, including a member of his unit, who was stabbed to death last year in front of his family. Before the killing, he said, the gang ordered the victim to put on his uniform.

“For the gangs, killing us is a prize,” the officer said. “The government does nothing.”

As he spoke, news came that a student leader had died in the coastal state of Anzoategui. A hush descended over the officers and they began to retreat to another part of the campus.

“I think they will topple this government and end this mess,” the young officer said before he headed away.

Others hope for a different end. “There has to be a deal, the country has to be reunited again,” a police commander said.

With 23 years on the force, he remembers the past protests that looked so much like the ones today: the demonstrations in 2014 that left 40 dead, the strike in 2002 that ended in a brief coup against Hugo Chávez, then the president.

So little seemed to change after each wave, he said. Would there be a new government this time?

He thought for a moment. “Governments come and go, but the police always remains,” he said.

On a recent Saturday in Caracas, another day of protests had closed the streets. This time, thousands of women had gathered, many holding flags and pictures of sons and loved ones they had lost in the unrest.

It was a difficult scene for the 46-year-old police officer, who was catching her breath after managing a cordon to keep the women from advancing. The protesters seemed too much like her, she said. Their struggles were her struggles; their tears were becoming hers, too.

At one point, she recalled, a policewoman scolded another officer: “You’re weak, don’t cry.”

“But I say, no one is a stone, because my eyes have gotten watery, too, now,” she said. She paused, and added, “But one can’t speak like this on the job.”

But when her job ends in the evening, the officer changes out of her uniform, and she feels as vulnerable as any Venezuelan.

One night, as she headed home with her husband, a police commander, they reached an unlit stretch of road. Before long, two men were stalking them in the darkness. “Don’t scream,” were the assailant’s words, the officer remembered. “I thought, ‘My God, they will kill us.’”

But they had only a razor. Her husband had a gun. The men ran away.

“It’s not worth it,” she said. “I’m tired of this, and so is my husband.”