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TIEMPO DE PALABRA – CARLOS BLANCO

 EL UNIVERSAL domingo 1 de diciembre de 2013 

Debido al descontento, el poder represivo del régimen se ha incrementado

Si lo hubiésemos sabido…
Quien esto escribe solo dispone de una certeza no exenta de ambigüedades: el 8D hay elecciones. Ante esa mínima certidumbre -si es que al régimen no le da por asestar un manotazo- votar es una contribución a notariar que lo que se huele se asiente en un acta. Lo que se ve es que el régimen está (¿estaba?) en una catástrofe de opinión pública. En una sociedad democrática una situación así se transforma, casi calcada, en votos: la oposición debería ser mayoría, como ya lo ha sido en las recientes jornadas electorales, especialmente en la del 14 de abril. Es posible que existan otras soluciones que conduzcan a la renuncia de Nicolás Maduro del cargo que no ganó y al cual se aferra, pero la más inmediata es la ocasión electoral, más como un deber que como una felicidad dadas las condiciones impuestas por quienes se empeñan en quedarse a juro.

Si las votaciones pudieran traducir sin interferencias el rumor de la calle, Nicolás debería preparar sus cachivaches y ajuares paramarcharse. Se admite que ante un gobierno tan débil, desangelado y sin rumbo, una voz estruendosa que diga “lárgate” no podría ser desoída. Por esa razón es que el país asiste estupefacto a la operación fraudulenta, ventajista, ilegal, anticonstitucional, con la que el régimen le pone sordina a la angustia de la calle o simplemente se prepara para los actos de magia en los que una intención opositora entra por aquí y un voto rojo sale por allá.

Para el gobierno es de vida o muerte imponerse el 8-D. Ya se ha dicho que cuando se cuenten los votos, si el Gobierno se confirma como la minoría que es, se producirá una crisis del madurismo, la versión aguada y piche del chavismo. No actuarían sólo los opositores sino los caimanes que en el Mar Rojo esperan para almorzarse al usurpador. Nicolás tendría que resignar el cargo que confisca y un arreglo entre el desleído chavismo y los frentes opositores -que no hay uno solo- se haría viable.

Precisamente porque el ocaso de Maduro está en la agenda es por lo que el régimen que representa está dispuesto a hacer lo que sea para impedirlo. Y lo primero que se ha propuesto hacer es ganar las elecciones aun sin ganarlas. No se caerá acá en la discusión exquisita de dónde está la trampa, con esas disquisiciones necias que intentan diferenciar el ventajismo del abuso, el abuso de la violación, la violación del fraude; el fraude ejecutado por el comisario que vigila al votante, del fraude del chip-i-chip; y así hasta el infinito por parte de los que intentan decir que hay de todo, pero fraude, fraude que se diga, es decir fraude, no. Especialmente es una discusión inútil cuando todo lo que hace el régimen es parte de un diseño sistémico fraudulento.

La pregunta que surge es cómo si hay fraude se hacen llamados a votar. Muchas respuestas puede haber, tantas como oposiciones hay. La que se comparte en este rincón es que sin haber una insurrección cívica o militar-aunque ambas posibles- y en una situación en la que el descontento ha alcanzado cotas de furia, buscar una oportunidad para evidenciarlo precipita el fin del régimen. Aunque haya trampa siempre se sabe si la hubo; si escamotean los votos, siempre se sabrá que lo hicieron; y la conciencia de mayoría -“somos mayoría” dijo María Corina Machado hace años, con voz solitaria- es una conquista indispensable para ayudar a sucesivas victorias, sean electorales o no.

La condición para que no haya desmoralización es que la sociedad democrática utilice la victoria, sea que no la puedan ocultar, sea que la roben, para crear el ambiente en el cual la renuncia de Maduro y su relevo constitucional se convierta en una consecuencia tan natural como inevitable, en el marco de un acuerdo nacional.

TIEMPOS DIFÍCILES. Debido al descontento, el poder represivo del régimen se ha incrementado. No se ha impuestopor su legitimidad sino debido al dispositivo cubano, policial y parcialmente militar. El Gobierno es más débil pero las destrezas represivas son mayores, apoyadas por el dócil e indecoroso aparato judicial.

A esta situación se ha llegado con la contribución de algunos dirigentes democráticos. Mientras voces importantes se levantaron desde el comienzo y aun antes que Chávez llegara a la Presidencia, para denunciar el carácter autoritario, represivo y totalitario del régimen, hubo quienes consideraron que era una denuncia desorbitada. Chávez se presentaba a sus ojos como un personaje atrabiliario pero al fin y al cabo un demócrata. El chavismo era un dispositivorepublicano, aunque tropical y por tanto muy exagerado. En medio de esa ceguera el pequeño monstruo se ocultó, creció y se desarrolló, cuando los propios benevolentes opositores se dieron cuenta ya era tarde: aquel bichito curioso y grotesco se convirtió en el ogro totalitario de hoy. Tal vez no sea imposible salir de su cerco pero sin duda ahora es másescabroso. Lo es porque durante mucho tiempo y en muchas oportunidades la sociedad democrática apostó a la calle; los militares institucionalistas apostaron a la calle; hubo dirigentes que apostaron a la calle; sin embargo, el sector convertido en dominante de la oposición no creyó nunca en ese llamado. La calle -según su apreciación- era demasiado respondona, radical e inmanejable. Más de una vez los ciudadanos salieron pero, poco a poco, se les envió a sus casas una y otra vez; se les sustrajeron las ganas; se les dijo que era una locura. Ya no salen cuando se les convoca, al menos en la misma proporción y con la misma convicción. Volverán, pero las condiciones políticas y de dirección tendrán que cambiar.

LO QUE ES Y LO QUE PARECE. Hay dos procesos paralelos. Uno se ve: son las elecciones, la diatriba política, la persecución de muchos y la liberación de pocos; la apoteosis del consumismo capitalista como una vía para imponer un supuesto socialismo manejado por la boliburguesía, los bolichicos y los enriquecidos jefes chavistas, que desaprendieron a ser pobres o modestos. Esto es lo que se ve. Lo que no se ve es que hay dos bloques que en términos electorales cada uno está razonablemente unido; pero, más allá, se sabe que el chavismo es una desintegración programada, que la oposición no es una sino varias y contradictorias; que las pretensiones hegemónicas en cada bando se deslíen y que hay ciudadanos, muchos con disposición a votar aunque otros cuantos no, que buscan una y otra vez un camino autónomo. También hay militares: unos sin regreso y sin destino; otros en una contorsión difícil en procesos de sustituir los hábitos rojos por una cierta moderación; los de más allá con espíritu tan institucionalista como lleno de miedo; y, desde luego, los que buscan la oportunidad para restablecer la democracia. En estos enredos anda el país. Por lo pronto, vote; no soluciona perorefuerza. Con todo respeto, sin insultos, también este narrador solicitaque voten a quienes hasta ahora piensan abstenerse.

@carlosblancog